Sandra Príncipe aprendió desde chica que primero estaban los demás. Primero la familia, después las hijas, después el trabajo y recién, si quedaba tiempo, ella. Durante décadas ese orden pareció inamovible. Hasta que un día decidió cambiarlo y empezar a estudiar para ser docente. No fue un impulso, sino una promesa silenciosa que se hizo a sí misma y que, 13 años después de volver a sentarse en un aula, terminó cumpliendo.
Cumplió el sueño postergado de toda la vida: "A este título docente nadie puede quitármelo"
Sandra Príncipe vive en Costa de Araujo, es celadora y este lunes se recibió de profesora de Educación Especial tras viajar durante años 4 horas diarias

Sandra obtuvo el título este lunes a la noche. Enfrentó viajes diarios de 4 horas, trabajo y sacrificios para cumplir su promesa de ser docente.
Fotos: gentilezaEste lunes, a los 58 años, se recibió de profesora de Educación Especial. Y mientras sostenía el título que tanto había esperado, solo pudo pensar una cosa: "Esto no me lo puede sacar nadie".
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Sandra vive en Costa de Araujo, en Lavalle. Para estudiar en el Instituto Tomás Godoy Cruz, de Ciudad, debía afrontar una rutina agotadora: 2 horas para llegar y otras 2 para regresar. Cuatro horas de viaje que se sumaban a su trabajo como celadora y a las obligaciones cotidianas. Hubo días de cansancio extremo, jornadas en las que el cuerpo pedía abandonar y la cabeza preguntaba si realmente valía la pena. Pero nunca dejó que esa voz ganara.
Su historia con los estudios había empezado mucho antes. De joven solo había terminado la primaria. La vida tomó otros caminos, llegaron las responsabilidades, el matrimonio, las hijas y los años pasaron. Hasta que en 2013 decidió volver a empezar. Se anotó en un CENS para terminar la secundaria y la concluyó en 2015. Salió tan entusiasmada que enseguida quiso seguir una carrera universitaria, pero otra vez eligió esperar.
"Cuando mis hijas se reciban, empiezo yo", había dicho Sandra, y lo cumplió
Sus dos hijas estaban cursando sus propias carreras y la decisión de transformarse en docente fue familiar. "Cuando ellas se reciban, empiezo yo", acordaron. Así fue. Una de ellas se convirtió en abogada y la otra en docente de teatro y actriz. Las dos nunca dejaron de empujarla.
"Éramos personas grandes y le seguíamos insistiendo. Sabíamos que ella podía hacerlo", recuerda Andrea, una de sus hijas, convencida de que la historia de su mamá todavía tenía capítulos por escribir.
Sandra cumplió su palabra. A fines de 2019 se inscribió en el profesorado y comenzó a cursar en 2020, justo cuando la pandemia modificó la vida de todos. Paradójicamente, aquella virtualidad que para muchos fue un obstáculo se convirtió en una oportunidad. La distancia entre Lavalle y Ciudad hacía muy difícil sostener la cursada presencial mientras trabajaba. Poder estudiar desde su casa durante los primeros años le permitió avanzar sin resignar materias.
Cuando las clases volvieron a ser presenciales, reorganizó toda su vida. Cambió horarios laborales para cursar por la mañana y seguir trabajando. La rutina era exigente, pero ya había aprendido que los sueños también requieren disciplina.
El cansancio, la distancia y una recompensa enorme: el título
"El cansancio se nota mucho y alguna que otra vez cruzó por mi cabeza la idea de abandonar. Pero siempre luché contra mí misma. Entendí que es normal cansarse, que es normal tener ganas de dejar, pero también que si uno se lo propone puede lograrlo", cuenta.
No fue solamente una carrera universitaria. También fue un proceso personal. Sandra habla de romper estructuras con las que creció, de dejar atrás limitaciones que arrastraba desde una crianza conservadora, de animarse a creer que todavía estaba a tiempo.
En ese camino hubo otro apoyo fundamental: la terapia psicológica. Después de su divorcio encontró allí un espacio para reconstruirse y fortalecer la confianza necesaria para seguir adelante cuando las fuerzas flaqueaban.
"Ha sido un proceso de superación muy grande. No solo estudié una carrera. También fui cambiando por dentro", resume.
La situación económica tampoco jugó a favor. Con un sueldo ajustado y muchas necesidades, cada decisión implicaba renunciar a otra cosa. Pero nunca dudó dónde quería poner sus esfuerzos.
"Mi situación económica no es buena, pero tengo un título que nadie podrá quitarme"
"Mi situación económica no es buena. Muchas veces elegí dejar otras cosas de lado porque para mí esto era mucho más importante. Es lo que me llevo, lo que queda en mí. Y eso no me lo puede sacar nadie", dice con una mezcla de orgullo y alivio.
Cuando piensa en todo el recorrido, Sandra no imagina un podio ni una ceremonia. Se imagina abrazando a dos versiones de sí misma: la niña que alguna vez soñó sin saber cómo y la joven que debió guardar esos sueños en un cajón para hacerse cargo de la vida.
"A mi niña interior y a mi joven las abrazo fuerte y les digo gracias por darme la fuerza y el entusiasmo para seguir adelante. Les digo: lo logramos. Todas juntas lo logramos".
Quizá por eso su historia trasciende un diploma. Porque no habla solamente de una mujer que se recibió a los 58 años sino de todas las personas que alguna vez sintieron que el tren ya había pasado. Sandra demuestra que algunos sueños llegan más tarde, pero cuando finalmente llegan tienen el peso de toda una vida. Y entonces, como ella misma dice, nadie puede arrebatarlos.
En pocas palabras
- Sandra Príncipe: a los 58 años, se recibió de profesora de Educación Especial tras un largo esfuerzo.
- Superación personal: enfrentó viajes diarios de 4 horas, trabajo y sacrificios para cumplir su promesa.
- Legado: su historia inspira a quienes creen que es tarde para alcanzar sus sueños.