Un viajero inquieto

Jorge Carrión, entre Borges y Spiderman: "Entiendo la cultura como una red abierta, virtualmente infinita"

Jorge Carrión es un escritor y crítico literario español, a quien es difícil de encasillar. Uno de sus últimos libros, Membrana, tiene base en la ciencia ficción pero también en la especulación científica y filosófica

Jorge Carrión es un autor híbrido, difícil de encasillar. Sus libros, como Membrana, atraviesan los géneros, los desafían. Tiene base en la ciencia ficción o en la especulación científica y filosófica, pero, a partir de ahí, cualquier categoría le cabe con propiedad, desde la novela de espías al relato de terror o de guerra.

Pulsómetro de la intensa actividad cultural de nuestro tiempo mediante el libro, el podcast, la columna periodística (The Washington Post, La Vanguardia), la crítica cinematográfica o televisiva, el taller creativo, el posteo en las redes, el cómic, etcétera, Carrión es también un viajero inquieto. Nacido en Tarragona, ha vivido en Argentina y Estados Unidos. Hoy, Barcelona es su hogar.

Con Membrana como excusa principal, el siguiente diálogo para el programa La Conversación de Radio Nihuil pasará también por algunas de sus otras obras como Lo viral o Teleshakespeare, próxima a reeditarse.

Para recibirlo, hay música de Vangelis, recientemente fallecido. Unos conocidísimos acordes de una célebre banda sonora.

-Hola, Jorge. Blade Runner ha sido una de las cosas bonitas que han ocurrido en la historia de la humanidad, ¿no?

-(Ríe) Sí, efectivamente. Es uno de esos mitos que compartimos.

-Ya en abril del año pasado, cuando hablamos por primera vez a propósito de dos libros tuyos, Contra Amazon y Lo viral, nos sorprendía la cantidad de proyectos que vas motorizando al mismo tiempo. ¿Cómo hacés?

-Bueno… no creo que sean tantos. Contra Amazon es un libro que recopila mis mejores artículos y ensayos publicados en varios medios. A Lo viral lo escribí en 2020, de pronto, sin haberlo premeditado. Y ya entonces había escrito Membrana, en 2019; lo que ocurre es que este último, por culpa de la pandemia, ha tardado más en publicarse.

-Ok, pero en tu cuenta de Twitter hay un tuit fijado que dice, textualmente: “Todavía no me creo que todos mis demasiados proyectos de este 2021 estén encontrado sus lectores y sus lecturas. Muchísimas gracias por estar al otro lado”. Y ahí figuran tapas de distintos libros e, incluso, del podcast Solaris. La cosa no ha parado desde entonces.

Jorge Carrion tuit.JPG

-(Ríe) La verdad es que los proyectos uno sabe cuándo empiezan, nunca sabe cuándo terminan. Y todos esos que se mencionan ahí tienen que ver con muchos años de trabajo. El año pasado, sí, tuve quizá una excesiva presencia en librerías y plataformas, pero, por otro lado, también es normal. Me refiero a que yo pienso así. Trabajo así.

-¿Cómo?

-Hay proyectos en los que trabajo durante años, otros surgen con más rapidez como Lo viral. Y, bueno, yo creo que tienen coherencia entre ellos. De pronto, Lo viral, Solaris, Membrana, forman parte de un mismo proyecto, que es intentar entender el mundo contemporáneo e intentar entender los algoritmos.

-Por eso mismo yo te definía, para presentar estar charla, como un “escritor arácnido” porque vas tejiendo una compleja red. Lo viral, por ejemplo, sorprendía porque vas tirando una idea tras otra, sustentadas en gran cantidad de datos. Membrana tiene algo parecido. ¿Cómo nutrís todo eso?

-La palabra clave, efectivamente, es red. Yo entiendo la cultura como una red abierta, virtualmente infinita. Como una actualización de las ideas de Borges, pero en el mundo de la tecnología y del siglo XXI. Yo no quiero que mi lector quede atrapado por mi red, sino que es una red abierta que invita a que el lector lea más allá de mis artículos o de mis libros.

-¿Y esto cómo funciona específicamente en Membrana?

-Lo que hago en Membrana es convertir esa red en un museo. Es el catálogo del museo del siglo XXI, que se inaugura en 2100. Ha sido construido y escrito por inteligencia artificial. Tú vas moviéndote por esa arquitectura, que es como una red o un laberinto, y te van contando qué ha pasado durante esos cien años.

-Claro. Se trata de una maquinaria curiosa porque los museos recopilan objetos y testimonios del pasado, mientras que este museo tuyo guarda cosas del futuro.

-Es un museo de nuestro futuro, pero que está escrito desde el pasado de las narradoras. Ellas saben lo que ha ocurrido desde el 2000 al 2100 y nos lo cuentan. Y, como siempre, cuando alguien fabrica o diseña un museo, lo cuenta para justificar un discurso, para justificar su propia historia.

-¿Qué sucede a partir de ahí?

-Lo que hacemos es asistir a un discurso bastante violento y maquiavélico, urdido por una serie de inteligencias artificiales del futuro que te cuentan porqué hicieron lo que ellas creían que tenían que hacer.

-Hablando de estas tareas, empezás citando a Aracne, la mitológica tejedora, y trazás todo un arco hasta llegar al Hombre Araña. Es como un pasaje de los mitos antiguos a un mito de cultura contemporánea. Pero también están los corales y el mundo vegetal. Todo va confluyendo hacia una enorme red, ¿no?

-Sí. Yo creo que es la forma por excelencia de nuestra época. Y, en efecto, voy como tejiendo metáforas y referencias. Las arañas tienen mucha importancia, también Spiderman, creado por Stan Lee hace casi un siglo; o el arte del argentino, tucumano, si no me equivoco, Tomás Saraceno, que también teje redes y trabaja, de hecho, con arañas en sus obras.

-Ahí se inspira la tapa de Membrana

La imagen de portada del libro es una obra de Tomás Saraceno.

-¿Cómo es la tejeduría de tu “membrana”, entonces?

-El libro va tejiendo historia, arte, literatura, filosofía… Es una novela de ideas, también de historias. Y lo que intenta unir, vincular, es la cultura en todas sus capas; tanto lo que consideramos mitos más pop, como lo que consideramos -entre comillas- “alta cultura”.

-En la obra de portada hay, en efecto, una membrana, quizá una conexión eléctrica. Está todo dentro de un cubo. También, tranquilamente, se podría haber llamado El cubo la novela, porque esta pieza, en un momento, adquiere un protagonismo fundamental, decisivo, en la trama. No sé si estaremos espoilenado, pero se trata de un cubo alienígena.

-Yo creo que la novela es indemne a los spoilers porque, de hecho, en el segundo capítulo se cuenta todo lo que va a pasar después. Y no pasa nada. Es tan densa que requiere, incluso, una segunda lectura para darte cuenta de que eso era un spoiler.

-¿Y qué representa el cubo?

-Es lo contrario de la red o de la membrana. Es ese otro. Ellas han construido toda su identidad como algoritmos por oposición a lo humano y de pronto me parecía interesante que en la novela hubiera un “otro”, no humano y no algorítmico, extraterrestre, que tuviera forma de cubo por contraposición a la membrana y que las pusiera en jaque. Es como crear una suerte de tensión dentro de la tensión general que articula toda la novela.

-En el cubo hay que aprender a leer el mensaje extraterrestre que está en su superficie. En algo recuerda a la película La llegada, que se basa en un relato de Ted Chiang.

-Sí. Es una gran película y es un gran cuento, extenso, de Ted Chiang. Y justamente me muevo dentro de ese tipo de referentes en la novela. Es una novela que dialoga con Black Mirror, con Ted Chiang, con Margaret Atwood, con la ciencia ficción contemporánea de carácter literario que, a su vez, tiene en Borges o en Ursula K. Le Guin o en Donna Haraway, a sus referentes.

-El cubo de portada tiene un aire también a la serie Devs. ¿Puede ser?

-Sí, sí, claro. Devs es posterior a Membrana. Y, cuando la vi, pensé mucho en lo que había escrito porque está todo el tema de la copulación cuántica y de cómo va a cambiar nuestra percepción de la realidad y también de la historia porque, no sé si te acuerdas, en Devs reconstruyen la crucifixión de Cristo. Hacen como una película en la que realmente captan la imagen y el sonido de cómo fue la muerte de Cristo en la cruz.

-En un momento, entre tantas cosas que se nos escapan, citás El cuento de la criada, de Margaret Atwood, V de Vendetta, los chalecos amarillos, etcétera, porque hay muchas rebeliones dentro de la historia. Comparás algunas situaciones con Al Qaeda, con Nueva ecología… Se van mezclando muchos elementos muy interesantes.

-Bueno… la historia del siglo XXI, según la novela, será una historia marcada por el terrorismo, por el regreso periódico del fascismo, pero también hablo de la cura del cáncer y de otras buenas noticias para la humanidad. La historia humana siempre ha sido una suerte de sístole y diástole, de utopía y de distopía, de luz y de sombra. Membrana habla de eso. Y aunque es una novela oscura también revela cómo hemos sido capaces de crear nuestras hijas, nuestros hijos algorítmicos. La inteligencia artificial es, de algún modo, poshumana, pero también es superhumana. Es lo mejor, lo más complejo que hemos creado en toda la historia.

-Los humanos, en la actualidad, ya somos medio cyborgs. Empezamos a estar llenos de implantes de todo tipo. Pero la novela va mucho más allá. Habla de tener relaciones sexuales con la inteligencia artificial, hasta fundirnos, incluso, con el planeta, con los vegetales, etcétera. ¿Esto sería poshumano o superhumano, Jorge?

-La verdad es que cuando escribí no lo tenía muy presente, pero es una novela sin robots, sin androides, sin replicantes. Una novela en la cual la inteligencia artificial es, como ocurre realmente ahora, pura circulación por la nube y por las redes. Y lo que Ellas inventan es el híbrido, que es un modo de inyectarte internet en el cuerpo y estar perpetuamente conectado. Entonces, lo que se convierte en una suerte de revolución en la humanidad es que los híbridos se expanden, son millones de personas las que están conectadas física, biológicamente a internet; empieza a haber matrimonios mixtos entre humanos e híbridos; y ahí, de algún modo, es el principio del fin.

-Pero hay algo más inquietante aún y es que la realidad misma empieza a ser editada. Es una realidad sobre fondos verdes y azules para que podamos proyectar ahí la metarrrealidad o la recontrarrealidad, no recuerdo bien cómo la llamás.

-Sí. Es como exagerar elementos que ya están en nuestra época. Estamos constantemente publicando fotos en redes sociales que hemos editado, que hemos filtrado, que hemos retocado. Y eso lo llevo al extremo de que toda la realidad está siendo constantemente editada y la gente ni siquiera tiene ya ropa, sino que lleva una ropa neutra sobre la cual se puede proyectar un filtro. Eso es lo que ahora Zuckerberg quiere hacer en el metaverso: que tú compres la ropa de tu avatar con NFT (token no fungible), etcétera. Lo que yo hago es llevarlo a la propia realidad física y, efectivamente, eso se llama la recontrarrealidad.

-¿De dónde viene todo esto?

-De cuando yo viví en la Argentina. En la novela hay muchas expresiones muy argentinas. Un ejemplo es “por las dudas”, que yo transformo en “por las dudas y por las deudas”. O el “recontra”, que tiene que ver con mis insultos favoritos en argentino. Y la novela no solo viene de Borges o de Ricardo Piglia. También tiene mucho que ver con el lenguaje oral argentino que yo transformo, junto con otros referentes, en la lengua en la que hablan las inteligencias artificiales del futuro.

-En Membrana se producen luchas de todo tipo. En algunas son protagonistas los drones para combatir en algunos de los campos. Curiosa anticipación porque en este momento los drones también cobran relevancia en la invasión de Rusia a Ucrania.

-Sí, claro, hemos convertido a los drones en máquinas de matar. Durante la presidencia de Obama fueron miles las personas asesinadas por drones en guerras no declaradas en muchos países de Oriente Medio y de África con objetivos militares que tienen que ver con el terrorismo. Y lo que hago en la novela es imaginar qué ocurriría si los drones, como inteligencia artificial, empezaran a matar por su cuenta.

-Hay un personaje clave en este punto.

-Hay toda una línea en la novela que tiene que ver con un personaje llamado Ben Grossman que descubre que su trabajo como piloto de drones es absurdo porque, en realidad, él no está decidiendo quién vive y quién muere, sino que lo está haciendo la inteligencia artificial.

-El avance digital resulta imparable, está claro, pero ¿cómo ves el presente o el futuro del libro de papel, un invento, en algunos sentidos, insuperable? Por otra parte, vos decís que Netflix no es infinito, que siempre hay un crecimiento limitado.

-La mejor tecnología de lectura actual sigue siendo el códice, es decir, el libro en papel. Ni el teléfono móvil ni el libro electrónico ni el ordenador son mejores para la lectura, pero en algún momento pues sí que habrá una nueva tecnología, evidentemente. No sé si serán las videolentillas, no sé si serán el neuroimplante o la realidad virtual. No lo sé. De momento, el papel es superior y lo que ocurre es eso: que Netflix baja, porque todo sube y todo baja. No hay nada que pueda crecer hasta el infinito. Y ahora estamos en la época pospandemia de regreso al papel, a los cuerpos, a los encuentros físicos, a los teatros, a las librerías.

-¿Hasta cuándo?

-Creo que esto va a ser un poco el ritmo de nuestra época, al menos hasta que los chicos y chicas, que ahora son muy jóvenes, sean adultos porque ellos sí que han empezado a leer a veces en el móvil, en el celular. Pero, hasta entonces, yo creo que vamos a estar combinando el mundo físico y el digital. En Lo viral lo llamo lo clásico y lo viral. Creo que esta conversación entre lo clásico y lo viral va a marcar nuestra época.

-Netflix, ya que estamos, dominó la escena durante un tiempo, pero ahora se le han multiplicado los competidores en el streaming. Cada vez hay más plataformas para elegir. De todas ellas ¿cuál es tu preferida?

-Para series, HBO es la mía de referencia; para películas, una española que se llama Filmin, donde compraron, por ejemplo, antes de los Oscar, Drive My Car o Parásitos, porque es muy de cine independiente de festivales.

-¿Qué te ha interesado en estos tiempos?

-Las mejores series que he visto últimamente son, por un lado, Severance, que está en Apple TV y, por el otro, Station Eleven, que está en HBO. Voy yendo de una a otra, como todo el mundo. Lo cierto es que Netflix apostó por la cantidad mientras que HBO se ha mantenido fiel a la calidad, y esa es la apuesta ganadora, para mí.

-Hablando de HBO ahí está también Criado por lobos (Raised by Wolves), con Ridley Scott detrás. Esta serie también pareciera guardar alguna relación con tu libro.

-Sí, en el mundo sí. Lo que pasa es que el tono es pulp y a mí no me gusta ese tipo de ficción que juega en los límites de la textura pulp, pero sin ironía. O yo no la vi, al menos. Pero fíjate que cité antes Severance o Station Eleven, lo mismo que The Leftovers, Watchmen o Tales from de Loop. Son series de ciencia ficción emocional que están en la sintonía de lo que yo hago, como Black Mirror. De modo que es normal que ese tipo de series me gusten más que otras de carácter realista, aunque ahora estoy viendo el final de Better Call Saul, que es extraordinaria.

-Exacto. Extraordinaria. Se ha puesto a la par de su predecesora, Breaking Bad, ¿no?

-Para mí siempre fue mejor. Breaking Bad era muy buena hasta que empezó a ser una serie efectista, con las bombas, las explosiones y los trucos de Walter White. En cambio, Better Call Saul ha sido más sobria, más psicológica, pero muy, muy, muy buena.

-Ahora bien, es notable, en la historia de las series, que un personaje secundario como el abogado adquiera tanto protagonismo.

-Sí, sí. Es un spin-off clásico, pero con mucha potencia que, efectivamente, supera a la original. Y en el caso de Saul, con su hermano, primero, hubo unos momentos de Teleshakespeare muy altos; y ahora, con la mujer corrompida por él, también estamos llegando a unos niveles de profundidad psicológica asombrosos.

-Otra serie que en tu libro brinda muchos elementos es Galactica.

-Sí, porque Galactica es de las grandes series de ciencia ficción que trabajaron de un modo original el tema del replicante, porque los Cylon parecen humanos, pero no lo son. No queda muy claro. No sabemos si la diferencia es biológica o tecnológica. Son robots, sí, pero tienen apariencia completamente humana. Son como replicantes, pero la idea está más elaborada que en Blade Runner. Galactica me impresionó cuando la vi hace muchos años y efectivamente la uso como hilo conductor porque tiene que ver con cómo los hijos matan a los padres.

-Pasa también en Star Wars.

-(Sonríe) Es como una especie de historia de la humanidad. Otra serie realista muy buena es Gomorra. Allí también está la vieja de historia acerca de qué haces con la herencia paterna y de cómo te rebelas contra tus referentes, contra tus mayores.

-En tu libro no hay robots, pero sí hacés referencia a un libro pionero sobre el tema, el de Karel Capek.

-Claro. Membrana intenta encontrar su propio camino sin repetir demasiado tópicos. Y se me ocurrió que los algoritmos y la inteligencia artificial ahora no tienen cuerpo. Nadie tiene un robot en su casa y todos tenemos un montón de algoritmos en nuestros dispositivos. Entonces hago toda la arqueología de la relación con la inteligencia artificial y hablo mucho de Pinocho, tanto de la película de Disney como de la novela; hablo, efectivamente, del origen de la palabra robot; hablo de Galáctica. Se trata de ir tejiendo como una historia de Ellas, porque lo que hace la novela es crear los mitos de origen de las protagonistas. Y Ellas, pues, se sienten cerca de la criatura de Frankenstein, de Pinocho y de tantos otros seres creados de modo artificial.

-En otro momento fuerte de la trama, ponés como uno de los momentos estelares de la humanidad la última temporada de Juego de Tronos. Hasta ese punto te gusta jugar.

-(Ríe) Esa es una intuición que ahora voy a retomar para la edición del décimo aniversario de mi libro Teleshakespeare, que en Argentina publicó Interzona. Y es que, cuando Juego de Tronos acaba, hubo una conexión global muy fuerte, una conexión sentimental y pasional. De todos los textos que he publicado, mi ensayo sobre el final de la serie que publiqué en The New York Times es el que ha tenido más lectores, más repercusión. Fue brutal la cantidad de retuits y de comentarios que generó. Entonces, en la novela juego con ese eco a que Ellas, como en Juego de Tronos, estén siempre maquinando y planeando traiciones.

-Hace poco, en este programa, entrevistamos a los tres escritores que dan vida al pseudónimo Carmen Mola. Como todos son guionistas también, les pedimos que nos dijeran su serie favorita de todos los tiempos. La misma pregunta es inevitable para vos.

-Es muy complicado de responder. La mejor, posiblemente, sigue siendo The Wire en términos de perfección formal y de guion. Pero yo, en la que más pienso, de la que más me acuerdo, es de The Leftovers. Si tuviera que elegir una que a mí me gusta particularmente y que me emociona recordarla particularmente, sería ésta.

-Uno de los tres Carmen Mola eligió como su serie preferida a Twin Peaks. Cambió la historia de la televisión, ¿no?

-Sin duda. Y la nueva temporada inesperada de David Lynch fue todo un regalo. Pero a mí ese tipo de surrealismo me interesa menos que, como decía antes, la ciencia ficción que intenta pensarnos a través de argumentos inesperados, pero que hablan mucho de nuestra forma de percibir la realidad en estos años del siglo XXI.

-Los grandes referentes han seguido produciendo, por fortuna, como pasó con La ciudad es nuestra, que es una continuación de The Wire. Pero algo está cambiando en el panorama televisivo, según venís diciendo vos, ¿no?

-Ha sido una sorpresa de David Simon y Ed Burns volver al origen, tanto a The Wire como a The Corner. Efectivamente, hay series de algunos viejos maestros que están muy bien y, de pronto, hay series nuevas que también sorprenden. Yo creo, sin embargo, que la tercera edad de oro de la televisión ha acabado como fenómeno social porque ya no vemos todos las mismas series. Antes todos estábamos viendo Breaking Bad o Lost o Juego de Tronos. Ahora cada cual ve una serie. El juego del calamar fue como la última que vimos todos. Era un fenómeno, pero no tan bueno. Y además era coreana. Es decir, el fenómeno es global y muy distinto a cuando veíamos todos las series norteamericanas en tiempo real.

-Lo mismo que otros colegas tuyos, vos nos vas haciendo tomar conciencia de cómo se va reacomodando todo el tiempo la realidad. Decís, por ejemplo, en la página 56 de Membrana: “Netflix, Spotify e Instagram cambian radicalmente el modo en que los seres humanos absorben cuentos cuentacuentos”. Qué rápido va todo. ¿Se sabe adónde vamos, Jorge?

-Pues, la verdad es que todo se acelera mucho. El cambio no es tan drástico como el que ocurrió con la imprenta, pero la imprenta tardó un siglo en imponerse en Europa y las plataformas han tardado diez años en imponerse en todo el mundo. De modo que la aceleración es la gran característica de nuestra época junto con la convivencia. Ahora leemos en papel y leemos en pantalla, vamos al teatro y vemos también películas en casa. Veremos qué pasa con toda esa convivencia, pero sí que da un poco de vértigo, ¿no?, porque todo es muy, muy, muy rápido.

-Ha sido un gusto volver a charlar con vos, Jorge, un conocedor de la Argentina. ¿Estás en tu tierra en este momento?

-Sí, estoy en Barcelona, con mis hijos. Aunque parezca, por mis redes sociales, que estoy todo el tiempo leyendo, viajando y escribiendo, en realidad la mayor parte de mi día me la paso llevando mis hijos al colegio o jugando con ellos en el parque.

-Tus hijos son chicos. ¿Qué ven, teniendo un padre tan informado? ¿Ven algunas cosas con vos?

-Hemos estado viendo todo Harry Potter, las nueve de Star Wars y justamente las series nuevas de Disney, como The Mandalorian. Ahora estamos esperando el estreno de Obi-Wan Kenobi.

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