Apenas entró a la librería de viejo caminó apurado hacia el mesón de ejemplares a precio de liquidación.
El crimen del dentista y la paciente de ojos color miel
La historia de un lector voraz en una tienda de libros usados y un descubrimiento inesperado

Imagen ilustrativa generada con Inteligencia Artificial.

Siempre se llevaba una sorpresa y aquella vez no sería la excepción.
Estaba ávido de descubrir alguna historia nueva. Lo necesitaba para escapar, al menos por un rato, de lo cruel de la realidad.
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Descartó un volumen de bolsillo de Los Tres Mosqueteros publicado en España y se interesó por la primera novela de Stieg Larsson, sobre la que había escuchado buenos comentarios.
Pagó 5 mil pesos por la obra del sueco y se despidió del vendedor.
- ¿Ya se va? –dijo el muchacho.
- Sí –contestó con medio cuerpo afuera del local.
- Quédese. Tengo algo para usted, que tiene pinta de súper lector. Espéreme un momento –impuso el librero antes de perderse en la trastienda.
...
Nada peor que una demora inesperada para un lector voraz. Y Luis era uno de ésos. Apenas tenía en las manos un libro que le interesaba, buscaba dónde quedarse para leerlo. El colectivo, una mesa de café, la placita del barrio o el patio de la casa, a la sombra del limonero.
A punto estaba de decirle al vendedor que no podía seguir esperándolo y perdiendo el tiempo, cuando éste reapareció y le mostró un ejemplar como quien luce un trofeo recién ganado.
- Es de segunda mano. Acabo de recibirlo. Fíjese...
El crimen del dentista y la paciente de ojos color miel, leyó Luis en la tapa ilustrada por un barbijo.
Le gustaban mucho las historias policiales, especialmente las reales, finalmente noveladas, pero a esa historia la conocía de punta a punta. Sabía cada detalle y hasta podía recitar el texto en voz alta.
- ¿Y? ¿Qué le parece? ¿Lo lleva?
Luis no supo si reír o llorar. Al libro lo conocía de memoria no porque ya lo hubiera leído, sino porque lo había escrito y publicado quince años atrás, cuando las tramas literarias hervían en su cabeza día y noche.
- ¡Fíjese el precio! ¡Una ganga!
- Sí… -admitió ahogando un suspiro.
La investigación y escritura de El crimen del dentista y la paciente de ojos color miel le habían consumido tres años y medio de su existencia, y por momentos se sintió obsesionado. A quien se le cruzara le hablaba del caso y de los avances que lograba.
...
El dentista Martín Ferrantes se había graduado un mes antes de ser asesinado a balazos y a sangre fría, recordó -frente al librero- haber escrito, años atrás, en los primeros párrafos. Tenía la mirada clavada en el ejemplar gastado vaya a saber Dios por el trajín de cuántos lectores.
La paciente tenía 23 años y, según la autopsia, había recibido dos heridas de puñal a la altura de los riñones, dijo a viva voz, como quien relata un texto de misterio.
- ¿Ya lo ha leído? –preguntó el vendedor al borde de la desilusión.
- Eh… Sí. Hace muchos años. Lo tomé prestado de la biblioteca pública.
- Una pena.
- No se preocupe. Lo llevo igual.
...
Caminó de regreso evocando cómo se le había ocurrido escribir la historia novelada del dentista de 29 años y la paciente nacida en Kansas.
Recordó las noches de trabajo intenso y la felicidad al ver los primeros 100 ejemplares recién sacados de una imprenta que ya no existe.
Aquella noche, Luis abrió el libro y se preparó para leerlo por primera vez. Nunca leía sus trabajos después de publicados. Manía de algunos escritores.
Ya en los primeros párrafos sintió que algo estaba mal. Fue cuando leyó El dentista Mario Terrales se había graduado una semana antes de ser empujado hacia las vías del tren por una mano homicida.
¡Ésa no era su historia!
Sin embargo, en el libro, él aparecía como autor. Con foto, currículum vitae y hasta con el mail personal para recibir comentarios de los lectores.
Otras malas nuevas: la paciente no tenía ojos color miel sino marrones; tampoco había nacido en Kansas, como en su historia, sino en Carapegúa, Paraguay.
Asfixia mecánica, indicó la autopsia a la mujer. Otra diferencia con la publicación original y un nuevo motivo para escandalizarse.
Pensó en llamar a un abogado amigo para que lo asesorara y le dijera si su obra había sido modificada de modo ilegal, pero descartó la idea.
¿¿A quién iba a reclamarle??
Se sirvió un whisky doble y le dio vueltas al asunto. Largamente.
...
Lo de la asfixia mecánica no le pareció mal para ser una causa de asesinato.
Tampoco eso del empujón hacia las vías del tren.
Luis tecleó esas dos formas de homicidio impuestas por la mano fraudulenta sobre su obra y las remarcó en negritas.
Asfixia mecánica
Empujón hacia las vías del tren
Una nueva historia policial comenzaba a bullir en su imaginación.
Eran las 3.17 de un jueves.