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Campanella, el jugador

Editado por Manuel De Paz
mdepaz.2015@gmail.com

Para los norteamericanos  los artistas de una película son "the players", es decir "los jugadores". Tanto el cine como el teatro se valen de jugadores profesionales para provocar emoción, para divertir, para hacer pensar. Es decir para provocar un hecho artístico.

En estos día de tanto juego político, que a diferencia del juego artístico suele ser muy ladino y venir con el cuchillo bajo el poncho, asistí a una ceremonia (que eso es ir al cine) que me devolvió a esa sensación de ser parte de un rito creativo. Y fue un remanso.

Fui a ver El cuento de las comadrejas, la nueva película de Juan José Campanella, y me sentí dentro de una misa. Pagana, claro, porque de las otras hace rato que huí.

¿Qué público te tocó?

Los artistas de teatro suelen decir que  cada representación de una misma obra suele ser distinta a la de la noche anterior porque mucho depende del ambiente que genere el público presente en la sala, a veces efusivo, otras distante.

En el cine, en cambio, la película no cambia, es siempre la misma, por lo que la reacción del público es muy interesante de analizar. Es que los espectadores son los que pasan entonces a ser players, jugadores.

Apenas comenzado el film  (el prólogo es muy bueno) empecé a notar que en la sala, que estaba casi llena, la gente no incurría en esa deslealtad de espectador tan común hoy: la de hablar y de comer como si estuvieran en sus casas. Desde los primeros minutos entraron en el juego.

La celebración

Fue como si los personajes de ficción establecieran lentamente una conexión potente con el público.

Se palpaba de manera particular en la forma en que la gente comenzó a celebrar los diálogos y a involucrarse con la historia de esos cuatro decadentes pero queribles (Graciela Borges, Luis Brandoni, Oscar Martínez y Marcos Munstock), que de ser personajes a punto de ser estafados pasan a ser vengadores anónimos.

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A los 20 minutos de proyección y con el conflicto ya desatado, la ensoñación con que la sala recibía la película comenzó a ser un recoleto festejo.

Las risas iban en aumento dando a entender que había una complicidad entre artistas y espectadores que iba durar hasta el final de la proyección, cuando buena parte del público aplaudió como si estuviera en el teatro.

Campanella nos había contado un cuento y nosotros, los espectadores, nos habíamos reunido en medio de la oscuridad de la noche y en torno al fuego  a escucharlo, como a los brujos de la tribu en los comienzos de los tiempos.

Es bueno emocionarnos, reirnos, llorar o pensar junto con semejantes Y, claro, es muy bueno jugar. Como si estuviéramos en estado de gracia.

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