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Pablo Maurette pregunta, vanamente, en su nueva novela, por qué se jodió la Argentina: "No sé si se jodió, la verdad"

Docente, escritor y guionista, Pablo Maurette nos habló de su nueva novela, El contrabando ejemplar, ganadora del Premio Herralde 2025

El disparador de El contrabando ejemplar, la nueva novela de Pablo Maurette (Buenos Aires, 1979) que ganó el Premio Herralde 2025, es una pregunta clave: ¿por qué se jodió la Argentina.

Ensaya algunas hipótesis admisibles en torno al eje peronismo/antiperonismo, a los cimientos mismos del país estructurados en el contrabando y el comercio ilegal, a la puja entre la población autóctona y la marea colonialista.

Pero a Maurrette no le interesa arribar a ninguna conclusión. Quizás porque, a fin de cuentas, la maldición que pesa sobre esta tierra condenada a la derrota se alimenta, venenosamente, de la leyenda del monstruo querandí, una criatura de tres cabezas cuyo cuerpo deforme yace, según dicen algunos, bajo la catedral de Buenos Aires.

El narrador del libro es un tal Pablo, escritor. Pero le va pasando la posta a distintos narradores menores, como Eduardo, otro novelista dueño de la idea primigenia, a científicos y aventureros del siglo XVII, a extraños personajes salidos del folclore y la base mítica de nuestros pueblos originarios.

El resultado es un collage tentacular, un abigarrado e hipnótico tapiz que pasea y divaga, con un humor muy particular, por la historia, por la especulación metafísica y religiosa, por la ironía política, por los secretos íntimos de la vida familiar, por el vuelo de distintos fantasmas.

Pablo, que es profesor asociado de literatura inglesa y comparada en la Florida State University, habla desde Italia, donde vive, con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

el contrabando ejemplar de pablo maurette
El contrabando ejemplar, de Pablo Maurette.

El contrabando ejemplar, de Pablo Maurette.

-Hola, Pablo, ¿cómo te va? Te encontramos en Florencia, ¿no?

-Sí, en las afueras.

-Como algunos de los personajes de tu novela, que tienen relación con la geografía florentina.

-Así es. Así es. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

-La narración de El contrabando ejemplar la hace un tal Pablo, en primera persona. ¿Cuánto tiene de Maurette y cuánto no? Todos nos lo preguntamos.

-A mí me gusta hacerme esa pregunta cuando estoy leyendo un libro en primera persona. ¿Cuánto tiene del autor, cuánto no? Es una pregunta, un enigma, que lleva adelante al lector, en cierta forma. ¿Cuánto será verdad, cuánto no?

-¿Y en este caso?

-Lo que te puedo decir es que todo lo que aparece en la novela es verdad y al mismo tiempo todo es ficción.

-Es importante este punto porque tu relato tiene tanto de novela histórica como de entrelazamiento de tramas que pueden parecer insólitas o arbitrarias. ¿Cómo armaste el complejo rompecabezas?

-No lo armé de manera muy prolija antes de empezar a escribir. Se fue armando. Pero sí tenía una idea visual, una especie de modelo que empezaba con un narrador en primera persona y en el presente. Se iba para atrás en el tiempo, a otro narrador, y así hasta el siglo XVII. Después volvía al primer narrador del presente.

-Un ida y vuelta permanente.

-Era una especie de acordeón que se abre y se cierra. A partir de ese bosquejo inicial se fue armando todo lo demás en el acto de escribir.

-Tu novela tiene una especie de trampa porque arranca con la provocadora pregunta en torno a cuándo se jodió la Argentina, pero, después de algunas especulaciones sociopolíticas, arrancás hacia otros lados, al siglo XVII, a la Grecia clásica, a un mundo de brujas y chamanes de nuestro folclore.

-Bueno, es que se trata de una novela, no de un libro de historia. Tampoco me propuse en ningún momento ofrecerle al lector una teoría sobre si se jodió la Argentina, si no se jodió o cuándo se jodió.

-¿Qué te motivó entonces?

-Me interesaba esta pregunta que dispara muchísimas respuestas. Muchas de las respuestas están en la novela, muchas no. Pero, digamos, que me interesaba más como mecanismo literario que como la pregunta en sí acerca de si se jodió la Argentina porque, en realidad, la primera objeción a esa pregunta es: ¿se jodió la Argentina? ¿Qué quiere decir que un país se jodió?

-Elemental.

-Hay países que están mucho peor que la Argentina, otros que están mejor. O sea que la pregunta misma, cuándo se jodió la Argentina, es una pregunta cargada y es interesante para una novela porque, primero, tiene atrás un bagaje, esta presuposición de que se jodió. Otra presuposición es que hubo una era de oro que se perdió. Otra, que puede mejorar. Y, a la vez, todas las posibles respuestas a la pregunta misma.

-Convengamos que se trata no solo de una pregunta interesante, Pablo. ¡Es buenísima! Es la pregunta, basada en Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa, que nos hacemos todos. Aparte, sabiendo que, digás lo que digás, vamos a estar en disidencia, con total seguridad.

-Bueno, sí. Es una pregunta que, incluso, se hacen muchos sobre la Argentina desde afuera de la Argentina. ¡Qué caso curioso, la Argentina! Pero también es una pregunta que se hace mucha gente sobre sus propios países, sobre sus propias relaciones, cuándo se jodió equis, mi matrimonio, mi relación con mi padre, mi relación con mi hermano, mi relación con mi trabajo.

-De acuerdo. Es inevitable.

-Hay una obsesión con encontrar el momento justo, el momento preciso en el cual las cosas empezaron a irse al diablo, quizás porque nos da la esperanza de que, si detectamos ese momento, podamos revertir este proceso de decadencia que, en realidad, es inevitable, porque todo lo que es está en decadencia.

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Pablo Maurette, escritor argentino. Desde Italia habló con Radio Nihuil.

Pablo Maurette, escritor argentino. Desde Italia habló con Radio Nihuil.

-En algún momento hablás de la novela histórica y decís que no hay alternativa: o es una obra maestra o es una basura. De todos modos, la tuya no califica estrictamente como novela histórica, ¿no?

-No. No es una novela histórica. Al menos yo no la pensé como tal porque no me interesa para nada el rigor histórico. Y cuando hay momentos de rigor histórico es porque sirven a las necesidades en ese punto de la narración.

-Y hay varios momentos de ese tipo.

-Pero ni me propuse recrear cómo fue el siglo XVII en Buenos Aires, porque no hay manera de hacerlo más allá de la ficción. Ni tampoco me puse a leer e investigar como correspondería si hubiese querido escribir una novela histórica.

-Aun así, te interesa el tema.

-Para mí es un género muy difícil la novela histórica porque, para darle vida a algo de esa manera, uno tiene que hacer un laburo de investigación espeluznante. Y sobre ese laburo de investigación y de reelaboración, tiene, además, que darle vida a ese mundo. Es muy, muy difícil de lograr y que no quede aparatoso, artificioso.

-Tu narración, a lo largo de más de trescientas páginas, va cambiando permanentemente de escenarios y personajes, pasás de una postal costumbrista o sentimental a una historia tipo cuento fantástico o de terror, etcétera. De todos esos asuntos, ¿cuál es el que más te pica, el que más te apasiona?

-La verdad es que absolutamente todo lo que entró dentro de El contrabando ejemplar me inspira y me pica de la misma manera, porque, si no, no estaría ahí. Para mí es muy importante cuando estoy escribiendo que cada palabra, cada oración, cada idea, me convenza, me inspire y me encante. Si no me encanta, no está ahí.

-En el ir y venir de tus personajes, hay varias reflexiones que se van diseminando, por ejemplo, acerca de la existencia de Dios, la naturaleza de los monstruos, el valor de la familia, el país actual y el país colonial, etcétera. No son temas menores, de ahí la pregunta por tus preferencias.

-Te diría que, cuando escribo un libro, estoy completamente en ese mundo. Y en el momento en que el libro se publica, de alguna manera se termina ese mundo. Hay una especie de duelo. El libro pasa a ser otra cosa. Ya no es mío. Ya es del mundo. Y tengo que encontrar un nuevo libro para estar en el espacio donde soy más feliz: en la escritura.

-¿Sos creyente?

-No, no soy creyente en el sentido de que no practico ninguna religión. No soy ateo, tampoco, diría, porque el ateo tiene muchas certezas que yo tampoco tengo. Por ahí se podría decir que soy agnóstico. Pero es un tema que me interesa mucho.

-¿Desde qué punto de vista?

-El tema de si hay algo más allá de lo que percibimos con los sentidos, de si hay una entidad, por decirlo de alguna manera, que nos trasciende y que tiene algún tipo de injerencia o no en nuestras vidas. Son todos temas que me apasionan.

-Vos podrías llegar a pensar, como dice Eduardo, al contrario de los catequistas, que Dios "es esa energía negra que une todo con todo".

-La energía negra que une todo con todo, sí. Creo en eso. Creo en las energías y creo en la intuición, que es algo que escapa a los sentidos. Creo en la premonición. Y creo en ciertas maneras de leer el mundo, de leer la vida, que son poéticas o míticas o simbólicas. Es decir, creo en una dimensión más allá de la dimensión sensible.

-¿Y con las religiones cómo te llevas? Hay un tramo importante donde te metés directamente con ellas, sobre todo a través de Eduardo. Primero, entra con los católicos cuando conoce a un cura recontragay, pasa de ahí a los mormones y luego a los pentecostales. ¿Cómo es tu relación personal con los diversos cultos?

-Nunca pertenecí a ningún culto. Estoy bautizado por una cuestión de presión de mis abuelos, pero nada más. Nunca fui a catequesis, nunca fui a misa, nunca nada. Me interesó mucho después la religión en la facultad. Me interesaron ciertas filosofías, ciertos pensadores, cierta teología. Pero siempre fue un interés más bien intelectual, te diría.

-¿Y fuera de lo intelectual, entonces?

-Las religiones en tantas instituciones me generan la misma desconfianza que cualquier institución humana. Quizás un poco más, porque se presentan como instituciones que administran cuestiones del espíritu. Entonces, en ese sentido, me parecen un poco más fraudulentas que las instituciones humanas que administran, no sé, el suministro de agua en una ciudad o en la municipalidad, cosas del gobierno que uno se espera, que son más pedestres y más terrenales.

-Están más ahí, a la vista.

-A fin de cuentas, son instituciones humanas. Y, en ese sentido, siempre me parecieron más atractivos los pensadores dentro de cada religión que se separaban de la institución y que, bueno, terminaban siendo condenados por herejía, por heterodoxia o por lo que sea.

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"Nunca pertenecí a ningún culto", asevera Maurette.

"Nunca pertenecí a ningún culto", asevera Maurette.

-Por tu historia pasan diversos temas como la cuestión judía, que algunos de tus personajes viven en carne propia, o el Santo Oficio, que operaba veladamente en Buenos Aires.

-Sí. Eso me interesó mucho. Es algo de lo que no sabía nada. Hay algunos libros al respecto que ya son bastante antiguos. Sería bueno que aparecieran nuevos historiadores que se ocupen de estos temas, como el de la Inquisición en Buenos Aires.

-Que fue bastante particular por aquí.

-Es cierto que nunca hubo una sede el Santo Oficio en Buenos Aires, pero sí había inspectores que pasaban, que daban vueltas. Y también me interesó mucho descubrir la gran influencia judía en Buenos Aires ya desde fines del siglo XVI y principios del XVII. Judíos portugueses, sobre todo, que escapaban de Europa e iban a Brasil, donde por un tiempo tuvieron libertad de culto. Además de Buenos Aires, iban a México o a Lima.

-A la par de la religión y el debate en torno a Dios, les prestás bastante atención a los mitos populares. En algunos tramos hacés una especie de recopilación, donde figuran desde la Mulánima a la Difunta Correa.

-Tengo también, sí, una gran fascinación con los cultos folclóricos.

-¿Desde qué ángulo?

-Yo soy de Buenos Aires y ahí está el folclore del tango, de los compadritos. Pero todo ese otro folclore tan rico viene del interior del país, no de la ciudad. Y siempre me inspiraron mucho las grandes compilaciones de cuentos folclóricos argentinos, como las Berta Vidal de Battini. Y los cuentos que nos contaban de chicos. Es decir, siempre me fascinó esta dimensión de lo popular, mítico, fantástico.

-Por eso mismo, tu libro nos lleva a recordar, en algunos tramos, a Las Mil y Una Noches Argentinas que escribió Juan Draghi Lucero, nuestro tata.

-No conozco ese libro, pero alguien me hizo la comparación con Las Mil y una Noches. Obviamente es una comparación totalmente desmesurada. Supongo, sin embargo, que está el elemento narrativo, digamos, el elemento de la máquina de narrar. Hay una narración, después otra, después otra, después otra, después otra. Es un poco el combustible de la novela.

-Por qué se jodió la Argentina es el leitmotiv de tu novela. Ahora bien, más allá de las distintas especulaciones en torno al tema, el núcleo termina siendo un mito, una leyenda, cuya versión se acomoda con el transcurso de la narración. ¿A qué obedece, en definitiva, la elección del monstruo querandí como núcleo argumental?

-En general, cuando escribo, tengo un par de ideas fijas o de fijaciones o de núcleos o de centros neurálgicos. En algún momento se me revela que pueden ir juntos y ahí se va armando la novela.

-¿Y respecto de esta leyenda?

-Uno de los puntos neurálgicos de esta novela, desde el principio, hace muchos años, fue el tema del nacimiento monstruoso. No sabía si era un nacimiento monstruoso de qué ni de dónde ni de qué explicaba. Nada. Pero sí me inspiraba la noción de un nacimiento monstruoso, las distintas interpretaciones alrededor de este nacimiento y, bueno, calzó perfecto con el momento histórico de la novela.

-¿Qué tenías a mano?

-Estos manifiestos, estas noticias de monstruos nacidos en lugares remotos del mundo que circulaban por Europa y el interés enorme que había en el siglo XVII por la lógica de los monstruos, es decir, las razones por las cuales la naturaleza a veces se desvía tanto de la norma.

-Todo esto lo desarrollás con bastante amplitud a lo largo de las páginas.

-Fue uno de los puntos centrales en la concepción de la novela y después se fue armando como argumento. Es lo que pasa a menudo, uno va completando las líneas entre los puntos.

-Además de los núcleos temáticos, es importante apuntar a los personajes. Como actores primordiales están Eduardo y Pablo, los dos autores de la supuesta novela. Pero entre medio le vas pasando el bastón de mando a otros, a muchos otros. ¿Cuál es tu preferido, el más querido de ellos?

-Es lo mismo que sucede con el tema. Hay cosas que quedaron afuera, es decir, la novela era más larga, se fue puliendo. Pero, todo lo que quedó es mi favorito. Si no, no estaría ahí. Te digo: me tiene que cerrar al doscientos por ciento algo para que quede.

-Convencimiento total.

-Por ahí hojeo la novela dentro de varios años y hay algo que ya no me gusta, no me cierra. Pero en el momento tiene que estar todo ahí. Lo que sí, era muy importante para mí que los personajes fueran muchos, pero no muchísimos. Es decir, los centrales son el narrador, Eduardo, su tía y después los tres personajes del siglo XVII, que son Malaspina, Mendes y Sambelilo. Y que cada uno de ellos fuera narrador. Es decir, todos los personajes de la novela son narradores de la novela.

-Un momento. Tenés otro personaje que no has nombrado, que también es narrador y está en el vientre de la novela, que es Teruca, la mamá del monstruo.

-¡Teruca! Me la dejé afuera. Qué mal. Sí, también es un personaje muy querido.

-Con el añadido de Cheranda, la bruja que la lleva de acá para allá.

-Sí. La bruja aparece un poco menos, pero es una persona también muy importante. Es la iniciadora de Teruca.

-Como venimos viendo, la trama está plagada de personajes interesantes, tanto los foráneos, los europeos, como los locales. Ahora bien, para un lector común quizás el más entrañable, el más querido, sea la tía Chiquita. Por ahí pusiste en ella toda tu emotividad.

-La tía Chiquita podría decir que me sacó mucha ternura. Es un personaje muy tierno, sin ser cursi, ¿no? Es muy independiente, muy sufrida, pero a la vez está siempre de buen humor.

-Esa es su marca, claro.

-Me gustaba esa idea de un personaje que apuesta a seguir confiando en las personas a pesar de que la hayan traicionado una y otra vez. No dice: me traicionaron, aprendí, nunca más confío en nadie. No. Ella va a seguir confiando porque es su manera de ser y prefiere ser eso a ser una persona desconfiada, misántropa, etcétera. Esa característica me inspiró muchísimo.

-Ella aparece en varios tramos del relato, pero en un momento le dedicás como una novela breve dentro de la novela o un cuento en sí mismo, que es la historia de la tía Chiquita con el Mago de Mar del Plata.

-En realidad, como cada una de las digresiones en la novela, viene a ampliar algo que se dijo. En este caso se trata de el tema de porqué la tía Chiquita se involucró con los mormones. Entonces hay que contar la historia de este verano de amor y después de gran desencanto que tuvo ella en Mar del Plata con el Mago.

-Una digresión con peso propio.

-De alguna manera o de otra todas las historias de la novela surgen de la necesidad de dar más contexto sobre algo que se mencionó.

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A Pablo Maurette le encanta la divagación.

A Pablo Maurette le encanta la divagación.

-A vos se te puede colocar tranquilamente entre los grandes divagadores de nuestra literatura. La etiqueta se nos fue afianzando después de la entrevista, aquí, con Alan Pauls, en septiembre último, donde él celebraba la digresión. En la lista figuran otros autores como Juan José Becerra o Daniel Guebel. Les gusta sarparse y, de repente, agarrar para cualquier lado. ¿Te sentís adentro de esa categoría?

-Sí, me encanta la divagación. Me encanta la divagación siempre y cuando se mantenga el eje de la historia. Tengo amigos, por ejemplo, que son grandes divagadores y divagan tanto que se olvidan de lo que estaban hablando y se van (risas). Eso siempre me pone nervioso. Cuando empieza una historia quiero saber qué pasa con esa historia.

-No divagar a tontas y a locas, digamos.

-Me gusta que la digresión vuelva, siempre, en algún momento, al punto central. Pero sí, soy un gran cultor de la digresión.

-Es atractivo, por otra parte, cuando ustedes, “los digregantes”, reflexionan sobre su oficio. A mitad del libro, el propio narrador reflexiona diciendo "se me hacía evidente el disparate que es escribir novelas". Y termina el párrafo así: "La novela -el arte en general- compite con la vida y pierde siempre". ¿Cómo te sentís vos cuando te sentás a escribir una novela?

-Siento eso. Siento, por un lado, que esto es totalmente inútil, en el sentido de que la mayoría de las cosas que hacen el ser humano y los animales y todo en la naturaleza, todo tiene un fin muy concreto.

-¿Cuál?

-Alimentarse, reproducirse, protegerse de los elementos, etcétera. El arte no. El arte no es necesario para nada; y a la vez es universal y no podemos dejar de producir arte, de cantar canciones, de contar cuentos. Me encanta esa contradicción central que tiene el mero hecho de narrar y también de producir cualquier forma de arte.

-El arte por el arte, dijimos alguna vez.

-No hace falta, no es necesario, nadie necesita otra novela de nadie. Ni otra canción. Podemos seguir viviendo y estar bien. Sin embargo, los seres humanos seguimos produciendo arte porque es nuestra manera de expresarnos, creo yo, en el fondo.

-No nos queda otra.

-Hay gente que se expresa con el cuerpo, gente que se expresa con su trabajo, gente que se expresa con la palabra, gente que se expresa con un pincel. Como sea. Pero es una manera de expresarnos.

-¿Tenés hijos?

-No.

-Porque reflexionando sobre el afán por multiplicarnos y la obsesión con perdurar, dice el narrador: "Para mí que no tengo hijos todo este deseo está puesto en la literatura". Ahí a lo mejor está la explicación. En algún modo de perduración, ¿no?

-Creo que son dos cosas, a fin de cuentas. Una es la necesidad interna muy fuerte de expresarnos y de contar un cuento, cantar una canción, etcétera, que no tiene ningún otro objetivo que el de simplemente expresarnos de esa manera. Y después está el objetivo más racional que, al expresarme así, quizás sea una manera de perdurar.

-Como sea, pero perdurar al fin.

-Puedo hacer perdurar una historia, un personaje, una imagen. Es esta obsesión que tenemos los seres humanos, sin duda, con el miedo a la muerte, el miedo a desaparecer y asegurarnos de que algo quede. Entonces creo que están esas dos cosas en el origen del arte y de la literatura: un modo de expresarnos y una ilusión de que esa forma de expresión perdure.

-En otro momento, una amiga, en medio de una fiesta, le pregunta a Eduardo cuándo va a terminar su libro. Y él le responde: “¿Para qué voy a dedicarme escribir una novela? Lo mejor que puede hacer un escritor argentino es dedicarse al plagio”. ¿Por qué le hacés decir eso a Edu?

-Es una idea de Sarmiento que les decía a los jóvenes escritores argentinos: ni se gasten. No tienen la madurez espiritual todavía para escribir nada que valga la pena, así que dedíquense a copiar. Es lo mejor que pueden hacer.

-Siempre provocador, el sanjuanino.

-El plagio es algo que también me parece un punto interesante en una época en la cual estamos obstinados con la originalidad, lo cual es, obviamente, una forma de exaltar el individualismo, ¿no? En vez de eso, copiar a los otros. Es decir, relegar, renunciar a todo intento de originalidad, de ser uno, yo, importante, creador; y simplemente copiar algo bueno.

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Interesante concepto dejó Maurette sobre el plagio.

Interesante concepto dejó Maurette sobre el plagio.

-¿Por qué no?

-Bueno, en la pintura durante miles de años se entrenó así el joven pintor. El joven pintor copia a los maestros. Y por ahí, un día, cuando está preparado, da un pincelazo de más y cambia una cosa acá y cambia una cosa allá. Digamos, el entrenamiento es la copia, que también es muy denostada hoy, incluso en la escuela.

-Ni hablar.

-La escuela ya no enseña más aprender poemas de memoria, porque eso está considerado repetir como un loro. Hay que ser original, que hay que expresarse por uno mismo, etcétera.

-Lo que pasa es que, a continuación, uno da un respingo de bronca cuando Eduardo larga: "Borges no estuvo a la altura de su genio. Pudiendo habernos dado un Quijote nos dio a Pierre Menard. Fue un pusilánime y un mezquino". Y después se habla de otros dos que son poca cosa. Alude, nada menos, que a Cortázar y Puig.

-Esto último lo dice el narrador, que es un joven con ideas muy fuertes, muy antiargentino. Detesta la literatura argentina, se burla de la música argentina, del cine argentino. Nuestra producción le parece toda una porquería.

-Otro significativo divague es cuando, mientras se va dibujando el cuadro colonial argentino, en medio del desierto, de repente arranca otra novela dentro de la novela cuando te ponés a contar la historia de Aquiles y de Troya, encima, con muchos de los personajes griegos clásicos hablando en argentino.

-Justo como te decía. Si está ahí es porque me inspiraba mucho. Y en este caso, la historia de Aquiles entre las mujeres. Es un mito un poco conocido en su vida. Y entraba un poco dentro de la lógica de la novela que tiene mucho de estos personajes que se visten de mujer, que actúan como mujer. Es decir, se empiezan a borrar las fronteras entre lo masculino y lo femenino.

-Una ambigüedad que aporta complejidad…

-Bueno… el monstruo querandí es hombre y mujer. Es hermafrodita. Entonces calzaba bien ahí la historia de Aquiles escondido entre las mujeres. Y la está contando Mendes, que es un porteño del siglo XVII. De pronto, como decías, se meten ahí algunos anacronismos acá y allá, pero como de ese siglo no tenemos nada, podemos imaginarnos lo que queramos.

-Finalmente, habida cuenta de que la pregunta que motiva tu libro es muy potente, ¿qué han dicho tus lectores? ¿Qué devolución te han dado?

-La mayoría de la gente tuvo respuestas muy positivas de la novela. Por ejemplo, los lectores españoles se interesaron mucho por esta pregunta: ¿cuándo se jodió la Argentina?

-¿Por qué? ¿Qué les atraía?

-Porque tienen esa idea de que Argentina podría haber sido Australia y no lo fue. En fin, muchos argentinos también tienen esa idea.

-Una especulación clásica, que siempre está.

-Pero, por otro lado, yo siempre insisto en que es una novela, no es un libro de historia ni de política económica ni de sociología. No tiene ningún interés en responder esta pregunta. Ni siquiera tiene un gran interés en sostener esta pregunta. Como te decía antes, por ahí la pregunta misma está mal.

-¿Entonces qué?

-No sé si se jodió la Argentina, la verdad.

-Pero Eduardo dice, taxativamente, que este es un país fracasado. Lo fundamos haciendo contrabando y nunca levantamos.

-Para Eduardo, sí, está jodida la Argentina. Para el narrador estaba jodida en su juventud. Estaba convencido de eso. Yo creo que va cambiando de idea conforme pasan los años.

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