Unas lo han hecho de manera directa (Hebe de Bonafini y Nora Cortiñas) y otras por elevación (Estela de Carlotto). Lo cierto es que las líderes de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo le han generado diversos problemas políticos al presidente Alberto Fernández al querer marcarle cómo debe ser “el relato” que éste debe seguir.
Bonafini, la más frontal, le exigió al mandatario en su primer mes de gobierno que definiera con claridad “de qué lado estaba” con respecto a la campaña del kirchnerismo que buscaba sacar de prisión a los supuestos “presos políticos”, como Boudou o Ricardo Jaime entre muchos otros, es decir gente procesada o condenada por hechos de corrupción.
A los pocos días Nora Cortiñas acusó a Alberto Fernández de pretender desconocer el drama de los desaparecidos en la última dictadura. En realidad el titular del Ejecutivo, al que Cortiñas tildó de “negacionista”, había sugerido actualizar la visión negativa que algunos grupos siguen teniendo aún sobre las fuerzas armadas, que desde hace años están totalmente integradas al esquema constitucional.
Lo de Carlotto fue distinto. Fue sinuoso. En un momento en que oficialismo y oposición están empeñados en que la chicana política no enturbie la lucha principal que tiene el país con el coronavirus, la referente de Abuelas dio gracias a que esta pandemia hubiese ocurrido en tiempos en que gobierna el peronismo, porque -advirtió- si esto hubiera ocurrido en la gestión de Mauricio Macri “no sé cuántos moriríamos”.
Para no ser menos, Bonafini ha asegurado que sólo dos países, Cuba y China, de signo izquierdista, son los que vienen teniendo éxito en la lucha contra el virus. Corea del Sur, Singapur y Japón, por ejemplo, no figuran en ese listado.
Con todas estas dirigentas el Presidente ha sido componedor y respetuoso. Conoce muy bien el paño y sabe que las tres referentes tienen resguardo político donde guarecerse.
El relojero
No es éste el momento para abrir frentes de conflicto, máxime cuando la figura presidencial ha adquirido un protagonismo impensado hasta hace un mes. Fernández ha tomado el gigantesco problema sanitario en sus manos, trabajándolo minuciosamente a diario, como si fuera un relojero armando una pieza de precisión.
No decimos que todo le ha salido estupendo. Decimos, sí, que lo vemos comprometido y ocupado para que la política ofrezca una respuesta efectiva y duradera a la pandemia.
Y salvo por gente de su entorno, como el funcionario Marcelo Tinelli, el Presidente ha logrado el apoyo mayoritario de los ciudadanos.
El líder del “Bailando”, quien integra ad honorem el Consejo Federal Contra el Hambre y en cuyas reuniones siempre aparece sentado al lado o muy cerca del Presidente, se ha pasado por la entrepierna el decreto presidencial de autorresguardarse con su familia en su residencia habitual (no en las casas que puedan tener en Miami, Punta del Este o Esquel), con lo cual Tinelli ha quedado en una posición endeble que quizás le cueste su participación en el citado Consejo.
Ningún milagro
No es que la gente se haya vuelto albertista por milagro. No es albertismo lo que agrupa a una mayoría de la población. Es civismo ante una pandemia.
A ver si me explico mejor: si el presidente fuera un loco como Maduro, sería, claro, más difícil seguirlo. Pero no estamos hablando de un chiflado. Estamos hablando de un presidente argentino elegido por una mayoría, el que más allá de que nos guste o no, de que apoyemos o no su sociedad con el kirchnerismo, viene haciendo esfuerzos paras asentarse en la templanza y no en la temeridad.
Ya vendrán los tiempos en que tenga que demostrar cómo vamos a terminar de negociar con nuestros acreedores, o cómo vamos a poner en marcha un plan económico en un mundo donde el virus está pulverizando no sólo órganos humanos sino los entramados que sostenían la economía mundial.
“Este no es el tiempo de los políticos”, titulaba agriamente hace unos días un columnista del diario El País, de Madrid, y ponía en ese lugar de absoluta necesidad a los médicos y enfermeros españoles. Plantear las cosas así es una injusticia valorativa.
Como pocas veces, estos son los tiempos de los políticos y de la política. Sin política, los médicos no podrían hacer ciencia. Y sin un Churchill, ¿quién sostendría la valentía y el temple?
