Hay inventos que pasan desapercibidos, pero que cambian el rumbo de la vida porque la hacen más fácil y rápida. Hace años atrás, se creó un objeto que cambió para siempre la humanidad a la hora de generar luz y calor. No fue una máquina sofisticada ni un hallazgo espectacular, pero su impacto en el mundo es incuestionable.
El día en que la humanidad se benefició de la torpeza y cambio la forma de generar luz y calor
Hay inventos que han cambiado al mundo y han permitido que la humanidad avance en todas las direcciones posibles, pese a que muchos se tratan de simples errores

El día en que la humanidad se benefició de la torpeza y cambio la forma de generar luz y calor. Foto Aleteia
Existe una larga lista de personalidades argentinas reconocidas por su ingenio y creatividad a la hora de inventar soluciones. En esta nota te contamos sobre un invento, que surgió de la mano de extranjeros que encontraron la inspiración para innovar sea intencional o un simple acto de torpeza.
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Este invento data del año 1826, luego de que un farmacéutico experimental mezclara sustancias para fabricar explosivos. A partir de allí y accidentalmente, un palo impregnado con la mezcla explosiva, se golpeó con una piedra y se encendió. Así nacieron los fósforos.
El día en que la humanidad se benefició de la torpeza y cambio la forma de generar luz y calor
La humanidad ha sido testigo de grandes inventos, pero pocos tan accidentales como los fósforos. Su creador el inglés John Walker revolucionó la producción, la aplicación y la portabilidad del fuego.
Se dedicaba la mayor parte de su tiempo a elaborar medicamentos para humanos, caballos, vacas e incluso gallinas. Pero, también experimentaba con compuestos químicos. Así fue como un día mezclando una sustancia, la dejó secar y se incendió al golpearse dándose cuenta del potencial comercial que tenía aquella creación sin intención.
Al principio se llamaban cerillas de fricción. Eran varillas de madera finas y planas cuyo extremo tenía una pasta de clorato de potasio, sulfato de antimonio, goma arábiga y agua; las cuales si se rozaban con un trozo de papel de lija doblado, lanzaba una llama.
Pasaron los años y su creador nunca patentó el invento. Hasta que en el año 1829, Samuel Jones, de Londres, lanzó una copia exacta de las Luces de Fricción de Walker, y estas se convirtieron en las primeras cerillas producidas en masa.