En el sudoeste de la provincia de Buenos Aires existe un pueblo que resume como pocos el destino de muchos sitios ferroviarios argentinos. Se trata de Estela, una pequeña localidad del partido de Puan que durante décadas tuvo escuela, comisaría, almacén y una intensa vida rural, pero que quedó completamente despoblada tras la partida de sus últimos habitantes.
La tremenda historia del pueblo argentino fantasma del que huyó hasta su último habitante
El pueblo nació gracias al ferrocarril, llegó a tener cerca de 90 habitantes y terminó abandonado tras la partida de sus últimos vecinos
Una postal del pueblo en Buenos Aires en el que no vive absolutamente nadie. Foto: gentileza
La historia de Estela comenzó con la llegada del ferrocarril. Su estación fue fundada en 1908 y habilitada definitivamente en 1909 sobre el ramal del Ferrocarril General Roca que unía Villa Iris con Empalme Piedra Echada. El pueblo tomó su nombre de Estela, hija de Ramón López Lecube, un hacendado que colaboró con el tendido de las vías de tren en la región.
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Del auge rural al silencio absoluto de un pueblo fantasma
En sus mejores años, Estela alcanzó una población cercana a los 90 habitantes. Además de los servicios básicos, contaba con una empresa harinera considerada importante dentro de la región pampeano-patagónica.
Sin embargo, el declive llegó de manera gradual. La pérdida de protagonismo del ferrocarril, la baja rentabilidad del campo y la falta de oportunidades para los jóvenes aceleraron el éxodo. Los números reflejan con claridad ese proceso: en 2001 residían allí 25 personas y para 2010 ¡apenas quedaban dos!
Durante más de una década, Jorge Fajardo y María Celia Romero fueron los únicos habitantes permanentes del pueblo. Finalmente, entre 2022 y 2023 decidieron mudarse para estar más cerca de sus hijos y contar con mejor acceso a servicios de salud, tal como recuerda el informe de Billiken.
Hoy, Estela sobrevive en la memoria de quienes la conocieron y en las estructuras que aún permanecen en pie. La estación sin actividad, los edificios vacíos y las señales ferroviarias oxidadas son testigos de una comunidad que alguna vez tuvo vida propia y que terminó desapareciendo con el paso del tiempo.
Más que un pueblo abandonado, Estela se convirtió en un símbolo del impacto que tuvo el retroceso ferroviario sobre numerosas localidades del interior bonaerense. Y del país.