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Pulso de cirujano y precisión de relojero

Editado por Manuel De Paz
mdepaz.2015@gmail.com

En periodismo una de las cosas más difíciles es escribir una buena crónica sobre un hecho trágico. 

Suele haber en algunos cronistas cierta tendencia a no tomar la distancia necesaria, a compadecerse del que ha sufrido, a poner el acento en forzar emoción. Si incurrimos en esas situaciones puede que el resultado no termine siendo el mejor para el lector.

Una buena crónica sobre la pandemia del Covid-19 (por ejemplo lo que está pasando en Perú con esa enfermedad en el pico máximo de contagios) requiere del periodista un pulso firme, como el de un buen cirujano; de una mente fría para registrar detalles, nombres y situaciones; de una mirada muy alerta a la que una excesiva emoción puede alterar; y de una precisión de relojero para poner todo eso en palabras.

Narrar el desborde

Cité el ejemplo de Perú luego de haber leído este jueves 21 de mayo en la edición digital de Clarín una crónica realizada a base de informes de las agencias AP y RFI sobre la situación del virus en una Lima desbordada, un trabajo muy bien editado por alguien que -es evidente- sabe de crónicas pero que no ha firmado la nota, quizás porque el material de origen ya era bueno.

Todo lo que allí se cuenta es devastador, pero sin embargo hay un gran tacto para no cargar las tintas, un cuidado que no tiene que ver con esconder o tapar nada sino con narrarlo a base de datos, cifras, personas con nombre y apellido. 

Y de finas observaciones, porque como bien nos enseñó Gabriel García Márquez, la riqueza de un  texto está en los detalles.

En la extensa crónica que cito, casi no hay adjetivos. Ni hacen falta. Las historias dramáticas no los necesitan. Ya los traen puestos.

Papel de lija

Siempre me he gustado leer noticias policiales porque creo que en esas historias suele estar cifrado parte del disco duro de la condición humana

Eso me lo enseñaron los lenguajes ásperos y secos de las novelas policiales y me lo ratificaron algunos buenos jefes y compañeros cuando entré a esta profesión.

“Che, aflójenle, a los adjetivos”, solían gritarnos los jefes de Noticias a los cronistas más jóvenes desde el mesón en alto de la redacción de Los Andes.

La grafía del dolor

Narrar tragedias es un gran desafío para el periodista. Un terremoto, un accidente de ómnibus con 20 muertos, un aluvión, un asesinato múltiple, el crimen de un niño, la caída de un avión, un descarrilamiento, son excelentes oportunidades para quien lo sabe interpretar.

Escribir una buena crónica es de alguna manera ordenar el mundo o, al menos, dar una versión del mundo. “Fulano escribe música” suele decirse como sinónimo de componer. De eso se trata, de lograr una composición.

Esa mujer

Hay una excelente cronista argentina llamada Leila Guerriero que ha sabido aunar, de manera notable, el periodismo y la literatura. Tiene un libro delicioso, sorprendente, que se llama Plano americano, donde utiliza el género de la entrevista para trazar algunos de los mejores perfiles que se han hecho de artistas hispanoamericanos. 

Pero Guerriero tiene otro libro, de investigación periodística, Los suicidas del  fin del mundo, sobre una ola de muertes que sacudieron a comienzos del 2000 a un pueblo petrolero de la provincia de Santa Cruz, que es un ejemplo del calibrado rigor que se necesita a la hora de plantarse ante un hecho conmocionante de la realidad.

 Transformar esos sucesos en palabras no sólo nos iluminan el momento actual sino que sirven como testimonio de una época. Ayudan a hacer historia.

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