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“Todos los días son domingo”, dice Marcelo. Desde que la pandemia fue una amenaza cierta y el aislamiento una necesidad, todos los días son domingo. Y este domingo también lo fue. Dos veces.
Marcelo Ruiz (55) es fotógrafo. Reportero gráfico. “Tenía mucho laburo este año. Tenía los Juegos Olímpicos, un torneo de beach vóley en Colombia… todo deportes, que no es lo que más me gusta, pero bue… Pero se cayó todo. Estoy sin trabajo, viviendo de algunos ahorros”.
Vive con Héctor (83), su padre, en Gutiérrez, Maipú, en Mendoza. Es la casa familiar.
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“El domingo mi papá se levantó y fue hacia la puerta. Todos los días, infinidad de veces en el día, me pregunta si puede salir a la calle. Yo le contesto que no y le recuerdo lo que ocurre y él me contesta: ´Ah, cierto que no se puede’ y a los 5 minutos me vuelve a preguntar”. Héctor tiene Alzheimer.
Cuando el domingo Héctor fue hacia la puerta por primera vez, Marcelo reaccionó instintivamente. “Fui corriendo a buscar la cámara, que estaba medio preparada, y tomé la foto. Papá estaba ahí, parado, mirando hacia afuera. Lo vi y pensé en él, en tanta gente como él, que quizás no va a poder volver a ver la calle. Mi papá, un montón de gente como él… y pensé que podía aportar algo desde la fotografía. Un documento, un testimonio…”.
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Así comenzó la historia de todos los días. La de estos domingos permanentes. “Tenía que bañarlo, afeitarlo, cortarle el pelo. Tenía un montón de cosas para hacer. Y se me ocurrió hacer un documento, porque me interesa la historia para aquellos que puedan entender eso. Que les pueda servir en estos tiempos. Que puedan ver esto, no por el autor, sino por lo que puede aportar. Siento que es importante tratar de aportar algo en estos tiempos de este virus de porquería, generado por las acciones del Hombre y que nos obligado a quedarnos encerrados en nuestras casas mientras sigue matando gente”, dice Marcelo.
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Héctor nació el 10 de enero del 38 en Campo Gallo, un pueblo de Santiago del Estero que hoy tiene poco más de 5.000 habitantes. “Mi abuelo, Norberto Ruiz, era ferroviario. Lo trasladaban para todos lados y mi padre y sus tres hermanas terminaron criándose en Tartagal, en Salta. Mi abuela abandonó a sus hijos y mi abuelo se quedó solo con ellos, encargándose de la crianza”.
Desde muy chiquito Héctor Ruiz tuvo un gran talento: jugaba muy bien al fútbol. “A los 16 años ya estaba en la selección de Salta”, cuenta su hijo. Pero también era muy rebelde y callejero. “Mi abuelo era muy estricto y mi viejo se escapaba siempre a jugar a la pelota y dejaba de hacer las tareas que le habían encomendado”.
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Esa rebeldía le duró bastante. Cuando a los 21 lo sortearon para hacer el servicio militar, le tocó un número alto que le imponía dos años en la Marina, “pero mi papá no se presentó. De castigo lo mandaron a Mendoza, a la 4ta Brigada Aérea”.
Por rebelde, esos tiempos de la colimba fueron duros. Los militares “bailaban” a Héctor constantemente, sometiéndolo a las más duras actividades. “Entre baile y baile, jugaba partidos de fútbol,… y jugaba muy bien”.
Tan bien jugaba que, aún en Salta, River Plate ya lo había querido fichar “pero mi abuelo no lo dejó ir”.
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Un jefe militar, tentado por la capacidad del habilidoso volante derecho, lo amenazó y le dijo: “Vas a jugar en Mendoza. Si no aceptás, te voy a pegar un baile todos los días y te vas a morir en la tierra”. Fue así que lo compraron al club para el que había jugado en Salta.
Todavía recuerdan a Héctor Ruiz en Andes Talleres, en Boca de Bermejo, en los clubes a los que iba a jugar, incluso en San Juan, cuando se terminaba la temporada de primera.
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Héctor se casó y la pareja se instaló en Luzuriaga. “Le ofrecieron dos laburos, uno en YPF y otro en Cristalería de Cuyo. Eligió la Cristalería, porque quedaba más cerca y podía seguir jugando”.
Y nacieron Marcelo, Roxana (docente), Silvana (administrativa) y Claudio (colectivero).
Y también llegaron “las épocas malas de los 70, donde comenzaron los cierres y despidos. Entonces mi viejo dejó de jugar y, además de trabajar en la cristalería, consiguió un trabajo de mozo, después de haber aprendido el oficio. Así pasó gran parte de su vida, hasta que se jubiló. Y como todavía se sentía bien y era joven, consiguió un laburo de sereno, donde estuvo muchos años”.
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Héctor se jubiló. “Mi vieja se enfermó y quedó postrada en la cama. El domingo recordaba todo lo que hizo mi papá por mi mamá. La cambiaba, la bañaba... Ella me decía siempre que yo me tenía que dedicar a la fotografía. ‘Vos sos bueno’, me decía. Yo apenas le sacaba fotos a mi hija y de los rollos de 36, apenas me salían dos o tres, el resto estaban quemadas. Yo nunca estudié”, dice Marcelo.
En el 2007, el día que velaban a su mamá, a Marcelo lo llamaron para trabajar en El Ciudadano. Iba a ser su primer trabajo como reportero gráfico.
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Al poco tiempo de morir su esposa, Héctor tuvo los primeros signos de Alzheimer. “Fue un par de años después de la muerte de mi mamá. Lo llevé a una doctora que le dio unas pastillas que le hicieron muy bien, se recuperó bastante, pero me avisó que la enfermedad iba a volver a aparecer. Y fue así. Cuatro años después reapareció”.
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Marcelo tiene dos hijos y dice que “mi viejo fue un padre duro, heredó eso de mi abuelo. Yo soy más libre. Mis hijos toman sus decisiones, yo los aconsejo nomás”.
Trabajó varios años en la Casa de Ahorro y Seguro y después, con el dinero de un retiro voluntario, se puso una pizzería con un amigo. “Me fundí en 2001. El negocio daba para uno solo y se quedó mi amigo”. Pero la fotografía comenzó a coquetear con él.
“Yo le sacaba fotos a mi hija en el jardín y algunas madres empezaron a pedirme que les sacara a sus hijas también”.
Así fue que comenzó a recibir consejos y “a aprender el oficio con el Negro Arce y empecé a ir como segunda cámara a hacer sociales. Yo nunca me propuse vivir de esto, la fotografía me llevó por su camino, siempre”.
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La fotografía lo llevó de la mano. Primero a El Ciudadano, después a medios de Mendoza. Los últimos años ha estado trabajando para agencias nacionales e internacionales y este 2020 tenía varios viajes al exterior.
“Yo nunca fui a pedir trabajo, siempre me lo ofrecieron. No sé cómo pedirlo, ni currículum hice nunca. Ahora, que estoy sin nada, debería hacerlo… (y ríe)”.
Dice que su padre quería que ingresara a la Policía. “Rendí todo el ingreso pero, cuando me hicieron la revisación me hice el sordo y no entré… (y vuelve a reír)”.
Dice que siempre busca que sus fotos sirvan para algo. Que generen algo. “Que sea un mensaje”.
Que sea una historia.
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