El 1 de noviembre de 1999 era lunes y el verano ya mostraba los primeros rigores en este lado del planeta. En su finca de Fray Luis Beltrán, Maipú, Miguel García (65) se levantaba de la siesta soleada y pegajosa y ejercía otro ritual impostergable: tomar un vaso de bebida elaborada a base de hierbas. La esposa, Dolores (61), haría lo mismo a continuación. De manera automática.
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El contenido del vaso de vidrio era amargo y oscuro. Por eso, los García jamás sospecharon que los insoportables espasmos abdominales y la súbita falta de oxígeno que sintieron eran producto de un veneno puesto en el refresco. Estaban solos en la casa. Cayeron al piso al borde del desmayo. Murieron tras una agonía que duró cinco minutos. Nunca supieron que habían sido fulminados con aldicarb, el plaguicida que tantas veces habían utilizado para proteger las plantaciones de tomates de las plagas, y que el propio García había comprado bajo el nombre comercial de Temik.
Los García tampoco imaginaron que la autora del envenenamiento con ese granulado y negro como los restos de una tostada quemada había sido la hija: Marily, por entonces de 18 años, cabello negro enrulado y ojos verdes tan punzantes como la muerte.
"Quise dormirlos un rato para salir porque no me dejaban", justificó la chica frente a las autoridades policiales y judiciales ese mismo lunes, ya entrada la noche, cuando en Mendoza comenzaba a aflojar el calor y a hablarse de ella como "la envenenadora de Beltrán".
Hoy Marily tiene 37 años y vive en el Gran Mendoza. Fue madre en 2011 y podría decirse que lleva una vida convencional de no ser porque desde mayo de 2013 cumple el último tramo de la condena por el doble asesinato con el beneficio de la libertad condicional.
Los García habían llegado a su vida cuando ella tenía 6 años y vivía en la Casa Cuna a la espera de ser adoptada. Y de pronto fue todo felicidad en aquella finca de Beltrán porque una niña de cabellos negros y ojos saltones y verdes como vidrios de botella había devuelto la vida al paisaje y al matrimonio García Antequera, dos españoles que llegaron a Mendoza en busca de un futuro lejos de la posguerra. Y del dolor.
Acusada
La historia pública de Marily no se agotó con su detención en 1999. Siguió en 2001 cuando fue condenada a 25 años de prisión por la Quinta Cámara del Crimen. Fue a pesar de la defensora particular, Graciela Lemos, quien alegó que Marily "no comprendía" que echando esos granitos de Temik en el amargo los padres adoptivos morirían casi de inmediato.
La estrategia no resultó y el 19 de noviembre de 2001 -mientras el país caía lenta pero inevitablemente en una histórica y gravísima crisis social y política- Marily García escuchó de boca del juez Gonzalo Guiñazú que era "culpable". Estaba de pie en la sala de audiencias de los tribunales. Entonces gritó y lloró de rabia, de dolor y de impotencia. Y como un náufrago aferrado a un pedazo de madera se abrazó a su abogada y se quedó ahí, derrumbada, sus ojos verdes cerrados por la angustia, sollozando... hasta que una agente penitenciaria le dijo que ya era hora de ir a la cárcel. De cumplir la sentencia.
El tribunal fue integrado por Guiñazú, Laura Gil de Chales y Alejandra Mauricio. El fiscal fue Ricardo Bianchi. A Marily la acompañaron, en los tres días de juicio, dos mujeres ligadas a la administración de los bienes de las víctimas y un hombre mayor, de baja estatura y maneras muy austeras, siempre al fondo de la sala de debates: el cura Jorge Contreras, por entonces capellán de la cárcel.
La vida va
En 2003 se casó en la cárcel con otro condenado por asesinato. Hubo vestido y maquillaje. También hubo anillos y un traje oscuro para él. Se besaron y al mismo tiempo empuñaron un cuchillo para cortar la torta de bodas, cuidadosamente adornada, en lo más alto, con una parejita hecha de plástico. Hubo aplausos. Sonrisas. Comida y bebida. Brindis de buenos deseos. Y una lluvia de arroz que pareció interminable. Pero el divorcio esperaba agazapado la hora de entrar en escena. Y lo hizo poco después. Entonces Marily volvió a llorar.
Hoy vive con su nueva pareja y se la ve feliz por la calle camino de las compras, o del colectivo, o del trabajo.
Celso Jaque tuvo mucho que ver con este presente porque en diciembre de 2007, en uno de sus primeros actos de gobierno, firmó el decreto que rebajó la condena de 25 a 20 años de cárcel. Lo hizo apoyado en las favorables conclusiones del Organismo Técnico Criminológico y del Procurador de la Corte, Rodolfo González. Según esas opiniones la chica estaba en vías de recuperación. Otorgada en contexto de las fiestas de fin de año, la quita fue clave para que García accediera más pronto a las salidas transistorias y luego a la libertad condicional de cara a la libertad definitiva.
La prisión le había quitado la libertad pero le tenía reservada una sorpresa. Un shock. Primero fue una visita en El Borbollón. Un hombre quería verla, le dijeron. No era un hombre común. Era el hermano biológico. Y como si fuera una muñeca rusa el muchacho traía consigo otra sorpresa. Una mujer. La misma que le dio la vida y que, casi en el mismo acto, la abandonó en el hospital. Hubo reencuentro. Perdón.
Años atrás Marily García se aferró a la fe religiosa con la fuerza de lo nuevo. Como a nueva tabla de salvación. Acude regularmente a las reuniones celebradas en un templo de Ciudad. Entonces reza para sí. Pero también en voz alta. Y canta. Y se encomienda. Y se opone al aborto. Y aprieta las manos de su pareja y de sus hijos: una niña y un varón. Y seguramente recuerda a otra hija, melliza de la nena, que murió al nacer... Entonces sus ojos brillan otra vez. Saltones. Como de gato. Inquietantes. Aunque para ella "lo bonito no sean los ojos", como le dijo a una amiga, "lo bonito son las miradas".
