Gabriel Sánchez Julián (33) y Lucila Araceli Robles (30) son dos mendocinos que llegaron hace unos días a Viña del Mar (Chile) tras haber cruzado la cordillera a dedo. Al estilo de los viajeros hippies, pero en pleno siglo XXI.
Dos mendocinos cuentan cómo es viajar a Chile a dedo y ofrecen consejos para afrontar la aventura
¿Cómo es el trayecto? ¿Sigue siendo una aventura o es más bien un incordio? Ellos responden por escrito, como si fueran una única voz: "Es la segunda vez que lo hacemos (...) Temprano en la mañana nos tomamos un micro desde la Terminal de Mendoza hasta Uspallata, porque desde ahí es más factible que alguien te lleve".
En Uspallata, Gabriel y Lucila se encontraron con conductores que venían de Las Heras y Maipú y viajaban a Santiago. Siguieron camino juntos.
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Entre la indiferencia y la buena onda
A pesar de algunos riesgos, del avance de las pantallas y la indiferencia, todavía queda vivo algo del viejo sueño que décadas atrás -inspirando a escritores como Jack Kerouac, Osvaldo Baigorria o Fabián Casas- llevaba a los jóvenes curiosos a volcarse a las carreteras.
Salir a la ruta, esperar a que pase un alma generosa y subirse a esa moto, ese auto o ese camión en busca de un destino, sin saber en qué cama uno dormirá esa noche. La experiencia de mirar el cielo desde un lugar al que probablemente no se volverá jamás. La gloria de hacer amigos sin que medie ningún cálculo, simplemente porque a veces el viento junta a las personas. De eso se trata.
Hacia allá fue la pareja. "Sentimos que hay de todo, un poco de estigmatización, asombro, buena onda, indiferencia. Pero al fin de cuentas todas las personas que se frenan están movidas por una empatía hermosa que se siente confiable y segura".
En el medio, claro, se dan vicisitudes de todo tipo. "Una vez dos personas nos llevaron desde Gualeguaychú (Entre Rios) hasta Posadas (Misiones). Íbamos a 160 kilómetros por hora, y cruzando frontera con Corrientes nos dimos cuenta de que estas personas estaban armadas. No queríamos juzgar pero obvio sentimos algo de miedo", recuerdan.
En contraste con esa historia, han tenido mil encuentros con "gente hermosa y amorosa". "Hemos compartido media tarde, cena y cobijo con gente que es feliz cuando da una mano".
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La amistad argentino-chilena
Por encima de cualquier prejuicio, son incontables los mendocinos que sienten a Chile como un país de amigos. Entre ellos los entrevistados.
"Paramos en la casa de grandes amigues. Casa que a su vez es un centro cultural llamado 'La Mandrágora', ubicado en la punta de un cerro en la zona de Achupallas-Viña del Mar, la otra cara de Viña. En contraste con el lujo de la ciudad, en los cerros se respira una constante lucha de muchos barrios y zonas marginadas", explican.
-¿Y cómo conocieron el lugar?
-Conocimos el espacio allá por 2017, cuando viajamos con el elenco “De Sol a Sol Teatro”, dirigido por el querido Flaco Suárez. Desde ese momento generamos esta preciada red con hermanes de Chile (...). Este espacio es hogar, refugio y resistencia. Finalmente el intercambio está en apañar, aquí allá, hoy o mañana, como dice León Gieco (...)
-¿Qué consejo les darían a quienes están pensando en cruzar a Chile con la mochila?
-Que si pueden se tomen el micro hasta Uspallata y desde ahí comiencen a dedo. Lleven poco peso, la mente fresca, cultiven la paciencia, disfruten el momento. Es bueno respirar, hablar poco y escuchar mucho, tener agua y en lo posible cuidar batería de celular. Tener fe en que siempre llega alguien y te hace el aguante. Observar la montaña, no perderse el imponente paisaje que nos ofrece la gran cordillera.
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