Por José Luis Verdericoverderico.joseluis@diariouno.net.ar
Se radicó en Paraná en 2002, después de haber huido de Mendoza en 1999. Esta semana habrá alegatos y sentencia El arresto sucedió 53 días después del deceso del padre: apareció un dato clave y se siguió a la familia por primera vez.
Alejandro Amitrano vivió 11 años donde cayó preso: nunca lo buscaron

Durante los veintiséis capítulos de la serie Prófugos, emitida por el canal HBO Latin America en 2011 y 2013, una banda de narcotraficantes huye desesperadamente por territorio chileno. Sus miembros recorren el vecino país de punta a punta, de norte a sur y desde la cordillera de los Andes hasta el gélido Pacífico. En vehículos, a pie, a caballo, corriendo, en lanchas y hasta en helicóptero, con lluvia, sol o nieve, los miembros del clan Ferragut se desplazan a un ritmo trepidante por pueblos, bosques, lagos, territorios indígenas, los salares de Atacama, antros de mala muerte, el bellísimo Puerto de Valparaíso y zonas exclusivas de la mismísima Santiago, para no caer presos por tráfico de heroína y otros delitos que iban sumando a cada paso.
Recomendadas
Entre 1963 y 1967, el actor David Janssen encarnó para la tevé estadounidense al pediatra Richard Kimble, acusado del crimen de su esposa, en El fugitivo. Fueron 120 emisiones de extrema tensión, intriga y persecución en blanco y neg ro. Ya en versión cinematográfica, la remake de esta historia inspirada en un caso de la vida real fue protagonizada por Harrison Ford y Tommy Lee Jones en 1993.
Los narcos del clan Ferragut no se afincaban en ningún lugar por más de dos o tres días porque la PDI (Policía de Investigaciones de Chile) y la clase política los perseguían a destajo. A Kimble se lo vio huir sin descanso por diversas zonas de su país, de día o de noche, camuflado o no, porque el teniente de policía Philip Gerard se había vuelto casi su sombra y siempre estaba a punto de echarle el guante.
¿Qué tenían en común los Ferragut y el doctor Kimble? ¿Por qué hicieron del ir y venir permanente la única forma posible de vida? Porque eran buscados y perseguidos por autoridades políticas y policiales, que sólo querían encarcelarlos y entregarlos a la Justicia.
Valgan estos dos clarísimos e impecables ejemplos de la ficción para hacer un paralelo con el caso Amitrano, que esta semana -finalmente-, tendrá sentencia en la Quinta Cámara del Crimen.
El martes último, durante su esperadísima declaración frente al tribunal, Alejandro Amitrano -acusado de la muerte de su beba en 1999- dijo que vivió en el mismo lugar durante 11 de los 14 años en que su paradero era un misterio, al menos para la gran mayoría.
En 2013 fue capturado en Paraná, donde se había radicado en 2002 y logrado desarrollar una vida prácticamente común: trabajaba, tenía un amor, jugaba al fútbol, atendía al público en un local comercial, esperaba a una segunda hija.
Teniendo en cuenta este cúmulo de acciones tan mundanas y a la vista de quienes las hayan querido ver, surgen algunos interrogantes que vale le pena plantear.
¿Fue Amitrano un prófugo de la Justicia y de la Policía de Mendoza? ¿Alguien lo buscó alguna vez? Y de haber sido así, ¿por qué tardaron 11 años en encontrarlo si estuvo todo ese tiempo en la misma ciudad?
¿Tuvo protección? De haber sido así ¿Quién pagó? ¿Quién cobró? ¿O quiénes lo hicieron?
Una pista que está en el ABCLa Policía de Mendoza dio con Amitrano de la forma más sencilla: siguiendo a la madre y otros parientes mientras viajaban desde Villa Mercedes (San Luis) -donde viven los demás miembros de la familia- para visitarlo, tras la muerte del padre. La pesquisa se había activado un mes antes gracias a la información de altísima calidad que un policía retirado le dio al periodista Marcelo Ortiz, quien lo contactó con el vicegobernador Ciurca y el entonces ministro de Seguridad, Carlos Aranda. Ahí comenzó a gestarse el operativo.
No era la primera vez que Amitrano recibía la visita de sus familiares en la cálida y húmeda provincia mesopotámica. Si se tiene en cuenta que una de las primeras acciones investigativas para buscar a un prófugo es -lógicamente después de dejar pasar un tiempo razonable hasta que se afinque en algún lugar- hacer un seguimiento y monitoreo de posibles contactos con sus afectos y familiares, se cae de maduro que nunca antes habían seguido esa pista, tan lógica como efectiva. Pero soslayada durante once años.
La hermana mayor, Valeria Amitrano, confirmó esos contactos durante la entrevista a UNO del domingo 2 de noviembre último: “A mi hermano volví a verlo un par de años antes de la detención; ya habíamos hablado por teléfono mucho antes”. Sin embargo, esos encuentros personales y telefónicos pasaron desapercibidos. ¿Por qué?
Alejandro Gabriel Amitrano fue capturado 53 días después del fallecimiento del padre.
¿Tuvo relación directa esa muerte con la posterior reactivación del caso?
¿Qué pasó durante los 23 días que van desde el deceso hasta el inicio del operativo?
¿Con el padre de Amitrano desapareció algún tipo de protección que le haya permitido al acusado vivir a sus anchas, durante más de una década, en la misma ciudad, sin ser hallado?
Para zafar, la jugada era hacer caer la causa judicial: “Estuve cerca” Si Amitrano hubiera permanecido libre un año más, la acusación fiscal en su contra por el crimen de su beba hubiera prescripto, ya que la cantidad de años en la clandestinidad hubiese sido idéntica a la que le hubiera correspondido estar en prisión en caso de ser condenado. Ni siquiera habría sido necesario someterlo al juicio oral y público. Habría quedado libre en semanas.
Dejar caer la causa fue la gran apuesta de los Amitrano. El mismísimo imputado se les dijo en la cara a los jueces Rafael Escot, Alejandro Gullé y Liliana De Paolis y al fiscal de Cámara Fernando Guzzo. “Mi padre tenía la expectativa de que prescribiera así, yo, después, podría explicar que no le había hecho nada a mi hija, sin riesgo de quedar detenido, como estoy ahora. Y estuve cerca de lograrlo”, dijo, entre nervioso y desafiante, actitud que ocasionó una fuerte tensión en la sala, incluso en sus familiares y su abogado, Jorge Miranda.
Y siguió: “Si yo hubiera querido borrarme o irme del país tuve catorce años de ventaja”, enfatizó, desencajado, desde el banquillo de los acusados, sentando un precedente inédito en la historia judicial de Mendoza: nunca antes una persona sometida a juicio se había comportado de ese modo, coincidieron magistrados, funcionarios, periodistas y guardiacárceles, todos con añares de pasillos y despachos judiciales sobre el lomo.
A tal punto llegó la tensión, que, en plena audiencia, un penitenciario caminó, sigiloso, hasta pararse justo detrás de Amitrano, mientras otro se desplazó, también cauteloso, por la sala, hasta ubicarse, también de modo estratégico, detrás del fiscal Guzzo, en posición y actitud de custodio. Ambos, listos para entrar en acción. Uno para sujetar al imputado. El otro, para proteger al magistrado. Un chistido severo de su abogado hizo reaccionar a Amitrano. “No tengo más nada que decir”, resopló. “Hagamos un cuarto intermedio de diez minutos y después continuamos”, impuso, sabiamente, el juez de sentencia Escot. La calma había vuelto.
Alejandro Amitrano, frente al tribunal de sentencia
-"Cecilia, mi ex mujer y madre de Rosarito, me pidió que me fuera. Le dejé todo: la tarjeta verde, el DNI y las llaves, hasta las del departamento”
-“Me fui y mi hija se murió. Me enteré por mi mamá”
-“A Cecilia la llamé como 800.000 millones de veces por día. No me atendía y después era cortante, hasta que ya no me atendió más”
-“En Año Nuevo del 2000 quise entregarme en Villa Mercedes, pero mi padre dijo que no convenía, que no había garantías y que no sabía adónde iba a terminar”
-“Quise que Cecilia viniera conmigo. Le avisé a la madre que iba a quedar presa, pero no me creyó”
-“Seguí el caso por internet. Así supe que Cecilia estaba presa”
-“Consultamos a un abogado de Mendoza, y nos dijo que para tomar el caso yo debía, sí o sí, entregarme y quedar preso mientras se tramitaba la causa”
-“Pasó el tiempo y en 2002 conocí a mi actual mujer, Roxana. Nos hicimos amigos. Ella tenía un negocio y yo empecé a trabajar con ella, nos enamoramos y formamos pareja”
“Me acostumbré a esa vida (en Paraná). Trabajaba, estaba ahí... Qué sé yo”