Todavía es de noche cuando el movimiento comienza en el Parque Provincial Aconcagua. El frío cala hondo, el aire es seco y la montaña impone respeto. A las 5.45, en silencio, empiezan a llegar las primeras mulas. No hay aplausos ni fotos para ellas. Sin embargo, son parte esencial de cada historia que se escribe en la cumbre más alta de América.
Durante décadas, su trabajo fue naturalizado. Cargar alimentos, equipos, insumos. Subir y bajar por senderos exigentes. Resistir el clima, la altura, el desgaste. Pero algo cambió. Y ese cambio empezó a gestarse en Mendoza, donde hoy el foco ya no está solo en la logística, sino en el cuidado.
“Estamos en una época de cambios de paradigmas, y el bienestar animal no escapa a esta nueva realidad”, explica el veterinario Lucas Sberiglio, coordinador del programa. Su voz resume una transformación profunda: las mulas dejaron de ser solo un medio para convertirse en protagonistas de una política activa de protección.
Cada temporada, más de mil animales ingresan al parque. Sin ellas, sería imposible sostener la actividad de los campamentos de altura. Pero ahora, antes de dar un solo paso en la montaña, deben pasar por un riguroso control.
Uno a uno, los veterinarios y guardaparques revisan cada detalle. La identificación mediante microchip permite saber exactamente quién es cada animal, de dónde viene y qué recorrido hizo. El llamado “ticket mula” funciona como una especie de documento: allí figura su destino, su historial y el responsable de la expedición.
Nada queda librado al azar y los cuidados animales son rigurosos
Se controla el peso de la carga, su distribución, el estado corporal, posibles lesiones, el herrado y, sobre todo, algo clave: si cumplió con los períodos de descanso obligatorios. Solo quienes superan todos los requisitos pueden avanzar.
“Lo que buscamos es evitar la sobreexigencia. Que trabajen en condiciones adecuadas y que tengan recuperación real”, cuenta uno de los profesionales del equipo, mientras observa el ingreso de los animales al parque.
El seguimiento no termina ahí. A lo largo del recorrido, en campamentos intermedios y puntos estratégicos, los controles continúan. La montaña es exigente, y el monitoreo también.
Pero tal vez uno de los aspectos más importantes del programa sucede cuando las mulas salen del parque. Porque ahí comienza otra etapa: el descanso.
Dependiendo del recorrido realizado, cada animal debe cumplir un período de recuperación obligatorio. Si no lo hace, no puede volver a ingresar. Y el incumplimiento no es menor: se considera una falta grave, con sanciones para las empresas.
Este sistema de trazabilidad permite algo fundamental: evitar el uso excesivo y garantizar la rotación.
El buen estado general de los animales, el objetivo clave
Por las tardes, mientras el sol cae sobre la cordillera, el trabajo sigue. El equipo veterinario recorre las instalaciones de las empresas de arriería. Allí controlan corrales, disponibilidad de agua, alimentación y estado general de los animales.
“Esto no es solo lo que pasa en la montaña. El bienestar empieza mucho antes y continúa después”, explican desde el programa.
El equipo detrás de este sistema combina experiencia técnica y conocimiento del terreno. Veterinarios especializados en equinos, algunos con trayectoria en ámbitos deportivos o incluso en el Hipódromo de Buenos Aires, trabajan junto a profesionales que también son andinistas. Esa doble mirada —científica y de montaña— permite entender mejor las exigencias reales del entorno.
En ese entramado, los arrieros ocupan un lugar clave.
Son ellos quienes, desde hace generaciones, conocen los ritmos de la cordillera. Quienes saben cómo armar una carga equilibrada, cómo guiar a los animales en terrenos difíciles, cómo leer el clima. Su trabajo es parte de la cultura de montaña y hoy convive con nuevas exigencias técnicas.
“El desafío es combinar ese saber tradicional con estándares modernos de cuidado”, coinciden desde el equipo.
En tiempos donde la tecnología parece ofrecer soluciones para todo, incluso se ha planteado reemplazar a las mulas por drones o helicópteros. Sin embargo, la realidad marca otra cosa: hoy, ninguna de esas alternativas logra igualar su eficiencia ni su bajo impacto ambiental.
Las mulas siguen siendo, paradójicamente, la opción más sustentable.
Pero la diferencia es que ahora hay reglas claras.
En noviembre pasado, el Ministerio de Energía y Ambiente actualizó la normativa del programa, incorporando mayores controles, exigencias técnicas y un sistema de sanciones más estricto. Las multas pueden alcanzar cifras elevadas y, en casos graves, incluso implicar la suspensión definitiva de quienes incumplan.
Además, se establecieron requisitos mínimos para corrales, alimentación y acceso al agua —entre 20 y 70 litros diarios por animal—, junto con la obligatoriedad de registros sanitarios digitales y bases de datos compartidas.
Todo queda documentado.
Al final de cada temporada, un informe técnico reúne estadísticas, evaluaciones y resultados. La idea es clara: mejorar año a año.
En la inmensidad del Aconcagua, donde cada paso cuesta y cada logro se celebra, hay historias que no siempre se cuentan. Historias de esfuerzo silencioso, de resistencia, de trabajo constante.
Historias que, poco a poco, empiezan a ser miradas de otra manera.
Porque detrás de cada expedición, de cada cumbre alcanzada, hay algo más que montañistas. Hay un sistema que funciona. Hay personas que cuidan. Y hay animales que, por primera vez en mucho tiempo, dejan de ser invisibles.






