Llega el Día del Maestro

La maestra que regresó años después para dar clases en la escuela albergue donde fue alumna en la cordillera

Laura González es hija de un puestero, estudió y hoy enseña en la misma escuela donde fue de niña. Sus alumnos son hijos de quienes fueron sus compañeros

Laura González tiene 32 años, es la mayor de siete hermanos y nació en El Manzano, un pequeño paraje rural ubicado a unos 100 kilómetros de Malargüe. Allí pasó buena parte de su infancia, entre los puestos, los caballos, los inviernos cordilleranos y una escuela que durante muchos años fue mucho más que un lugar donde aprender a leer y escribir. Fue su casa durante varios días de cada mes. Años después, cuando la vida la llevó por otros caminos, Laura regresó. Pero esta vez no volvió como aquella niña que llegaba albergada desde un puesto de campo: volvió como maestra. Y en esta fecha cercana al Día del Maestro, su historia honra a los docentes de vocación.

La escuela es la 8-513 Alberto Eintel, una institución de modalidad albergue donde Laura hizo toda su primaria. El puesto donde vivía con su familia estaba a unos 7 kilómetros y, como ocurría con tantos chicos de la zona, la distancia y las condiciones del lugar hacían imposible ir y volver todos los días. Por eso la escuela se convertía durante varios días en hogar, aula, comedor y espacio de encuentro.

La escuelita rural de El Manzano, en Malargüe, perdida en la inmensidad de las montañas.

La escuelita rural de El Manzano, en Malargüe, perdida en la inmensidad de las montañas.

“Éramos muchos los niños albergados, pero todos teníamos una misma realidad: éramos hijos de puesteros”, recuerda Laura. Sus padres la llevaban a caballo hasta el punto donde debía encontrarse con el transporte que finalmente la acercaba a la escuela. Allí comenzaba una vida diferente a la de otros chicos de la ciudad, pero que para ella y sus compañeros era absolutamente natural.

Pasaban varios días lejos de sus familias. Laura no recuerda con exactitud el cronograma de aquellos años, aunque sí recuerda perfectamente cómo transcurrían las tardes.

Pasó de ser una niña de un puesto a la maestra de la escuela rural

“Disfrutábamos mucho con nuestros compañeros. Las chicas más grandes nos hacían juegos, juegos de ronda, nos inventaban cosas para ir pasando los días”, cuenta.

De chica no veía las dificultades. No reparaba en la distancia, en la falta de comodidades ni en todo aquello que sus padres debían hacer para que ella pudiera estudiar. “Después de grande uno por ahí se da cuenta de las necesidades que pasábamos en ese momento, pero al ser niños no nos dábamos cuenta. Disfrutábamos de estar albergados”, dice.

La escuela era, además, el lugar donde todos compartían una historia parecida. Hijos de familias dedicadas a la crianza y al trabajo rural, acostumbrados a los animales, a los caminos largos y a una vida en la que las distancias se miden de otra manera.

Laura, adelante, abanderada, durante la Primaria. El orgullo de portar la enseña patria en la misma escuela donde hoy es maestra.

Laura, adelante, abanderada, durante la Primaria. El orgullo de portar la enseña patria en la misma escuela donde hoy es maestra.

Laura terminó la primaria allí y después volvió a vivir una experiencia similar durante la secundaria. Como El Manzano no tenía escuela secundaria, tuvo que trasladarse hasta Bardas Blancas, donde funcionaba una institución que albergaba a estudiantes de El Manzano, Las Loicas y la propia Bardas Blancas.

Después llegó otro desafío: dejar definitivamente el campo para estudiar en Malargüe.

Para una chica que había crecido en un puesto rural, la ciudad significó un cambio enorme. “Éramos chicas del campo y de repente irnos a la ciudad fue un cambio bastante grande”, recuerda. Al año siguiente se fue también una de sus hermanas y juntas atravesaron esa etapa.

De un puesto con siete hermanos a una escuelita en el medio de la cordillera

Pero Laura sabía lo que quería.

En su casa eran siete hermanos y sus padres no tenían demasiados recursos. Entonces ella y su hermana entendieron desde muy temprano que estudiar también implicaba trabajar. Hicieron tareas en casas de familia y Laura llegó a trabajar en un pelotero durante los últimos años antes de recibirse.

“Sabíamos que teníamos que colaborar para poder lograr lo que queríamos”, cuenta.

La historia familiar también terminó teniendo un capítulo relacionado con la educación. De los siete hermanos, una es profesora de Biología, uno es agente sanitario y otra se recibió como técnica de laboratorio de análisis clínicos. Todos, de una manera u otra, encontraron un camino a partir de aquel esfuerzo inicial de sus padres.

Laura, a la izquierda. El día en que comenzó la escuela primaria. Aquí junto a su hermana menor en el puesto.

Laura, a la izquierda. El día en que comenzó la escuela primaria. Aquí junto a su hermana menor en el puesto.

“Siempre tuvimos el apoyo de nuestra familia. Nuestros papás siempre estuvieron detrás de nosotros, acompañándonos”, destaca Laura.

Ella finalmente se recibió y comenzó a trabajar como docente en Malargüe. Durante ocho años enseñó en la ciudad, hasta que la vida y también las circunstancias familiares hicieron que regresara a El Manzano. Su pareja también es de la zona rural y, con el tiempo, apareció la posibilidad de tomar la titularidad en la escuela donde había estudiado.

Y Laura volvió. Solo que esta vez la esperaba un aula.

La sensación de estar en el aula como maestra frente a los hijos de sus compañeros

La sensación de regresar a aquel edificio, pero desde el otro lado del escritorio, es difícil de explicar. Porque muchos de los chicos que hoy tiene delante son hijos de quienes alguna vez compartieron con ella los días de albergue.

“Volver a enseñar al lugar tiene una gran responsabilidad, porque todos los hijos de los chicos que están en la escuelita son hijos de mis compañeros de aquella época”, explica.

Hay algo circular en esa escena. La niña que alguna vez necesitó de una maestra para aprender en medio de la cordillera ahora es quien acompaña a otros niños que tienen una historia familiar parecida a la suya.

Los tiempos cambiaron. Hoy muchos de los puestos cuentan con señal de teléfono y las posibilidades de comunicación con las familias son mucho mayores. Laura recuerda que cuando ella estudiaba no existían esas facilidades. Para hablar con sus padres había que utilizar un teléfono público y las comunicaciones se hacían con mucha menos frecuencia.

“Hoy, para el que se va a estudiar, estar comunicado con la familia es una gran ventaja”, dice.

El patio de la escuelita, que fue remodelada.

El patio de la escuelita, que fue remodelada. "Estábamos albergados y acostumbrados a esa vida", recuerda Laura.

Sin embargo, hay algo que permanece intacto: los chicos siguen siendo hijos de puesteros y continúan creciendo con esa identidad marcada por el campo.

La escuela rural tiene sus dificultades. El período de albergue, por ejemplo, puede interrumpir el proceso de aprendizaje y obligar a retomar algunos contenidos cuando los alumnos regresan. Pero Laura también encontró allí algo que considera invaluable.

“Los niños son sumamente sanos, muy cariñosos, muy educados. Eso es muy valorado”, sostiene.

Y quizá por haber sido una de ellos, Laura conoce mejor que nadie lo que significa crecer en ese contexto. Sabe lo que cuesta alejarse de la familia, sabe lo que significa llegar a una ciudad desconocida y también sabe que detrás de cada chico hay una familia que hace enormes esfuerzos para que pueda estudiar.

Por eso, cuando piensa en sus alumnos, su mensaje no es complicado. Es el mismo que alguna vez recibió de sus propios padres.

“Deseo de corazón que jamás se den por vencidos por lo que desean, por lo que sueñan, porque con voluntad todo se puede lograr”, dice.

Y también tiene un mensaje para los padres: que acompañen a sus hijos, incluso cuando el camino implique enviarlos lejos de casa.

"Un papá que apoya logra hijos seguros e independientes"

“Un papá que apoya también es un hijo que se siente seguro”, afirma.

Laura conoce esa sensación.

Ella misma fue esa niña que dejó el puesto, que se subió a un transporte para llegar a una escuela albergue, que pasó días lejos de su familia, que después tuvo que irse a otra localidad para continuar estudiando y finalmente llegó a Malargüe, donde trabajó mientras estudiaba para poder recibirse.

Laura, docente de vocación. Estuvo albergada en la misma escuela donde hoy es maestra.

Laura, docente de vocación. Estuvo albergada en la misma escuela donde hoy es maestra.

Por eso hoy, cuando entra al aula de El Manzano, no solamente enseña. También lleva consigo una historia que los chicos pueden reconocer como propia.

La escuela cambió, la tecnología avanzó y algunas condiciones son diferentes, pero la esencia continúa siendo la misma: niños de familias rurales que necesitan que alguien les diga que estudiar también puede abrirles un camino.

Laura lo sabe porque recorrió ese camino. Y ahora volvió al mismo lugar para ayudar a otros a recorrerlo.

En pocas palabras

  • Laura González: volvió a su escuela primaria rural en Malargüe como maestra tras criarse allí.
  • Historia de vocación: sus alumnos son hijos de sus excompañeros de albergue, reviviendo su propia experiencia.
  • Mensaje de apoyo: busca inspirar a los jóvenes y destacar el esfuerzo de las familias rurales para la educación.
Resumen generado por Thinkindot AI