Carina Morales todavía recuerda el ruido del agua cayendo a las cuatro de la mañana. Estaba a un mundo de ser docente. Sí, profesora. No era una escena cualquiera de su infancia: era la hora elegida por su mamá para bañarse porque durante la madrugada salía un poco más de agua. Vivían en uno de los viejos vagones del ferrocarril de la Estación Panquehua, en Las Heras, donde ocho módulos oxidados habían sido convertidos en viviendas precarias para familias que no tenían otro lugar donde vivir.
La profesora que creció en un vagón de tren, vendió pastelitos para estudiar y hoy se destaca en Mendoza
La profesora Carina Morales vivió su infancia en un viejo vagón de Panquehua, dejó la escuela y salió a vender pasteles para ayudar a su familia

Carina fue vendedora ambulante de pastelitos, que su mamá le había enseñado a elaborar. Así costeó sus estudios en el Instituto Tomás Godoy Cruz.
En el vagón de los Morales estaban papá, mamá y sus dos hijas. Para soportar el frío, habían colocado cartones, plásticos y nailon sobre las paredes y los rincones por donde se filtraba el aire. Afuera, el invierno mendocino hacía el resto. El baño estaba a más de 200 metros y era compartido por toda aquella villa de emergencia. El agua era un lujo.
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“Mi mamá era muy pulcra y percibió que por la madrugada salía un chorro grande, por eso, a partir de allí, nos bañábamos a las 4 de la mañana. Religiosamente me higienicé a esa hora durante 4 años”, contó Carina.
Una profesora destacada y una infancia marcada por las necesidades
Aquella infancia también estuvo marcada por la falta de oportunidades. Carina dejó la escuela y comenzó a trabajar como vendedora ambulante. Su mamá le había enseñado a preparar pastelitos caseros y con eso empezó a ganarse unos pesos para ayudar en su casa. Después vendrían los bizcochuelos, las facturas, las sopaipillas y todo aquello que pudiera convertirse en unos pesos para seguir adelante.
La situación familiar se volvió todavía más difícil cuando su mamá enfermó gravemente. Carina tenía que cuidarla y, al mismo tiempo, encontrar una manera de imaginar un futuro diferente. Fue entonces cuando descubrió algo que terminaría cambiándole la vida: detrás del hospital donde acompañaba a su madre había una escuela de adultos.
Se anotó para terminar la secundaria.
“Sabía que estudiar era lo único que podía salvarme”, repitió varias veces al reconstruir su historia.
Estudiaba cuando podía, cuidaba a su mamá y seguía vendiendo pastelitos. Muchas veces caminaba largos kilómetros para regresar a su casa porque no tenía dinero suficiente para pagar el colectivo. Pero aquella vez ya había tomado una decisión. La escuela que durante años había parecido imposible comenzó a convertirse en una puerta de entrada a otra vida.
Cuando terminó el secundario no quiso detenerse. Se anotó en el Instituto de Educación Superior en Formación Docente y Técnica Tomás Godoy Cruz y comenzó la carrera de Lengua y Literatura. Tenía 41 años cuando, el 14 de diciembre de 2018, recibió su título de profesora.
Tampoco llegó hasta allí con el camino allanado. Mientras cursaba llevaba una canasta llena de productos caseros que vendía entre sus compañeros y docentes. Con ese dinero pagaba los pasajes, las fotocopias y parte de los gastos que implicaba estudiar.
Una futura profesora que vendía pastelitos en el Instituto Tomás Godoy Cruz
“Iba a cursar la carrera docente con la canasta repleta de bizcochuelos, facturas caseras y sopaipillas que todo el mundo me compraba, por eso les debo mi título a las secretarias, docentes, compañeros. Con ese dinero pagaba los pasajes de colectivo y sacaba fotocopias”, contó.
La mujer que había pasado parte de su infancia en un vagón terminó entrando a las aulas. Y no a cualquier aula. Carina comenzó a trabajar en contextos de alta vulnerabilidad, incluso en el mismo tipo de barrio en el que había crecido.
Allí encontró el sentido de su profesión.
En lugar de pensar la enseñanza como una repetición de contenidos, comenzó a buscar nuevas formas de acercar la literatura y la escritura a sus alumnos. Incorporó proyectos de gamificación, creó juegos físicos y virtuales, impulsó talleres de producción y logró que sus estudiantes escribieran cuentos, poemas, historietas y libros pop up. Algunos de esos trabajos terminaron convertidos en publicaciones.
También incorporó herramientas digitales, redes sociales e inteligencia artificial. Trabajó con literatura interactiva, con cuentos y poemas que podían ser intervenidos desde un teléfono, y creó una página de Facebook llamada Lengua en red para compartir secuencias, proyectos y juegos con otros docentes.
“Estamos frente a una nueva era y hay que adaptarse a los cambios”, explicó.
Pero detrás de cada propuesta había algo más profundo. Carina conocía de primera mano lo que significaba que alguien creyera que estudiar no era para uno. Sabía lo que era sentir que el futuro estaba demasiado lejos y que las urgencias del presente podían comerse cualquier proyecto.
Por eso, cuando preguntaba a sus alumnos qué querían hacer cuando fueran grandes y algunos le respondían que querían ser “el mejor transero” o dedicarse a la venta de drogas, no se quedaba solamente con la respuesta. Su objetivo era mostrarles que podían imaginar otra cosa.
"Les enseño a mis alumnos que pueden sentirse orgullosos", dijo la profesora
“Que ellos puedan ver que tienen elementos y capacidades para sentirse orgullosos”, resumió.
En 2024 una compañera docente decidió postularla al concurso Docentes que Inspiran, una iniciativa de Zürich y Clarín Argentina que reunió a más de 2.000 candidatos de todo el país. Carina primero quedó entre los 24 seleccionados y luego entre los seis finalistas.
El reconocimiento llegó por su trabajo innovador en contextos de alta vulnerabilidad, por sus proyectos de gamificación y creación literaria y por las herramientas que desarrollaba para fortalecer el aprendizaje de sus estudiantes.
“Recibí el correo felicitándome y fue una alegría difícil de explicar, una caricia al corazón”, había contado cuando supo que estaba entre los seis.
La docente inspiradora del año en 2024
Dos meses después de aquella primera publicación de Diario UNO, llegó la noticia que terminó de cerrar la historia. En diciembre de 2024, Carina Morales fue elegida Docente Inspiradora del Año en la Argentina. El premio fue de 10 millones de pesos.
La noticia la encontró emocionada y todavía sorprendida de que aquel recorrido personal hubiera terminado convertido en un reconocimiento a su manera de enseñar.
“La escuela fue una bisagra en mi vida y a medida que pasa el tiempo puedo afirmar que cruzar la puerta fue la mejor decisión”, dijo entonces.
Este jueves 17 de septiembre, cuando Argentina vuelva a celebrar el Día del Profesor, la historia de Carina adquiere otra dimensión. No solamente porque recibió un premio nacional, sino porque detrás de ese reconocimiento hay una mujer que alguna vez creyó que estudiar era imposible, que vendió pastelitos para pagar sus pasajes y fotocopias y que terminó haciendo de la educación su propia herramienta para cambiar el rumbo.
En los últimos meses, Carina Morales impulsó un proyecto intercolegial sobre redes sociales y adolescencia, en el que participaron 14 escuelas de distintas provincias argentinas. La iniciativa buscó promover una reflexión sobre el consumo de las plataformas digitales, sus problemáticas y también sus aspectos positivos. Como parte de la propuesta, los estudiantes crearon sus propias publicaciones y compartieron sus producciones en la Legislatura de Mendoza, donde explicaron el proceso de trabajo y los aprendizajes adquiridos. El proyecto, recientemente finalizado, recibió además una mención de la Legislatura
La misma mujer que un día se bañaba a las cuatro de la mañana porque en su casa no había agua suficiente hoy entra a un aula para decirles a otros que el lugar donde nacieron no tiene por qué determinar hasta dónde pueden llegar.
Y quizás ahí esté la parte más importante de su historia: Carina no llegó a ser docente después de haber dejado atrás aquella vida. Llegó a serlo llevando esa vida consigo, convertida en experiencia, memoria y una manera particular de mirar a los alumnos que tiene enfrente.
En pocas palabras
- Carina Morales: creció en un vagón de tren, vendió pastelitos para estudiar y se recibió de profesora a los 41 años.
- Docente inspiradora: fue elegida la mejor docente del país en 2024 por su labor innovadora en contextos vulnerables.
- Premio nacional: r ecibió 10 millones de pesos por su dedicación a la enseñanza y el impulso a sus alumnos.