Análisis y opinión

Antonio Mercero desmenuza el fenómeno "Carmen Mola", la pasmosa ganadora del Premio Planeta

Uno de los tres autores de La Bestia, novela de Carmen Mola, que en realidad es un seudónimo, es Antonio Mercero quien describió el fenómeno de la ganadora del Premio Planeta

Carmen Mola supo convertirse, en un lapso relativamente breve, en la Elena Ferrante española.

Su trilogía policial protagonizada por la inspectora Elena Blanco, que arrancó en 2018 con La novia gitana, dos años después ya había vendido más de un cuarto de millón de ejemplares, con traducción a once idiomas.

No solo eso. Al igual que su par italiana, la personalidad de Carmen Mola estaba envuelta en el misterio. Nadie conocía su rostro ni los aires con que se movía por el mundo.

Exitosísima y secreta. La fórmula no podía ser más atractiva para una escritora de nuestro tiempo donde todo está a la vista.

Pero el acertijo estaba próximo a revelarse. En octubre del año pasado, la obtención del afamado Premio Planeta con su novela La Bestia, un intenso thriller de ritmo cinematográfico que se desarrolla en un Madrid del siglo XIX bajo el azote del cólera, puso al descubierto el artefacto literario: Carmen Mola es, en realidad, un pseudónimo que contiene la identidad de tres escritores, tres guionistas profesionales con carreras consolidadas desde hace tiempo: Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero.

Sorpresa total, no solo por ser todos hombres, lo cual ofendió a algunas referentes feministas sino, sobre todo, por la manera en que tres mentes podían funcionar al unísono, combinándose de manera eficaz para alumbrar una prosa tan efectiva. Tres personalidades distintas: “El cronista histórico, el sádico y el del corazón”.

Antonio Mercero, uno de los tres mosqueteros, describe este apasionante fenómeno -tan apasionante como su propia literatura- desde su Madrid moderno y cosmopolita, sitiado aún por el coronavirus, para el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Antonio, la historia de ustedes, los tres escritores unidos bajo el nombre ficticio de Carmen Mola, también merece una novela aparte, ¿no?

-(Ríe) La verdad que es así. Ha sido bastante llamativo todo lo que ha pasado con esto, sí, sí, sí.

-Lo que seguimos sin entender es por qué tanta gente se sintió ofendida al principio con ustedes por trabajar bajo un pseudónimo femenino. ¿Cuál es el pecado?

-A mí también me cuesta entenderlo. Nos sorprendió un poquito todo el escándalo y todo el ruido que se generó. Estábamos más bien preparados para enfrentar el debate de la autoría colectiva, porque ser tres escritores sí que resulta muy novedoso, diría que pionero en España, por lo menos. Y que el pseudónimo sea femenino o masculino nos parece un poco inofensivo y totalmente anecdótico. Pero es en lo que más se fijó la gente.

-¿A qué atribuyen el revuelo, entonces?

-No sé. El hecho de que sucediera todo este enojo habla de la enorme susceptibilidad de ciertos colectivos feministas con estos temas. Y digo enorme susceptibilidad porque creo que no hay para tanto.

-¿Cómo siguió la cosa, tras el impacto inicial?

-Se fue desaguando sola en cuestión de semanas y ya nadie se acuerda de ello.

-Pero, en definitiva, ¿era la gente, mayoritariamente, o solo un colectivo quien reaccionó de esa manera?

-Bueno, eran mujeres. Yo entiendo que hablan desde postulados feministas. Y lo único que a mí se me ocurre que puede molestar a algunas lectoras es que hayan aupado a Carmen Mola como referente femenino, porque en el mundo de la igualdad y del feminismo cualquier mujer que destaque es enseguida jaleada. Pues bien, quizá se hayan sentido estafadas al ver que no era una mujer. Pero, en fin, hay un montón de mujeres que venden muchos libros en literatura y que hacen películas estupendas, etcétera.

-Por eso mismo cuesta entender la controversia.

-Esas mujeres se pueden haber sentido engañadas, pero entiendo que son muy pocas. Nosotros siempre hemos querido poner nuestras novelas por delante de la autoría de quiénes somos. Y a la mayoría de los lectores lo que les importa es que esas novelas les gusten.

-Lo más llamativo es que ustedes no ofenden a nadie con su tarea literaria. Pero, además, la saga policial que transformó a Carmen Mola en superventas es protagonizada por una mujer, la inspectora Elena Blanco. Y en La Bestia, quienes terminan siendo determinantes también son dos mujeres, Ana y Lucía, personajes femeninos muy fuertes.

-Sí, personajes femeninos muy fuertes. En la trilogía policíaca no solo está Elena Blanco, que es la protagonista; hay muchas mujeres destacadas como la experta informática. Y hay una cierta perspectiva feminista en nuestras historias. Se habla, en el caso de La Bestia, de las condiciones intolerables de vida de las mujeres en el siglo XIX; se habla de la violencia contras las mujeres como una lacra de nuestra época. O sea, que hay visión feminista en nuestras novelas, cosa que ha ido descubriendo el lector según se ha sumergido en ellas.

-Una pregunta recurrente que solemos hacerles a los escritores o escritoras: ¿cómo hacen para delinear en profundidad a personajes que no son de su sexo o de su condición sexual? En este caso, ¿cómo logran tres escritores masculinos meterse en la psiquis de una mujer? ¿Cómo se ponen de acuerdo para encontrarle el perfil a la inspectora Elena Blanco?

-Por empezar, diría que el trabajo del escritor es poder ponerse en la piel de un montón de personajes que no eres tú. Nosotros, por ejemplo, tenemos un psicópata en una novela y no somos ningunos asesinos ni psicópatas.

-Por lo menos que se sepa hasta el momento…

-(Risas) Por lo menos que no nos hayan descubierto hasta ahora. O, también, puede que describas a un personaje de ochenta años y ninguno de nosotros tiene esa edad. No tenemos más que imaginar qué hay en la cabeza de un hombre de esa edad. Pues, con una mujer, igual. No nos parece tan arcano. Todos tenemos mujeres alrededor. Para mí, es un personaje que se puede construir, de hecho, con más facilidad que el de una persona de ochenta años o de un psicópata, que son mentes más difíciles de adivinar, de detectar.

-Y al ser tres ¿cómo funcionan?

-Hablamos mucho. Hablamos de todo, principalmente de la historia, de qué queremos contar, qué temas subyacen, qué giros va a haber, porque nos gusta que nuestras historias tengan muchas sorpresas que desafíen al lector; y de los personajes, claro está. Entonces, pasamos muchas horas, en muchas reuniones, desgranando todo esto y a veces hay que discutir.

-Cuando discuten ¿qué pasa?

-Si la cosa se encona mucho, siempre se puede recurrir a una votación. Y el que pierde no tiene más remedio que ceder. Pero lo hacemos bien. Nos llevamos muy bien. Y el gran milagro, para mí, de Carmen Mola es que somos tres escritores que sabemos mantener nuestro ego a raya.

-Está claro que se divierten trabajando juntos. Ahora bien y hablando de egos, ¿no se sienten celosos de Carmen Mola, que es mucho más exitosa como escritora que cada uno de ustedes en el plano individual?

-A ver… nosotros teníamos un éxito moderado en nuestras carreras individuales, tanto como guionistas de televisión y cine, como novelistas. Es el éxito modesto de la gran mayoría de los escritores, a quienes les cuesta muchísimo conseguir atención mediática y lectores. Y de pronto, con Carmen Mola, nos hemos ido al otro extremo. Hemos conseguido pues lo que raramente le pasa a un escritor, que es la visibilidad y un montón de lectores.

-¿Qué sentís, entonces, por ella?

-Celos no, porque yo me tomo a Carmen Mola como parte de mi carrera. Entonces es un hito más dentro de ella; desde luego, el más exitoso hasta ahora, pero un hito más. Para mí el éxito es llevar treinta años ganándome la vida con la escritura, que es una cosa dificilísima de conseguir. Y, si lo logras, estás satisfecho con tu carrera.

-Es inevitable hacer referencia puntual a la poliautoría de ustedes. Algún hater los ha acusado de promiscuidad literaria. Pero el suceso es innegable y llama la atención. ¿Han logrado que el todo sea más importante que la suma de las partes?

-Sí. Yo creo que sí. Es verdad que somos tres y apuntamos a conseguir una novela con un estilo común, que no llame la atención porque haya seis manos ahí. Creo que está conseguido. Es verdad que reescribimos muchísimo y que el texto pasa por todos.

-¿Cómo es el mecanismo?

-A lo mejor yo he volcado las primeras cien páginas, uno de mis compañeros las coge y las reescribe, y luego el otro hace lo mismo, etcétera. Así, poco a poco, y de una manera un tanto misteriosa, ha ido cuajando un estilo de Carmen Mola.

-¿Cómo lo definirías?

-Es un estilo directo, que no se recrea demasiado en descripciones. Va muy a las emociones de los personajes y a la historia; a la pulsión de la historia, para que avance. Dialogamos mucho, porque somos guionistas de la academia los tres, entonces se nos da bien dialogar. Así va surgiendo un estilo de Carmen Mola, bastante homogéneo, pero que no es el nuestro; no es el mío propio ni el de Jorge (Díaz) ni el de Agustín (Martínez). Cada uno de nosotros escribimos de otra forma cuando lo hacemos individualmente.

-Si tuvieras que escribir una biografía ficticia de Carmen Mola, ¿qué contendría?

-Bueno, Carmen Mola es el peor personaje de todos los que hemos construido. Hicimos una minibío para la solapa, pero después en las entrevistas la hemos ido traicionando todo el rato.

-Entonces pongamos su ficha al día. ¿Dónde nació, dónde vive, cuántos años tiene?

-Es madrileña, tiene 48 o 50 años y vive con sus dos hijos, su marido y no sé si un perro. En unas entrevistas tenía un perro, en otras no; en una era profesora de Matemáticas y en otra era profesora universitaria, pero no se decía de qué, puede que de Álgebra. No sé… era un poco dividido lo de Carmen Mola.

-¿Y es más o menos guapa o pasa desapercibida entre la gente?

-Yo creo que es guapa.

-Pregunta casi desde el diván: ¿ustedes hablan de Carmen Mola entre ustedes? ¿Es una persona virtual para ustedes o un amigo imaginario?

-Sí, sí que hablamos de ella. De vez en cuando decimos: “Oye, tenemos que quedar Carmen Mola”. O incluso lo convertimos en un verbo: “Tenemos que carmenmolear”. Eso significa que nos tenemos que reunir a tramar, a discutir la próxima novela, cosa que va a pasar enseguida. Por lo tanto, sí, sí, nos referimos a veces a ella y como nos preguntan mucho por ella, es una cosa un poco rara, un poco divertida también. Le hemos cogido cariño.

-¿Hay ejemplos rotundos de tres escritores exitosos en la historia de la literatura?

-Yo no conozco ninguno. Conozco, por ejemplo, el caso de un grupo de escritores italianos, pero era como una factoría de siete de ellos que iban con no sé qué marca. James B. Patterson, el escritor americano, tiene un montón de “negros”, como se decía antes, de seis o siete relatores a su cargo. Las novelas están firmadas por él, pero las hacen ellos. Él les da las trazas, la sinopsis y a lo mejor hace el último repasillo. Pero yo no conozco en España ningún caso de un pseudónimo bajo el que estén tres personas. Dos, sí. De dos hay muchos.

-No sé si es fruto del azar o lo pensaron adrede el hecho de que su reciente y premiada novela La Bestia esté ambientada en el Madrid de 1834 bajo una epidemia de cólera. Es inevitable hacer el parangón con lo que estamos atravesando en este tiempo. ¿Qué te dice la gente?

-A la gente le sorprende mucho y a nosotros también nos sorprendió, al investigar en la pandemia de 1834, que había muchas cosas muy parecidas a las que se hacen ahora: las medidas de restricciones de personas, permitir solo diez asistentes a los entierros, confinar a los sanos primero y luego a los enfermos; las mascarillas, pues se cubrían con un pañuelo, con un trapo o con lo que tuvieran a mano; la construcción de un hospital exprofeso, en el saladero de tocino, para enfermos de cólera, como se ha hecho ahora en Madrid con el Isabel Zendal. No sé… había un montón de parecidos.

-O sea que no eligieron ese escenario expresamente.

-Nosotros no fuimos a buscar esa epidemia de cólera, nos la encontramos por casualidad.

-¿Tampoco habían elegido el año para situar los sucesos?

-El siglo XIX en España es muy convulso, hay un montón de incidentes. Y encontramos uno que nos gustaba, que fue una matanza de frailes que hubo en Madrid, un día en que el pueblo se levantó en un ataque de ira contra el clero, irrumpió en cuatro iglesias y mató a cuarenta frailes. Esto nos pareció un suceso que hablaba mucho del hastío de la gente hacia los poderes dominantes, de muchas tensiones sociales. Y esa matanza, que ocurrió en el verano de 1834, resultó coincidir con esta epidemia de cólera. Y al encontrarnos con esto ya nos pareció casi una señal de que este era el año bueno, el año que había que investigar y en el que teníamos que colocar la historia.

-Hay otro paralelo muy sugestivo con nuestra realidad marcada por las fake news y las teorías conspirativas. En aquella España del 1800 pasaba algo parecido: culpaban a los curas o a los pobres de ser los responsables de esparcir el cólera.

-Absolutamente. Es uno de los grandes parecidos que hay con la vida actual. Todos esos bulos que circulaban, que nacen de la ignorancia, especulaban si eran los pobres quienes transmitían el cólera o los curas que envenenaban las fuentes para diezmar a la población. Se decía que estábamos en la guerra carlista y que así se favorecía la llegada de sus tropas a la Capital. Era todo nacido de la ignorancia, sí, pero la gente se lo creía. Hoy día, en que se supone que estamos en sociedades muchísimo más informadas, pues la gente muerde el anzuelo y comulga con este tipo de bulos con una naturalidad pasmosa. No ha cambiado tanto el cuento, ¿eh?

-¿Estamos más informados en la actualidad, verdaderamente? ¿O no será que, con tanta proliferación de redes y de fuentes sin referencia, quizá estemos peor informados, por exceso, no por defecto?

-Sí, se podría dar esa paradoja. De pronto, tenemos acceso a la información de forma más sencilla que antes y casi más democrática. Todo el mundo se puede informar conectándose y leyendo la prensa. Pero es verdad que las redes sociales son canales de información y de desinformación, de bulos, de mucha intoxicación, de mucho mal rollo, de mucho insulto, no sé… de mucha maledicencia. Hay ahí una papilla enorme y como no seas un poquito observador y astuto, y no estés un poco adiestrado para separar el grano de la paja, se te puede volver muy indigesto todo y no enterarte de nada.

-Aprovechando esta mirada hacia la historia, ¿qué nos puede enseñar un fenómeno como la pandemia? ¿Nos ayuda a los hombres a ser mejores, más solidarios, o no?

-Una de las cosas bonitas de hacer novela histórica y de investigar la historia es que te das cuenta de la cantidad de aplicaciones que tiene hoy día lo que sucedía en esos momentos; lo que pasaba entonces, en este caso, el siglo XIX, con los vectores sociales y de convivencia.

-¿Por ejemplo?

-Yo no diría que estamos en una sociedad más solidaria que en aquel entonces. Antes, en Madrid había una cerca que separaba a los pobres de los más desahogados. Los pobres quedaban en los arrabales y apenas podían acceder a la ciudad. Hoy, esa cerca de Madrid, que ya no existe, puede ser en nuestro país el mar Mediterráneo que separa a los inmigrantes que quieren cruzarlo para tener una vida mejor. Y no les dejamos y levantamos vallas y los devolvemos a su país de origen. El Mediterráneo es hoy la Cerca del Madrid del siglo XIX, es lo mismo. Y la indiferencia de los poderes hacia los más necesitados, eso sigue existiendo. No hay voluntad de resolver las lacras que hay en el mundo como el hambre, la desigualdad social o la pobreza. Es como un mal que, bueno, lo tienes ahí y de vez en cuando te ocupas un poquito, pero no más.

-A La Bestia podrían caberle diversas etiquetas: novela histórica o social, thriller, suspenso policial, novela de aventuras, etcétera. ¿Cuál es tu parecer?

-La verdad es que se trata de una mezcla de bastantes géneros. Efectivamente es un thriller, pero tiene cosas de novela picaresca, tiene un retrato costumbrista. Es también una novela realista, casi galdosiana. Tiene, incluso, un poquito de romance. No sé… es un híbrido de varios géneros, pero, por simplificar, para que la gente sepa qué compra o a qué libro se arrima, diría que es un thriller histórico, una etiqueta que se le anda poniendo desde hace un tiempo a algunos libros que mezclan estos dos géneros.

-En algunos pasajes, más que thriller histórico, pareciera inclinarse por la novela negra pues combina varios elementos clásicos del género como, por ejemplo, una mirada aguda sobre los poderes públicos del momento y porque, entre otras cosas, tiene un personaje prototípico: Donoso, el policía que no quiere ser policía, lleno de vicios, cobarde… un perdedor, en suma.

-Sí, porque en la novela negra se suele ser un poco el perdedor.

-Exacto. Donoso es un loser de cuerpo entero.

-Donoso es un poco así. Es un hombre muy amargado, tuerto, que perdió el ojo en un duelo por amor, por cuestiones de honor, algo propio de la época del romanticismo. Un romanticismo que también encarna la ruina. Este hombre es una ruina humana. No cree en nada. Eso sí, la historia le va ir haciendo cambiar. Es el personaje que describe un arco más claro, más marcado. A nosotros nos gusta mucho Donoso.

-Hay que decir, por otro lado, que ustedes son más feroces, como autores, que George Martin en Juego de tronos. ¡Van liquidando personajes sin piedad! ¡No dejan títere con cabeza!

-(Risas) Es que hay algo que no nos gusta nada: esas historias en las que está todo mascado desde el principio. Las que son como una alfombra que se despliega y ya la ves venir. Al héroe le metes en apuros y tú ya sabes siempre que va a salir airoso. Eso no nos gusta. Es la narrativa clásica y previsible. Nosotros queremos subvertir esa comodidad del lector.

-¿De qué manera?

-Queremos decirle al lector: no te fíes, porque puede que el héroe se meta en un apuro y no salga. Eso es una opción en esta historia, pero lo hacemos desde nuestra primera novela, ¿eh? Queremos que la experiencia del lector sea sin red, que no tenga esa sujeción de que “al final se salvará”. Bueno… puede que sí… y puede que no.

-Es así, tal cual. En La Bestia al principio hay algunos personajes importantes que parecen sacados del más ortodoxo manual de corrección política. Son como obvios. Por fortuna, a poco de andar, todos ellos empiezan a ser zarandeados de aquí para allá.

-Sí, sí. A los personajes, si hay que vapulearlos, se los vapulea. El lector se puede encariñar con ellos, pero el escritor tiene que ser un poquito impío si es necesario.

-Y no hay ninguno que no sufra en la novela. ¡Ninguno!

-No. Todos tienen su sufrimiento a cuestas. Era un siglo duro. En ese año de 1834 la vida era muy difícil, sobre todo para los pobres. En la novela se ve la diferencia de clases muy clara. Para los pobres el objetivo de su vida era conseguir un mendrugo de pan que echarse a la boca.

-Al asesino de la trama, desconocido al principio, algunos lo asimilan a Jack el Destripador. ¿Te parece lícito?

-Sí. Puede ser. Empieza siendo como una especie de animal mitológico. No se sabe muy bien si es un oso o una mezcla de hombre y jabalí. En fin, hay distintas versiones de esta bestia, lo cual tiene que ver con el miedo de la sociedad, con la ignorancia, con las supersticiones de la época, que todavía tenía un pie y medio en la edad antigua. Estaba a punto España de ingresar en la modernidad, pero era todavía una sociedad muy anticuada, muy retrasada.

-O sea que, en el imaginario colectivo, concentra los temores de su tiempo.

-Todo eso se cuenta, sí, a través de la Bestia, que, luego, efectivamente, va cogiendo formas más concretas que no podemos detallar porque incurriríamos en el temible spoiler. Esa es la bestia concreta. Luego tenemos la bestia metafórica.

-¿Cuál es esa otra bestia?

-Nos gusta el título porque estamos aludiendo a otras bestias: la ignorancia, la pobreza, la indiferencia de las clases pudientes. Todo eso es realmente la bestia que está en esta novela.

-Ustedes ganaron el Premio Planeta. Materialmente hablando, ¿quién se ha quedado con el objeto?

-El premio es un trofeo y han tenido la delicadeza de hacernos tres ejemplares, porque, sino, llevábamos cuatro años sin discutir e íbamos a terminar conflictuando a Carmen Mola por un trofeo.

-Y en cuanto a los roles de cada uno de ustedes como escritores, ¿son equivalentes o se dividen por especialidades, por ejemplo, en tragedia, en humor, en información técnica, etcétera?

-Respecto de eso, al final, inevitablemente, en cualquier grupo humano hay roles. Hay uno que es el líder, hay otro que es el que hace los chistes, está el pesimista o el gruñón…

-¿Y a vos qué te toca?

-A mí me atribuyen la emoción. Dicen que cuando hay que sacar los momentos de emoción a mí se me da bien. A Agustín le atribuimos la parte más descarnada, más gore y más violenta. Y a Jorge se le atribuye la parte más de cronista histórico. Le gusta mucho investigar, aunque, en realidad, investigamos los tres. Todos hacemos de todo, porque nos vamos contagiando unos a otros. En suma, estos serían los roles: el cronista histórico, el sádico y el del corazón.

-Daba la impresión, a primera vista, de que para malo está Jorge, porque es el más grandote de ustedes.

-(Ríe) Es verdad. Pero Jorge no es así. Es uno de esos grandotes que son un pedazo de pan.

-Ustedes tres, por otra parte, son guionistas, como decías. Hace poco empezó el rodaje de una serie basada en su primera novela, La novia gitana. ¿Ustedes tienen algún tipo de participación?

-Yo he sido el coordinador del guion junto a José Suárez. Lo hemos hecho entre dos. Y Jorge Díaz ha escrito dos guiones. Son ocho capítulos.

-¿Y en cuanto al casting? Teníamos entendido que participa Darío Grandinetti.

-A mí me han enseñado las opciones de casting y, efectivamente, está Darío. Un lujazo. Es un súper actor y además tiene un personaje muy bonito, muy importante. Así que estoy deseando ver cómo queda la serie. Todavía no he visto nada. Quiero ir al rodaje, aunque los guionistas siempre estorban en esos momentos. Pero algún día hay que ir.

-Nosotros hemos hablado en este programa con varios escritores cuyas novelas han sido llevadas a la pantalla como Héctor Abad Faciolince (El olvido que seremos), María Dueñas (El tiempo entre costuras, La Templanza) o Fernando Múñez (La cocinera de Castamar). El caso de ustedes es distinto porque directamente son guionistas, forman parte de la industria. ¿Cuando escriben novelas lo hacen ya como delineando su traspaso a una filmación?

-Cuando hacemos una novela, hacemos una novela. No estamos pensando en la adaptación futura. Pero, como somos guionistas y ese es nuestro trabajo principal desde hace muchísimos años, inevitablemente salen historias ya muy visuales. Los capítulos están expuestos de esa manera, el diálogo podría ser parte de un guion. Pero son formatos diferentes, aunque comparten algunas claves: es contar una historia y que ésta sea emocionante, entretenida, original. Eso es común al cine, a la tele y a la novela.

-Se entiende porqué, entonces, el final de La Bestia tiene una conclusión cinematográfica, propia de un gran espectáculo hollywoodense.

-Sí, es verdad, sobre todo porque llega hasta un clímax muy poderoso. Y el concepto de clímax casi lo asociamos más con el mundo audiovisual, donde parece que tiene que ser todo más espectacular y no se puede cerrar como en sordina. Eso nosotros lo hacemos. Lo tenemos muy claro porque aplicamos los aprendizajes de los guionistas e, incluso, su estilo de trabajo.

-¿En qué cosas, por ejemplo?

-Las novelas las hacemos con una escaleta, nos reunimos en la writers room y nos ponemos a disparar, etcétera. Son las formas de trabajar de un equipo de guionistas.

-En un momento de su historia dicen que aquel Madrid de 1834 “solo esconde miseria, suciedad y muerte”. ¿Cómo es hoy el Madrid tuyo, el Madrid del 2022 todavía bajo el covid?

-Parece mentira porque no ha pasado tanto tiempo, pero nuestra sensación es que, en 1834, esto era como Deadwood, una ciudad a medio hacer. No había aceras, era todo barro, en muchos barrios no había canalización de aguas fecales, que bajaban por calle, delante de tu casa; no había iluminación en casi ninguna calle. No existía la policía como tal, todo era del ejército. Ahora Madrid es una ciudad muy moderna, de brazos abiertos, que recibe muy bien al visitante y muy soleada. Aquella ciudad polvorienta y embarrada ya no existe más.

-Y con los problemas de toda gran ciudad de hoy, ¿no?

-Claro, es una gran ciudad con sus cosas buenas y también con sus cosas malas. Hay muchísima gente en el Centro, muchísima contaminación, muchísimo tráfico, muchísimo ruido. Pues sí, todo eso es cualquier gran ciudad de hoy.

-Finalmente, otra pregunta inevitable: ¿son futboleros ustedes tres?

-Sí, sí, nos gusta el fútbol.

-¿Y son todos hinchas del mismo equipo o hay divergencias dentro del terceto?

-Yo soy de la Real Sociedad de San Sebastián. Y mis otros dos compañeros son del Real Madrid. Entre nosotros, por lo tanto, no hay mucha rivalidad, ¡hombre! Un aficionado de la Real Sociedad por supuesto detesta al Real Madrid. ¡Eso viene pegado!

-¿Para cuándo se viene otra Carmen Mola?

-Para otoño. En otoño vamos a sacar con Alfaguara la cuarta entrega de Elena Blanco. Se va a llamar Las madres. Ahora mismo la estamos ultimando. La entregaremos, creo, más o menos en mayo a la editorial, a ver si podemos estar en las librerías e

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