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Un empresario fue víctima

El otro "Gordo Maxi", culpable de un secuestro por 240.000 dólares

Editado por José Luis Verderico
verderico.joseluis@diariouno.com.ar

Ya pasaron cinco años y medio. Sin embargo, el hombre prefiere olvidar las siete horas más largas de su vida, cuando seguir vivo dependió única y exclusivamente de que la familia pagara cientos de miles de dólares a una banda de secuestradores.

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Una carrera contra el tiempo

En los tribunales federales de Mendoza, el protocolo investigativo para casos de secuestro extorsivo de personas (privación ilegítima de la libertad y liberación a cambio de dinero o algún otro bien) es claro y se cumple a rajatabla hace más de una década.

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Una de las consignas más fuertes no está escrita en ningún lado, pero es una de las bases del éxito y todos la respetan: nadie dice nada y la información se maneja bajo total reserva hasta que el caso sea resuelto. Después, sí.

Mendoza, febrero de 2015

Un muchacho pedalea por la calle Francia de Godoy Cruz. Va camino del trabajo. Tan concentrado en la canción que escucha con los auriculares que nunca se entera de una frenada brusca que ocurre cerca suyo. Hay dos vehículos de alta gama involucrados.

Quince segundos después queda clarísimo que no era una frenada más, sino la consecuencia de una encerrona, de un ardid cuidadosamente planificado y ejecutado para secuestrar a un hombre. Un empresario ligado al rubro vitivinícola. De un poco más de 60 años.

Haciéndolo bajar de la camioneta, como bajaría cualquier persona de bien a la que encierran y casi chocan. Sorprendiéndolo en su buena fe hasta golpearlo y tomarlo como presa de cambio.

Entonces, la vida de ese hombre, cuya identidad se reserva por razones de seguridad, pasó a valer, según sus captores, 300.000 dólares.

El secuestro movilizó a media docena de personas vinculadas a la pesquisa. Todos eran miembros de la Justicia Federal y la Policía Federal. De saco y corbata, unos. De uniforme, otros. Pero también otros de jeans y zapatillas. Estaban repartidos entre el juzgado de Walter Bento y la fiscalía en lo alto de los tribunales federales, la jefatura de la Federal de calle Perú de Ciudad y un café céntrico.

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Nadie dice nada, repitió en voz alta la cabeza de la investigación. Entonces, un periodista tribunalicio que terminaba de tocar la puerta del despacho con ánimo de onfirmar o desechar la versión de un secuestro en desarrollo, comprendió que sería un día intenso.

Los secuestradores sabían que la víctima contaba con recursos económicos y acceso a fuentes de financiamiento. Y con personas que podrían aportar para la liberación.

También sabían que la maniobra debía terminar lo antes posible. Sabían todo eso porque ya habían actuado de la misma manera en otros casos ocurridos en otras provincias. Como en Buenos Aires.

Sabían que una de las premisas iniciales era maltratar a la víctima y a las personas a las que se les había pedido el pago del rescate. Gritándoles, en persona y por teléfono, frases destinadas a minarles el ánimo. Para subordinarlas. Para meterles miedo.

"La vida de este señor está en tus manos. No cortés ni llamés a la Policía" "La vida de este señor está en tus manos. No cortés ni llamés a la Policía"

"Tenés quince minutos para conseguir la plata" "Tenés quince minutos para conseguir la plata"

De uno de los secuestradores a la familia del empresario

Mediodía

El escenario inicial del secuestro se ramificó hacia otros escenarios donde se vivieron horas frenéticas

  • El lugar donde el empresario estuvo encerrado y acurrucado bajo una frazada, para no identificar dónde lo tenían ni a sus captores.
  • Un banco en Luján, donde se reunió gran parte del dinero, que estaba guardado en caja de seguridad.
  • Otro banco, en Maipú, donde se consiguió otra parte del botín.
  • Las oficinas del empresario, donde nunca antes habían cundido semejantes miedo y preocupación.
  • Y dos casas particulares, en barrios privados; una de éstas rodeada de un paisaje verde y silencioso, donde ninguna de las personas que estaba adentro sabía -por el momento- del drama que estaba ocurriendo afuera.

"Traigan lo que tengan"

Casi cinco horas llevaba secuestrado el empresario, cuando -a las 13 aproximadamente- uno de los captores, el que estaba al frente de la operación, anunció, con el tono intimidatorio y a los gritos, que ya era el momento de entregar todo el dinero posible.

El semáforo de la esquina

Casi una hora más tarde, alguien se apoderó de una doble bolsa de nailon con 240.000 dólares adentro y huyó de la esquina de San Martín Sur y Virrey Ceballos de Godoy Cruz.

La familia del secuestrado ya había pagado. Los captores terminaban de cobrar.

Desenlace

El empresario vinculado a la industria del vino fue liberado a las tres de la tarde, bajo el sol ardiente de la ruta 50, en Fray Luis Beltrán.

Tenía lesiones físicas menores, de las que se repuso rápidamente. Lo más afectado fue la parte emocional. El miedo a volver a andar. A manejar su vehículo. Los problemas para dormir. Estrés postraumático, suelen diagnosticar los médicos.

La pista de oro

Una voz puede ser igual o parecida a cualquier otra pero cuando las voces son escuchadas por especialistas surgen diferencias claras. Concretas. Tan valiosas como para determinar si tal o cual vez pertenece o no a una persona.

La Policía Federal Argentina cuenta con profesionales enrolados en la División Acústica Forense, quienes se encargan de hacer peritajes sobre voces grabadas y en vivo.

Son licenciados en física y fonoaudiología que deben desentrañar esa especie de ADN que distingue a cada voz y analizar si la persona en cuestión habla de corrido o hace pausas, si tiene tal o cual tonada o regionalismo, etcétera. Pero muy especialmente la dicción del que habla.

En el caso del empresario secuestrado y liberado, se desentrañaron las voces de los hombres que hablaron por teléfono y se establecieron los patrones específicos.

Un típico bonaerense y un inconfundible cordobés fueron la pista de oro.

Así, como si trabajaran con registros de huellas dactilares o de ADN, los peritos compararon esas voces con las voces de porteños/bonaerenses involucrados en casos de secuestro de personas.

El análisis fue arduo pero dio muy buenos frutos. Aunque el azar también haría su aporte. Igual que el paso del tiempo.

Condenados

Cuatro años y cuatro meses después del golpe, en junio de 2019, tres hombres llegaron a juicio oral y público por el secuestro del empresario mendocino.

La Justicia Federal les imputó el delito de sustracción, retención y ocultamiento de la víctima. Con el agravante de la gran cantidad de personas participantes.

De los 240.000 dólares pagados no se recuperó ni un billete.

El Tribunal Oral Federal número 1 condenó a Eduardo Maximiliano Goncebatte a 14 años de prisión y a Lucas Pipino a 13 años de cárcel. También les impuso multas de $90.000 a cada uno.

Los jueces fueron Alejandro Piña, María Paula Marisi y Alberto Carelli, quienes se basaron en los peritajes de las voces grabadas durante el cautiverio del empresario y en diversos testimonios.

Los imputados escucharon la lectura de la sentencia por videoconferencia, ya que estaban alojados en distintos edificios penitenciarios del país y el tribunal estaba en Mendoza.

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Goncebatte, que escuchó el fallo desde la cárcel de Rawson (Chubut), era nativo de Mar del Plata. Un bonaerense, había anticipado el perito acústico.

Pipino -el hombre de inconfundible cordobés- escuchaba desde otra cárcel.

"Yo no fui..."

Durante el debate se supo que Goncebatte fue el autor de las amenazas telefónicas y él lo admitió. Pero negó haber cometido el secuestro.

"A mí sí me importa el dinero. Ahora, en este momento no me importa más, se terminó la negociación porque yo te di tiempo" "A mí sí me importa el dinero. Ahora, en este momento no me importa más, se terminó la negociación porque yo te di tiempo"

La voz de Goncebatte, según el diario del juicio

Pipino también se desligó del secuestro: dijo que solo vigiló a la víctima adentro de la camioneta utilizada para trasladarlo al lugar de cautiverio. Sin embargo, terminó hasta el cuello en base a diversas pruebas:

. Su voz era la del negociador en nombre de los captores

. El reloj del empresario fue hallado en su casa

. En el lugar donde mantuvieron cautivo al empresario encontraron muestras orgánicas que contenían su ADN.

. Fue reconocido en rueda de personas.

El otro "Gordo Maxi"

Mendoza, año 2020. Tiempos de pandemia

"El Gordo Maxi" es el apelativo mediante el cual Mendoza toda conoció al infectado de COVID-19 número 98 porque, según las autoridades políticas y judiciales, contagió a muchos, participó de una fiesta masiva y prohibida en Luzuriaga, porque le hallaron un arma y drogas en su casa y quiso huir en plena cuarentena.

Sin embargo, los archivos judiciales y criminales revelan que ya en 2015 hubo otro "Gordo Maxi" tristemente famoso en Mendoza.

Era Eduardo Maximiliano Goncebatte, El Gordo Maxi, quien cayó en mayo de 2015 por un asalto en Guaymallén y que en 2019 sería condenado por el secuestro del empresario de Godoy Cruz.

Así lo descubrieron

Cuando lo identificaron dio un nombre falso. Pero Goncebatte conocido entre los suyos como "El Gordo Maxi" cometió un error que le costaría carísimo: llamó a la esposa, que atendió en Buenos Aires, para avisarle que había sido detenido en Mendoza.

La línea telefónica de la esposa de Goncebatte era una de las tantas intervenidas por la Justicia y la Policía Federal como parte de una megainvestigación por varios casos de secuestros extorsivos en Mar del Plata.

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Esos pocos minutos durante los cuales El Gordo Maxi Goncebatte habló fueron decisivos porque su voz y su dicción tenían, según peritajes acústicos posteriores, el mismo ADN que la voz y la dicción de uno de los captores del mendocino secuestrado dos meses antes.

En la calle Francia de Godoy Cruz. Cuando le cortaron el paso, encerrándolo con una camioneta y obligándolo a bajar y tomándolo como presa de cambio.

Hoy

El Gordo Maxi Goncebatte cumple la condena por el secuestro del empresario mendocino. Pero también otras por haber estado involucrado en otros casos de secuestro de personas, como el de un chico de apellido Materia, en la provincia de Buenos Aires.

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En mayo de 2017 lo sentenciaron a 20 años por otro hecho y tres meses después estuvo a punto de escapar. Justo el domingo Día del Niño, aprovechando la gran cantidad de visitas al penal de Ezeiza. Lo trasladaron luego a la cárcel de Marcos Paz. Más tarde, al penal de Rawson, donde sigue alojado.

Pipino cumple la condena por el secuestro del empresario mendocino que prefiere olvidar aquel triste y oscuro capítulo de su vida..

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