Cada vez que un caso de abuso eclesiástico sale a la luz, un enjambre de cuestionamientos, a veces queriendo acallar las voces de las víctimas.
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¿Por qué se quedó tanto tiempo junto a una persona que le hacía daño? ¿por qué no denunció antes? ¿eso es una forma de consentir el abuso?. Todas estas preguntas son las que limitan y detienen a las víctimas para no denunciar: sobre todo, el miedo a que no les crean.
La psicóloga Liliana Rodríguez, una de las integrantes de la Red SAE (Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico de Argentina) atiende a las víctimas de este tipo de delito, y cuenta cómo es el intrincado camino que transita una persona abusada por un religioso o religiosa para poder contar lo que le sucedió, pedir ayuda y finalmente, ir hacia una justicia reparadora.
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Una distancia muy cercana
Los que provenimos de familias católicas practicantes, lo sabemos muy bien: el cura de la parroquia es, muchas veces, considerado una persona más de la familia. Otras, más que eso: es un guía, un rector espiritual y en la mayoría de los casos, no se lo cuestiona. Esto, según describe la psicóloga, sucede con mayor asiduidad en los pueblos pequeños, donde la Iglesia es una Institución muy relevante en la vida de los habitantes del lugar.
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