No sé si alguna vez te diste cuenta, pero eso que te pasaba en la escuela -las risas, las burlas, el aislamiento, los empujones verbales- tenía un nombre. Hoy lo llaman bullying. Pero en los años '70 no existía esa palabra. Era burla. Y había que aguantarla. Punto.
Día del Niño: carta a la niña que fui y al bullying que me hizo más fuerte
En el Día del Niño, esta carta íntima revive una infancia marcada por el bullying en los '70, cuando sólo se llamaba “burla” y había que aguantársela

Sin hebillas ni moños. Los rulos cortos no daban opción a la coqueteria.
En tu casa nadie iba volando a hablar con las maestras. A veces había alguna reunión, pero tu mamá no iba a ninguna. A lo sumo, te decían: "No les des bola". Vos te la bancabas sola. Y si llorabas, tenías doble trabajo. Así de simple.
Arrancaste temprano, con el pelo. Y acá hay una intimidad que se supone que no hay que decir, porque "no hay que hablar de los defectos". Bueno: heredaste el pelo crespo de tu papá y los rulos de tu mamá. Resultado: pelo de virulana ¿Hay otro modo de definir un pelo duro, enrulado, que no crece, indomable?
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Creciste con ese karma. En épocas sin planchitas, cuando los secadores sólo estaban en las peluquerías. De chica tenés una anécdota que pinta la situación de cuerpo entero: tenías el pelo corto porque lo poco que crecía se iba en rulos. Ya venías del bullying y del desarraigo. Vivías en Mayor Buratovich, una localidad perdida del sur bonaerense donde recalaste cuando trasladaron a tu papá, que era gerente del Banco Provincia.
Siempre a lo varón, siempre señalada como la nena de ciudad, como "la hija del gerente" que debería tener la lapicera Parker pero ni siquiera llegaba a la más comunacha, la Sheaffer. Lapicera que, además, puteabas porque manchaba las hojas, pero en realidad eras vos, zurda.
Un concurso de trenzas, las risas del público y una niña que no se dio por aludida
La anécdota del pelo fue así: tu tía Luisa, que vivía justo en ese pueblo, te anotó en una kermesse para competir en un concurso de trenzas ¡De trenzas...!
Tal vez lo hizo con cariño. O con algo de sorna. Todavía hoy, a los 54, recordás el dolor de tu cuero cabelludo cuando te las hizo. Jamás te diste por aludida de que todo era una locura. Nunca te sentiste menos al ver a las otras chicas, tus competidoras, con sus trenzas largas, hermosas...
Las tuyas eran dos bollos duros de un centímetro pegados a los costados, justo a la altura de las orejas. Subiste al escenario, pobrecita. Ojos grandes, sonrisa. A cada participante la aplaudían y ese era el “termómetro” para ver quién ganaba. Cuando te tocó a vos, sólo se escucharon risas. Potentes. Risas generales. Perdiste, claro, y hoy te preguntás cómo se puede ser tan pelotudo de no darle el premio a una nena tan valiente.
El pelo fue siempre un tema. Te has perdido salidas al boliche por el pelo. Te hacías la toca (muchas ni siquiera deben saber lo que es la toca) y te quedaba chato de un lado y un globo del otro. Dormías con pinzas que te lastimaban. Te levantabas dolorida. Tu pelo fue y es un quilombo.
Y también te hacían bullying por burra. Porque sí: siempre, hasta hoy, te sentís burra. Muchas cosas te siguen costando aunque te las expliquen cien veces.
En tercer grado era un milagro que te saliera un problema de matemática. Te largabas a llorar e ibas al escritorio a que la señorita Clarita Ballesteros te explicara. Pero no lo hacía. Te miraba fijo y te mandaba a sentar. Con el tiempo descubriste que el llanto era, de algún modo, un desahogo: todos los días ibas caminando sola a la escuela y con terror a perderte. Siempre terminabas sentada con la peor del curso. Porque en cada escuela nueva nadie te daba bolilla.
Tu mamá sabía que eras burra. Te lo aclaró hace poco, antes de morirse, por teléfono: “¡Qué burra que sos, querida! ¡Decí que nadie se da cuenta!”. Tenía tanta razón. Lo decía con ternura, pero lo decía. Por suerte, sostenía que eras buena redactando. Y bueno, eso te salvó.
El bullying era burla y había que aguantársela
Ser hija del gerente era ya una razón para que te hicieran bullying. Tu gran amiga de hoy, Romina, fue de las que te hizo burla cuando llegaste a otro pueblo, Carmen de Patagones, en 1981. Todo sexto grado estaba de su lado porque era líder. Y vos la pasaste horrible. Estuviste a punto de cambiarte de escuela. Hasta que un día se dio vuelta todo. Tocaron fondo y arrancaron de nuevo. Hoy es como tu hermana.
En esa misma escuela sufriste algo peor que bullying. Algo que hoy saldría en todos los medios: dos pibes, Berríos y Carrión (cómo no recordar esos apellidos) te tocaban el culo a la salida. Y se reían. Vos lo contabas en tu casa, pero no parecía tan grave. Te las tenías que arreglar. Aunque tanto insististe, que un día tus viejos fueron a hablar. Y se terminó.
Entonces te pregunto, con los ojos de hoy: ¿ese bullying que no tenía nombre, ese “aguantársela” constante, no te curtió? ¿No te hizo fuerte? Hoy, por cualquier cosa saltan los padres y arman alto quilombo. Es cierto eso que dicen siempre: que los chicos de hoy son la generación de cristal.
Y mirate vos. A nadie le importó demasiado lo que te pasaba. Nadie salió a defenderte con escudo y espada. Y acá estás. Entera. Grandota, audaz.
Y aunque a veces sigas sintiéndote medio bicho raro, a veces distinta, yo te veo. Estoy acá. Y sé lo que hiciste con todo eso.