En una tranquera de Rincón del Atuel, en San Rafael, no hay carteles comerciales ni anuncios de venta. Hay memoria. Este 24 de marzo, como cada año, María Cristina Latanzio volvió a hacer lo que siente como una responsabilidad: recordar.
Memoria viva hasta en la tranquera de una finca: el gesto conmovedor de una docente jubilada
Colocó un cartel alusivo al Día de la Memoria en su finca y, junto a compañeros, bordó un lienzo con los nombres de los desaparecidos del sur mendocino

En la puerta de su casa en Rincón del Atuel, Cristina recordó esta fecha.
Fotos: gentilezaPero esta vez fue más allá.
En el ingreso a su finca 6C, esa que bautizó “CyC” (por Cristina y Cacho, su esposo fallecido), colgó un cartel con una consigna clara, directa, incómoda: preguntar dónde están. Es una herida abierta que, para ella, sigue sin cerrar.
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“Cuando un pueblo pierde su memoria, pierde su identidad”, dice.
Docente rural jubilada, referente en su comunidad y militante de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, Cristina no improvisa estos gestos. Los construye, sostiene y repite. Porque para ella la memoria no es una fecha, sino, como ella misma aclara, una práctica cotidiana.
Este año, esa práctica tomó forma en un lienzo.
Un lienzo bordado a mano, puntada por puntada, por jubilados y pensionados autoconvocados de San Rafael. Allí están escritos los nombres de 48 personas desaparecidas del sur mendocino. Cada uno con su fecha de nacimiento y de desaparición. Cada uno con una historia interrumpida.
“Cada uno de nosotros bordó al menos un nombre”, cuenta Cristina. Ella, junto a Teresa Oliveri, fue quien organizó la lista, la que ordenó, la que le dio forma a ese trabajo colectivo que hoy se convirtió en bandera.
Una bandera que no flamea solo en una marcha.
Flamea en la memoria de quienes se niegan a olvidar.
"Muchos desaparecidos estarían en la calle peleando por su jubilación"
“Son 48 compañeros que hoy estarían en la calle defendiendo derechos, peleando por una jubilación digna, por los medicamentos, por la vida. Y también estarían con sus familias, con sus hijos, con sus nietos”, dice.
Y en esa frase aparece otra capa. Porque Cristina no habla solo del pasado. Habla del presente. De lo que falta. De lo que se perdió. Y de lo que todavía duele.
El lienzo no es solo un homenaje. Asegura que es una forma de traerlos al hoy, de devolverles nombre, historia, lugar. De sacarlos del limbo.
Ese limbo que durante años fue una condena para tantas familias. “No están ni muertos ni vivos, están desaparecidos”, recuerda Cristina, citando una de las frases más crueles de la dictadura.
Pero el tiempo, la lucha y el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense empezaron a romper ese vacío. “Hoy hay familias que pueden cerrar, que pueden empezar un duelo. Porque recuperar la identidad también es eso”, explica.
Y sin embargo, todavía hay preguntas e historias incompletas.
“Por eso el cartel en la tranquera, por eso la necesidad de decirlo en voz alta y por eso la memoria”, repite.
No es la primera vez que la tranquera tiene un mensaje, ahora por la memoria
No es la primera vez que Cristina convierte su casa en un mensaje. Desde hace años, su tranquera es un punto de encuentro para las fechas patrias. Allí reparte escarapelas que ella misma confecciona, con formas, colores y símbolos que hablan de identidad.
“Siempre sentí que cada uno puede aportar algo. Yo lo hago desde lo que sé, desde lo que soy”, cuenta.
Nació en Buenos Aires, pero eligió Mendoza hace más de tres décadas. En San Rafael armó su vida, crió a sus cinco hijos —todos con nombres profundamente ligados a la tierra— y hoy transmite ese mismo amor a sus nueve nietos.
Para ella, la tradición y la memoria van de la mano.
“Si perdemos la memoria, perdemos las raíces”, insiste.
Y en ese hilo invisible que une pasado y presente, aparece este nuevo gesto. El del lienzo.
El de las manos jubiladas que, lejos de retirarse, siguen construyendo.
Este 24 de marzo, mientras en todo el país se multiplican los actos y las marchas, en una finca de San Rafael hay una mujer que cuelga un cartel en su tranquera y levanta una bandera hecha a mano. No hay micrófonos. Pero Cristina Latanzio, desde su rincón del mundo, decidió no olvidar.