Pandemia

Coronavirus en Mendoza: "Entré en shock porque acababa de morir mi papá y la gente me atacaba"

“Se murió mi padre y, en ese mismo momento, tuve que tratar de entender a quienes me atacaban y hasta me amenazaban con apedrear su casa”.Mariela es psicóloga. También es hija de la segunda muerte por coronavirus en Mendoza. Pero, antes, es psicóloga. Por eso intenta entender.

“Freud explicó algo de esto en Psicología de las masas y análisis del yo. En casos como estos se produce un contagio de una reacción paranoica, producida por los miedos”.

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Freud dice que, influenciado por el conjunto, el sujeto crea una verdad y se transforma en defensor de esa verdad sin someterla a ningún análisis razonado y termina contaminado por la fobia y la paranoia. Además, “los mecanismos de defensa salen a relucir, sin permitir el razonamiento”, dice Mariela.

Vive en el Barrio Municipal, de Las Heras. Allí transcurrió su infierno, pero también “la enorme solidaridad de muchos vecinos, que me han dado su apoyo incondicional”.

En marzo cambió la vida de todos, pero la de Mariela cambió mucho más.

Ella vivía con Gabriel (73), su padre. El hombre ocupaba la casa principal y ella una construcción detrás de esta.

El 3 de marzo Gabriel regresó de Mar del Plata, de un viaje que había realizado con un contingente de jubilados. Todavía faltaban 4 días para que en Mendoza se realizaran los actos de la Fiesta de la Vendimia y la provincia estaba repleta de turismo nacional y extranjero. Hasta ese momento el coronavirus era algo que sucedía lejos.

Pese a eso, el hombre estuvo casi siempre en su casa. Tenía algunos problemas de salud y debía terminar de programar la operación de una de sus rodillas.

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La primera medida que tomó la Argentina, cuando comenzó a estar en alerta, fue ordenar una cuarentena de 14 días para todos los que llegaban del exterior.

El 17 de marzo, todavía sin el decreto nacional que dispuso el aislamiento social obligatorio, “mi papá fue a la Clínica Francesa, para ver si podía fijar un turno para su operación”, cuenta Mariela que, ya alerta por la situación, había comenzado a proponerles a sus pacientes continuar con las terapias a través de video llamadas, para evitar que se tengan que movilizar. Además se había integrado a un grupo de psicólogos y psiquiatras, que se comenzaban a preparar para trabajar voluntariamente en la emergencia en la contención de los potenciales pacientes y en la ayuda psicológica del personal de la salud.

A la hora 0 del 20 de marzo comenzó el aislamiento social obligatorio. Gabriel hacía tres días que no salía de su casa y Mariela comenzó a cumplirlo en ese momento, como todos.

Su rutina se modificó completamente. Apenas salió para realizar alguna compra.

Pero, hasta ahí, padre e hija eran solo una familia resguardada como cualquier otra. Una familia sana, como cualquier otra.

El jueves 26 de marzo Gabriel tuvo trastornos intestinales. Diarrea y algo de fiebre, apenas 37,5. Nada más. Ya habían pasado 23 días de su regreso de Mar del Plata.

“Llamé por teléfono y, para evitar riesgos y debido a que su cuadro no era compatible con síntomas de coronavirus, me dieron instrucciones por teléfono”, cuenta Mariela.

Al día siguiente, el viernes 27, Mariela volvió a pedir asistencia para su padre y fue una médica a su casa, que controló al paciente y se fue, dejando instrucciones para que se siga vigilando su evolución. “No tenía tos, ni mucosidad, ni dificultades para respirar”, recuerda la hija de Gabriel.

Pero el lunes 30 a la madrugada Gabriel había empeorado y Mariela decidió llevarlo a la Clínica Francesa. “Lo recibieron, le hicieron una serie de estudios, lo aislaron y activaron el protocolo. Me dijeron que había que trasladarlo al Lagomaggiore y que, como la ambulancia del PAMI iba a tardar mucho, me sugirieron que yo contratara una en forma particular”. Así lo hizo.

En el Lagomaggiore ingresaron a Gabriel de urgencia. Mariela quedó en el pasillo, esperando. A la hora le pidió a un médico que le permitiera irse “porque le dije que, si mi papá tenía coronavirus, yo era un posible foco de contagio y debía quedarme encerrada en casa”. Así fue.

A las 6.30 del miércoles 1º de abril Mariela se enteró que su padre había fallecido. Recién a la tarde de ese día, debido a que ella insistió varias veces, le indicaron informalmente que su padre había dado positivo de COVID-19 y la confirmación oficial se la realizaron varias horas después. “Mi papá se murió sin saber que estaba infectado”, cuenta.

Fue el segundo muerto en Mendoza por coronavirus y en el barrio la noticia se extendió rápidamente a través de las redes. Allí empezó lo peor para Mariela, si es que puede haber algo peor. Mientras le avisaba a todos los profesionales que habían tenido contacto con su padre que había fallecido por coronavirus, comenzó a recibir mensajes amenazantes. “Esa noche, sola, mientras trataba de asimilar la muerte de mi papá, me llegó un mensaje de un número desconocido diciéndome que me hacía responsable si alguno del barrio se enfermaba y que me iba a denunciar”.

Después, hubo posteos en las redes del mismo tenor, que rápidamente se viralizaron, acusando a Mariela y a su padre de irresponsables, sosteniendo falsamente que Gabriel se había contagiado en un crucero y amenazando “con ir a incendiarme y apedrearme la casa”.

Además sostiene que, uno de los errores más graves y que potenció este ataque, fue “que la ministra de Salud salió a decir que mi padre posiblemente se hubiera contagiado en Mar del Plata, cuando no hay ningún fundamento para creer eso”. Mariela y las evidencias hacen creer que el contagio se produjo en Mendoza.

Mariela rescata que “hay un lado B de esta historia. Hay un montón de gente del barrio que salió a apoyarme, que me hizo llegar su solidaridad, y también cientos de personas que me hicieron llegar su afecto”.

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Psicosis

Mariela, además de una hija triste, es psicóloga. Dice que en este momento de incertidumbre y preocupación general “la gente no se detiene a pensar. Inclusive, con la información en la mano, no puede interpretar lo que lee o lo que escucha. El miedo los bloquea”.

Además sostiene que “no me enoja la reacción que han tenido. Lo entiendo, porque el tiempo de encierro los hace sentir agobiados, angustiados, preocupados, y baja la capacidad de razonar. En este estado de temor se reacciona en conjunto desde lo primitivo, de lo impulsivo, lo poco racional. Y ese estado es contagioso”.

Sostiene que “lo que más me preocupa es que, justamente por temor a ser tratados como me trataron a mí y a mi familia, quien tenga algún síntoma no lo diga y no se haga atender o, peor aún, que la persona se niegue a aceptar el síntoma, siga haciendo su vida normal y se transforme en un sujeto de contagio”.

La locura del miedo

La historia de la Humanidad está plagada de estas reacciones psicóticas colectivas que, miradas desde lejos, resultan inentendibles. En este presente ya hubo amenazas a médicos en sus hogares y a familias de pacientes.
Uno de los antecedentes más claros relacionados con una pandemia es el de 1630 con la peste bubónica, llamada también la peste negra.

La región más afectada fue Milán y todo el norte de Italia (Lombardía), curiosamente donde ahora también el COVID – 19 ha hecho estragos.

Allí se vivió un ejemplo de los extremos a los que puede llevar la psicosis colectiva y de las atrocidades que llega a cometer una comunidad enloquecida por el miedo.

La capital lombarda formaba parte de la Corona Española, una región azolada hambre, plagas, enfermedades, luchas religiosas y persecuciones de brujas.

Extranjeros, marginales, leprosos y judíos, pasaron a convertirse en sospechosos de ser los responsables de todos los males.

La furia se concentró especialmente contra los judíos, a los que se acusó de envenenar los pozos de agua y comenzaron a atacarlos.

Además se propagó la creencia de que las murallas y las puertas de los edificios estaban impregnadas de una sustancia venenosa compuesta de extractos de sapos, serpientes y de pus y baba de los apestados.

Se desató la psicosis, cualquier acto, hasta el más trivial, resultaba sospechoso a los ojos de los vecinos aterrorizados. Así comenzaron las torturadas y linchamientos a los que se consideraba sospechosos. La historia recuerda el caso de un anciano al que vieron en la iglesia limpiando el banco con un paño antes de sentarse y que fue linchado.

Un día, una anciana acudió a las autoridades para denunciar que había visto a un hombre haciendo movimientos extraños, restregando los dedos contra la muralla. Se investigó el asunto y finalmente fueron detenidos el comisario de salud pública, Guglielmo Piazza, y el barbero Giangiacomo Mora. Se les acusó de extender ungüentos mortíferos que acabaron con la vida de muchos ciudadanos.

Los dos fueron torturados y, antes falsas promesas de impunidad, les hicieron confesar algo que jamás habían hecho. El senado de la ciudad los proclamó enemigos de la patria y fueron condenados a muerte. Los reos fueron llevados al cadalso, les atenazaron las tetillas con unos hierros al rojo y luego los brazos, los muslos y las pantorrillas. Después se les cortó la mano derecha. Finalmente les quebraron todos los huesos a golpes y los dejaron allí durante seis horas, hasta su muerte, para después quemar los cadáveres y lanzarlos al río.

Para recordar la gravedad del supuesto delito, fue arrasada la casa de uno de ellos y allí levantada una gran columna que llamaron “Infame”, con una inscripción en latín que reseñaba los hechos.

Durante un siglo y medio, la columna se erigió en aquel solar del centro de Milán. Pero en 1778, ya con algunos avances de la ciencia, los milaneses se dieron cuenta de la barbaridad cometida y las autoridades la mandaron derribar.

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