Carmen es una mujer de 83 años que vive sola. Tiene dos hijos: uno vive en el exterior y el otro la visita poco, ya que tiene mucha carga de trabajo y a la vez debe atender a sus propios hijos. Carmen goza de buena salud física y puede valerse por sí misma, pero piensa mucho en cuando ya no pueda hacerlo. Permanentemente dice que no quiere ser una carga para nadie. Todos los días va al almacén del barrio, habla con Carlos que trabaja allí hace años, y ese suele ser su único contacto cara a cara en el día. El resto del día ve mucha televisión, tiene un teléfono pero lo usa sólo para llamadas. Sus días son monótonamente parejos, y espera ansiosa el momento de ir al almacén para charlar con Carlos, y eventualmente con algún otro vecino que se encuentre en el local. Tanto, que muchas veces va a comprar cosas que no necesita, y compra de a poco, para poder así ir todos los días.
Lautaro tiene 20 años y es un chico promedio en la facultad. No practica ningún deporte, y pasa muchísimo tiempo con el teléfono. Tiene un pequeño grupo de amigos a los que ve sólo en sus horas de clase, y casi todo el tiempo está en tik tok o en youtube. Vive con sus padres y una hermana, se lleva bien con ellos, pero no habla tanto. Es un buen pibe, medio callado. Se pone nervioso cuando habla presencialmente con alguien que no conoce, así que todo lo que puede lo hace desde su teléfono.
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Todos conocemos a alguien con una vida similar a la de Carmen o Lautaro. La soledad no deseada es un fenómeno cada vez más notorio, y diversos estudios muestran que los jóvenes son el grupo etario más afectado, mucho más aún que los adultos mayores. Tienen mil contactos virtuales, pero eso no reemplaza a los encuentros presenciales. Hiper-conectados en lo virtual, desconectados y con una soledad angustiante en lo real.
Los últimos años, la problemática de salud mental se ha instalado en la agenda pública, en parte por el aumento de casos de suicidio. Ahora bien, ¿qué se puede hacer desde los gobiernos, para combatir este flagelo? Diversas iniciativas legislativas han sido presentadas, las cuales son muy valorables, pero abordan sólo una parte del problema. Estas leyes ayudarán a generar herramientas para detectar casos de riesgo y brindar tratamientos, pero el problema de fondo seguirá existiendo. La soledad debe ser entendida como un problema de salud mental público, y se trata de una pandemia tremendamente compleja para combatir. Sus causas no son biológicas, sino que la problemática obedece a causas profundas de nuestro sistema social y económico, pero sobre todo se derivan de las innovaciones tecnológicas y comunicacionales de las últimas dos décadas.
Datos preocupantes
Veamos algunos datos que ilustran la gravedad de la situación: la compañía Gallup y Meta concluyó el estudio "El estado global de las conexiones sociales", realizado desde Junio de 2.022 hasta Febrero de 2.023, en el que entrevistaron a personas mayores de 15 años en 142 países. Como resultado, develó que un alto porcentaje de los jóvenes del mundo experimentan altos niveles de soledad. De hecho, el 25% de los encuestados a nivel mundial de entre 15 y 18 años se sienten "bastante solos" o "muy solos", una cifra que trepa al 27% en los entrevistados de entre 19 a 29 años.
Diversos estudios demuestran que la soledad y el aislamiento favorecen enfermedades cardiovasculares, y otras como hipertensión y diabetes. Pero lo más grave son las consecuencias de la soledad no deseada en la salud mental: depresión, estrés y ansiedad son las consecuencias más directas de lo que hoy es ya un flagelo global.
Todos estos trabajos dan cuenta de los efectos nocivos del mal uso de redes sociales sobre la salud mental; en épocas de hiper-conectividad, la ironía es que las encuestas demuestran que la gente se siente cada vez más sola. La interacción por redes sociales es sólo superficial, y, en algunos casos, ficticiamente construida sobre las apariencias que la gente quiere mostrar. En otras palabras, la interacción generada es más entre personajes que entre personas.
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Como dato accesorio, podemos destacar que recientemente la Ciudad de Nueva York demandó a cinco redes sociales (TikTok, Instagram, Facebook, Snapchat y YouTube) porque las vinculó a la crisis de salud mental en niños y jóvenes al manipular y hacerlos adictos a ciertas aplicaciones y producir depresión, ansiedad, sentimientos de aislamiento e incluso suicidio. Cabe destacar que el suicidio es la cuarta causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años, según la Organización Mundial de la Salud. En su demanda, Nueva York explica algunas consecuencias para el sistema escolar: alegan haber tenido que lidiar con la adicción a las redes dentro y fuera del aula, además de incorporar en sus planes de estudios la problemática de las redes y el buen manejo que debe hacerse de ellas.
Soy usuario de redes sociales (cada vez menos, debo confesarlo) y no estoy en contra de las plataformas en sí, sino del mal uso de las mismas, y de los mecanismos adictivos generados para aumentar el tiempo que las personas pasan frente a las pantallas de sus móviles.
Si parte de la solución es que la vida está fuera del teléfono, en estas épocas de virtualidad debemos generar lugares de encuentro presencial. Allí, los gobiernos locales, encargados del urbanismo y la planificación de las ciudades, tienen mucho para aportar. Espacios públicos de calidad generan encuentros de calidad. Invitan a los ciudadanos a recorrerlos, a conversar entre ellos y no a través de redes, y a salir del espacio privado, siempre sub-utilizado y que a veces encierra. Aquí también hay un criterio de sostenibilidad: las ciudades del futuro deberán ser compactas, donde la recreación se realice en parques, plazas y paseos de calidad, optimizando así el uso de suelo urbano. Asimismo, una de las técnicas recomendables en este punto es diseñar plazas y espacios de encuentro barriales también compactos: los espacios demasiado grandes favorecen la dispersión y no facilitan el encuentro.
Otro punto importante al alcance de los gobiernos locales y provinciales es cuidar y fomentar el comercio de cercanía. Además de sus indudables efectos económicos favoreciendo el emprendedorismo, estos comercios son grandes generadores de interacción humana. Almacenes, verdulerías, peluquerías y un largo etcétera son lugares en los que los clientes conocen a las personas que trabajan allí, además de servir de encuentro entre vecinos que de otro modo no se verían. Esto puede parecer trivial, pero para muchísimos adultos mayores suele ser el único contacto presencial que tienen en el día. En las cadenas de retail este contacto no es personal, y en el comercio electrónico (actividad que tiene muchos aspectos positivos) directamente no existe.
Cuando las ciudades están diseñadas para las personas más que para los autos, favorecen la interacción humana. Los municipios pueden aportar mucho aquí, no sólo en la planificación urbana, sino mediante gestión pública orientada a combatir la soledad. Son muchas las ciudades en las que se realizan clases gratuitas de deportes, yoga, encuentros culturales o artísticos, etc. Piensen en el efecto positivo que esto tiene, por ejemplo, en personas de la tercera o cuarta edad que viven solas y no tienen un círculo familiar que las visite con frecuencia, o en jóvenes que tienen dificultades para desenvolverse presencialmente, y de este modo pueden conocer gente nueva y desarrollar otros vínculos.
Además, los gobiernos locales pueden realizar campañas de concientización en espacios públicos, como establecer en plazas y parques “Puntos de Desconexión” con gigantografías que contengan leyendas sobre el mal uso de las redes sociales. “Zona libre de Wi-Fi”, “espacio libre de pantallas”, etc. en sitios que los jóvenes frecuenten permitirá generar conciencia sobre esta problemática.
Los gobiernos provinciales tienen un desafío en el tema educativo. Los adolescentes que experimentan soledad pueden tener problemas de concentración en su aprendizaje. Teresa Cauqui Olmedo recopiló varios estudios sobre adolescentes, redes sociales y salud mental. Trabajos sobre jóvenes que tuvieron intentos de suicidio o auto-lesiones, mostraron que esta conducta está muy ligada con la tendencia al aislamiento social y a la experiencia subjetiva de soledad (Kim et al., 2009).
Frente a ello, las provincias argentinas deben tomar el modelo del sistema educativo de la Ciudad de Nueva York, incluyendo en sus planes de estudio el buen uso de las redes sociales y concientizando sobre sus mecanismos adictivos. Las escuelas y universidades pueden fomentar la creación de lugares de desconexión tecnológica donde los estudiantes interactúen cara a cara, enseñando a las futuras generaciones que la conexión humana es más profunda e importante que los likes de las redes.
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