Camila Fazekas nunca imaginó que aquel palo de amasar heredado de su abuelo sería el punto de partida para cambiar su vida. Estaba embarazada, sin trabajo y llena de incertidumbre. Pero tomó el palo, buscó una receta en internet, y empezó. Hoy, ocho años después, vive de sus panificados y, lo que es más importante, sus hijos también. Una historia inspiradora de una emprendedora.
"Los Hermanos": de un palo de amasar heredado a su propio emprendimiento en Guaymallén
Camila Fazekas comenzó sin experiencia ni recursos. Con mucho esfuerzo logró construir un emprendimiento que crece

Camila Fazekas supo armar un negocio a partir de un palo de amasar.
GentilezaDesde el barrio Alicia, en Godoy Cruz, esta mamá de tres hijos levantó, literalmente, un emprendimiento con las manos. Primero fueron tortitas, luego pan casero, facturas. Y después se sumaron sus hijos. A los 9 años, Sol fue la primera en ayudar. Pablo, su hermano, lo siguió y hoy, con 16, es el motor del emprendimiento familiar: hace panqueques, toma pedidos, ahorra para sus cosas y hasta se compró sus propias zapatillas con lo que gana.
“A veces la gente no sabe el esfuerzo que hay detrás de cada pan. No es solo una receta: es una historia. Y es la nuestra”, dice Camila en diálogo con Diario UNO.
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Un pequeño local, un gran paso y un emprendimiento
Durante años vendieron desde casa, repartieron a pie, usaron las redes para ofrecer sus productos. Pero en febrero de este año, con un pago retroactivo de ANSES, decidieron dar un paso más: acondicionaron un pequeño local en su propia vivienda. No es grande ni lujoso, pero es suyo. “Vamos un paso a la vez”, advierte Camila.
Y así nació formalmente “Los Hermanos”, el nombre que eligieron desde el comienzo cuando aún eran muy chicos y vendían para ahorrar, para aprender, para ayudar.
La vitrina donde exponen los productos también tiene historia: es una panera que rescataron de la calle, limpiaron y repararon con amor. “Acá no se tira nada, todo se transforma”, asegura la mamá, que dice estar orgullosa de sus hijos.
Una red de afecto... todo sea para sumar
La historia de esta familia está atravesada por la solidaridad. Sus clientes no solo les compran, también los acompañan. Una mujer, al enterarse de que Pablo no tenía buena sartén, le regaló una. Camila cuenta que muchas veces, lo que no venden lo donan a merenderos. “Si algo nos sobra, es ganas de ayudar”, dice.
Y los chicos aprendieron de ese ejemplo. De pequeños, acompañaban a su mamá a servir en comedores y a repartir comida a personas en situación de calle. “Entendieron desde chicos lo que cuesta todo, y valoran cada paso”, explica.
Pablo, el emprendedor del barrio
Pablo cumplirá 16 años el próximo 18 de julio, cursa la secundaria y juega al fútbol. Entre materias y entrenamientos, se hace tiempo para producir y vender panqueques. Su mamá maneja las redes para protegerlo, pero es él quien organiza los pedidos y se ocupa de cumplir. “A veces me dice: ‘Mamá, publicá los panqueques’, y ahí lo ayudo. Siempre con cuidado, porque es menor y no quiero que ningún adulto extraño se comunique directamente con él”, relata Camila.
La receta ya la sabe de memoria. Panqueques para canelones o con dulce de leche. Y lo que no sale perfecto, no se vende. Esa es su regla. “Mi mamá me enseñó que todo se hace con responsabilidad, y yo quiero que los panqueques salgan bien”, dice Pablo.
Aunque dice que cocinar le gusta pero no le “vuelve loco”, sabe que este emprendimiento lo hace libre: no depende de nadie para sus gastos y puede soñar. Tal vez fútbol, tal vez otra cosa. Pero mientras tanto, trabaja.
Una madre, tres hijos y muchas ganas de progresar
Camila tiene 32 años y una historia de esfuerzo que la atraviesa. Dice que no sabe cuál es su sueño. “Solo quiero que mis hijos cumplan los suyos. Si ellos están bien, yo estoy bien”.
No todos los días hay ventas. Hay días de caminatas largas, de clientes que no llegan, de ingredientes que aumentan. Pero también hay días en que Pablo llega contento porque vendió bien, o cuando Sol se pone el delantal sin que nadie se lo pida. Esos días pesan más.
Y así sigue esta historia elaborada con harina, esfuerzo y amor. Una historia que empezó con un palo de amasar heredado y que hoy, paso a paso, sigue creciendo desde el corazón del barrio.
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