Decir "héroes anónimos" es caer en un lugar común pero en definitiva eso es lo que son. Hace unos diez días, el teatro Independencia reunió a tres grupos de ellos. Unos ya acostumbrados a verse así, incluso ataviados en sus trajes aunque esta vez estuvieran de civiles. El segundo grupo llevaba armas. Sí, armas que eran violines, violoncellos y partituras. El tercer grupo era una familia. Todos ellos se habían complotado para cumplirle un sueño al mayor héroe de todos: Joaquín Seresoli, un tipo que con 11 años reúne más valentía que todos los demás juntos. Esta es su historia.
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Un día diferente en una galaxia no muy lejana
Es mitad de semana. En el teatro Independencia hay una función privada. Se ve a mujeres y hombres bien vestidos,muy arreglados. En un momento varias cabezas giran y sonríen. Es Joaquín que viene agarrado de la mano de su madre. Cruza calle Chile escoltado también por su abuela, su papá y su hermana, Romina, de la que no se se separará por el resto de la noche.
Sonríe con picardía al llegar a la puerta del teatro. Se lo ve cansado. Acaba de salir de una sesión de quimioterapia. "Se descompuso, el médico le dijo que tenía que quedarse una hora más y no quiso saber nada", cuenta Luis, el padre, sonriendo.
Es que sí, Joaquín tiene cáncer. A los 2 años le salió una hernia. Cuando lo fueron a operar también descubrieron que tenía dos tumores. Terminó en el hospital Notti con más de 45 sesiones de quimioterapia y dos cirugías. En el 2017 le dieron el alta pero en el 2019 sufrió una recaída. Volver a empezar a recorrer el mismo camino para él y su familia.
Tal vez atraído por el amor que su padre le tiene a las películas fue que Joaquín se sintió atraído a aquellas que contengan a superhéroes, principalmente Deadpool. Pero entre sus favoritas se encuentra la saga de Star Wars.
El cansancio no le impide a Joaquín saludar sonriendo a dos personas que lo estaban esperando. Ellos son Emanuel y Roxana, miembros del grupo llamado Escuadrón Mendoza (un grupo de personas que se disfrazan de superhéroes y hacen actividades solidarias). En gran parte están reunidos allí por ellos. Ambos están de civil, en otros momentos pueden ser Obi Wan Kenobi o Harley Queen
"A Joaquín lo conocimos a través de otro grupo que se llama Ecobase. Un día nos invitaron a la casa de Joaquín que había pasado una etapa de quimioterapia y fuimos disfrazados de jedis y otros personajes. Su personalidad magnética nos conmovió mucho y lo adoptamos como ahijado. Es nuestra personita especial", explica Emanuel.
Fue Roxana la que le sacó la primera sonrisa de sorpresa. "Te traje un regalo", le dice al pequeño mientras le pasa un paquete. Joaquín le abre con cuidado pero también con todo el entusiasmo de un niño y descubre un almohadón con la figura de Baby Yoda, el personaje de la serie The Mandalorian. Rápidamente se da vuelta y posa para las fotos. Se lo nota contento por el presente y por lo que va a comenzar a vivir unos minutos después.
Son tiempos de rebelión
Hace unas semanas, la sinfónica de la Universidad Nacional de Cuyo dio un espectáculo llamado música de películas. Joaquín, o Yodita como le dicen sus familiares, quería ir. Alguien le había dicho que tocaban canciones de Star Wars y eso era suficiente para entusiasmarlo. Pero no pudo. Por un lado no consiguió entradas. Por otro, ese día tuvo una sesión de quimioterapia que lo dejó en la cama.
"El 6 de enero, Joaquín no recibió un regalo de reyes sino que tuvo una quimioterapia. El 7 es mi cumpleaños. Lo festejamos unos días después. En un momento golpean la puerta y le pido a Joaquín que vaya. Abre la puerta y había alguien disfrazado de Kylo Ren. Se dio vuelta y me miró como diciendo: Papá nos vienen a robar", explica Luis. Ese día fue el encuentro entre los héroes y también el nacimiento de esta historia.
Con el espectáculo ya pasado y la desilusión de Joaquín, fueron los chicos del Escuadrón los que pusieron manos a la obra. "Mandamos mensajes a todos lados hasta que un día nos contestaron".
Uno de los mensajes había ido al Facebook de la sinfónica y lo había visto el coordinador. Estudiaron qué podían hacer. Se encontraron con que había una función privada en la que se repetiría el espectáculo. Era la oportunidad perfecta y la aprovecharon. Unos días después de leer el mensaje salió la respuesta: Joaquín, su familia y algunos chicos del Escuadrón estaban invitados. Solo restaba que el pequeño gran valiente pudiese ir.
El lado oscuro también juega
Después de unos 15 minutos de estar en la puerta del teatro, esta se abre. Joaquín entra. Mirá la majestuosidad del Independencia. En el escenario hay algunos instrumentos esperando a sus dueños. Habla con su familia, ríe y toma con fuerza a su Baby Yoda. Sabe que esto es lo que estaba esperando y que por ello salió corriendo del hospital.
Apenas ingresa el director de la orquesta es uno de los primeros en pararse. Aplaude y levanta su almohadón como haciendo saber cuál es el momento que espera de todo el espectáculo. Mira atento cada movimiento. Suenan los primeros violines. Pero no es nada de Star Wars sino que la película a la que recuerdan esos acordes es Casablanca.
Joaquín mira a su hermana. Esta comprende y le hace algunos chistes. Su padre filma y dice de qué película es la canción que está sonando. Luego se escuchan los compases de un film de Fellini. El teatro se llena de melancolía. Joaquín había ido por otra cosa y ya no aplaude.
Primera alarma: Joaquín se levanta y sale del lugar acompañado de Romina. "Está algo descompuesto, tuvo una quimioterapia antes de venir", recuerdan el padre y la madre al unísono.
El retorno del Jedi
A los cinco minutos, Joaquín regresa. Se lo nota algo agotado. Ha sido un día difícil y encima, esos hombres tras el escenario están ocupados haciendo canciones que él no ha ido a escuchar. Pero llega el momento y vuelven a juntarse las manos del pequeño para aplaudir porque suena la canción de Superman. No es Star Wars pero algo es algo.
Sus dedos dejan escapar parte de la emoción que va sintiendo y acompañan cada acorde golpeando suavemente su pierna. El momento se acerca.
En un momento, todo es silencio. Se oscurece la sala y se escuchan pasos. Por los pasillos ingresa Darth Vader y algunos soldados imperiales, o Stormtroopers para los conocedores de la saga. Los adultos sacan sus teléfonos para filmar, Joaquín abraza más fuerte a su Baby Yoda. Suena la marcha imperial, la canción del lado oscuro.
Joaquín no deja de mirar los movimientos de un Darth Vader que intentó apoderarse de la orquesta para luego observar todo desde un costado. Los ojos del pequeño valiente van hacia el villano y luego hacia cada uno de los adultos que por unos minutos han vuelto a ser niños. Ellos no lo saben, pero esa noche el protagonista es un pequeño de 11 años y no la orquesta.
Joaquín disfruta el momento. Lo estuvo esperando por semanas. Soñó con él. Sin importar las batallas de cada día, él lo había logrado, como el muy buen scout que es, porque sí, Joaquín también es scout.
Se termina la marcha. "¿Te gustó?", le preguntan. Solo hace falta mirar sus ojos para saber la respuesta. Se levanta a aplaudir a los músicos y con la mirada parece ordenarle a todos que hagan lo mismo.
Suena una segunda, una tercera y los músicos regalan la canción de la presentación, esa que suena mientras que al inicio de la película se lee una introducción. Joaquín está feliz. Con su cuerpo acompaña cada sonido que sale de los instrumentos. Por un momento todo se detiene y solo es él, Darth Vader, los soldados y la música. Nada más. Tampoco hace falta más cuando se cumple un sueño y Joaquín estaba justamente en eso.
