G. es docente, tiene 34 años y es la única relación amorosa que tuvo Gilad Saroussy, Nicolás Gil Pereg o Floda Reltih en Mendoza. “Que se sepa, yo fui la única. No hubo nadie antes ni después”, dice.
Quiere preservar su identidad para los medios, aunque sus datos completos ya constan en el expediente porque ya ha declarado en la causa, cuando Nicolás Gil Pereg todavía era solo denunciante y testigo por la desaparición de Pyrhia Saroussy(63, madre del imputado) y Lili Pereg (54, tía del acusado).
“Cuando fui a declarar, hace como dos semanas, pedí dos cosas: no cruzarme con él y que no se difundiera mi nombre, porque soy docente, doy clases, y acá te califican inmediatamente de tal o cual (sic)”.
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La mujer cuenta que ese día “él (Gil Pereg) estaba en la fiscalía, pero lo metieron en una oficina para que no me viera”.
El pedido de evitar cruzarse con él no solo se debió a la gravedad del caso que se investigaba, sino a la relación compleja que había mantenido G. con el hombre, a quien ella conocía como Floda y que “me decía que era palestino”.
La mujer cuenta que “cuando puse fin a la relación él me persiguió durante un año”.
-¿Fue violento?
-No. Pero aparecía todos los días en la puerta de mi casa y hasta en las escuelas en donde trabajaba. Me hablaba tratando de convencerme de que volviera con él y se me ponía a llorar.
-¿Denunciaste eso?
-Sí. Lo denuncié varias veces por acosarme. Era un obsesivo. Y era un obsesivo conmigo y con todo. Quería poseer las cosas, fuera como fuera.
-¿Qué sentiste cuándo te enteraste de lo que había hecho?
-Me sorprendió. Era muy raro, pero yo no lo veía capaz de esto.
La relación entre G y Floda fue en 2008. Se conocieron cuando ella fue a comer a su restaurante, en Belgrano 35, frente a la plaza departamental.
“En ese tiempo él alquilaba un departamento en San Martín. Tenía tres autos, todos Mercedes Benz”, dice. Diario Uno contrastó esta versión con otros testimonios y se puede concluir que en ese tiempo Floda Reltih tenía un Mercedes Benz, un BMW y otro auto importado de alta gama cuya marca no pudo determinarse, “todos guardados en un galpón, llenos de tierra, pero que eran autos nuevos y carísimos”. Por eso, salvo aquellos a los que Floda les mostró los autos, dicen que el extraño personaje “andaba siempre de a pie y no tenía auto”.
La relación duró poco. “Nos veíamos en San Martín o él me invitaba a comer afuera, siempre a la ciudad de Mendoza”, dice la mujer.
G. indica que “en todo ese tiempo creo que jamás vi a nadie comiendo en su restaurante. Siempre estaba vacío. Pero él siempre tenía muchísimo dinero y yo le preguntaba si lavaba dinero o qué hacía y nunca me contestaba”.
La mujer dice que “me decía que era palestino y que su madre estaba muerta”. Además agrega que “hablaba mal el castellano y entre nosotros solo hablábamos en inglés”.
La relación comenzó a deteriorarse porque “empecé a notar un montón de cosas raras. No estaba claro qué hacía, de dónde venía y tenía actitudes y criterios xenófobos. Odiaba a los negros, a los bolivianos, a los gordos, a los judíos… Creo que odiaba a todo el mundo”.
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Y agrega un dato más, que ahora es todo un indicador a la vista de lo ocurrido: “Entraba en cólera en cuestión de segundos. Se prendía fuego (SIC)”, y agrega que, de la más aparente tranquilidad, Floda tenía ataques de ira. Aún así la mujer insiste en que “nunca fue violento conmigo”.
G. ya ha declarado. Y el pasado de la pareja ya casi no tiene peso para la instrucción de la causa por el doble homicidio.
