Por José Luis Verdericoverderico.joseluis@diariouno.net.ar
Retrato del hombre que el lunes fue condenado a perpetua por el crimen de su beba en 1999 y que vivió 14 años clandestino. Villa Mercedes, Mendoza y Paraná, su lugar en el mundo, lejos de la ley.
Alejandro Amitrano: todas las vidas en una sola vida

Todos tenemos varias vidas durante nuestra propia existencia. El nacimiento, la escolarización, el marcharse del nido familiar, los amores, el matrimonio, las profesiones, los hijos, los vínculos sociales, los fracasos, la jubilación, las pérdidas, las muertes y el abuelazgo son hitos que nos marcan y demuestran no sólo el paso del tiempo sino también el final de ciertas etapas y el comienzo de otras nuevas, diferentes y desconocidas. En síntesis: al final, somos la sumatoria de todas esas vidas. Todos. Y Alejandro Amitrano, que estuvo desaparecido 14 años, 11 de los cuales vivió en el mismo lugar sin ser buscado, y que esta semana fue declarado culpable y condenado a prisión perpetua por la muerte violenta de su beba en 1999, no es la excepción, sino uno más.
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A escena Su apellido comenzó a retumbar en las redacciones el 30 de noviembre de hace casi quince años, cuando su pequeña Rosarito se moría, apenas tres días después de haber cumplido un año, en una cama del hospital Notti.
Amitrano era un apellido casi desconocido en Mendoza (de inmediato, muchos nos enteramos de que no tenía nada que ver con una casa de remates), pero en San Luis, Amitrano ha sido, es y será un apellido de peso por sus vínculos con la política, la industria, la función pública y la educación.
UnoLa noticia de la muerte de la beba por maltrato y el curioso dato de que el padre se había ido de Mendoza cuatro días antes pusieron al apellido Amitrano en las agendas policial, judicial y mediática.
Así comenzó para los mendocinos lo que podría considerarse la primera y una de las tantas vidas de Alejandro Amitrano, que nació en Capital Federal, se radicó desde pequeño en la tierra de los Rodríguez Saá, vino a Mendoza con la intención de estudiar, a los 26 años hizo la pretemporada en el club Gimnasia y Esgrima, se casó tras un brevísimo noviazgo con la mendocina Cecilia Cousau –se conocieron en una fotocopiadora y el flechazo fue tal que al momento de la boda ella estaba embarazada de siete meses de la nena–. Juntos vivieron en un departamentito interno alquilado y costeado por los Amitrano, en la avenida Juan B. Justo de Ciudad cerca de calle Belgrano pero más aún de un alojamiento familiar y acogedor que sus padres, Orlando Roque Amitrano y Amelia González, frecuentaban, al igual que otros parientes en cada visita a la joven familia.
DosEl 30 de noviembre de 1999 se supo de la fuerte sospecha de que Amitrano podía estar escondido en San Luis, en alguna finca, donde su apellido abría puertas y tranqueras y las cerraba con la misma urgencia y determinación.
Su rostro fue un enigma para el gran público, hasta que él mismo descorrió ese velo y se mostró convencido y enfático, a través de una videograbación casera, hablándole a su mujer desde la clandestinidad. Acababa de nacer Amitrano el prófugo de la Justicia, buscado, con captura recomendada. Quedaba atrás aquel muchacho futbolero, de carácter bravo y para nada quedo –ideal para mandar, organizar y planificar, incluso desde el arco–, y siempre listo para medirse a quien tuviera enfrente, cada vez que la ocasión se presentara, sin medir nada.
Sus pisadas de prófugo quedaron marcadas en San Luis, en localidades del Noreste argentino y después en Bolivia, hasta que en el año 2002 pisó suelo mesopotámico: la calle O’Higgins, de Paraná, Entre Ríos. Argentina, otra vez. Pero ya no era Alejandro Amitrano, ése que se había enterado, gracias a la complicidad y anonimato de internet, de que su amada Cecilia estuvo presa 15 meses, fue juzgada y liberada al año por el beneficio de la duda.
TresAmitrano ya es olvido, al menos para él. Su lugar ahora lo ocupa el comerciante polirrubro Gabriel González Altamirano, alias El Gringo; robusto, pelilargo y barbado dependiente de un minimarket de la paranaense y húmeda zona de O’Higgins 300. Gusta de lucir tatuajes, muñequeras, cadenas y aritos. Atiende a la clientela con la misma soltura, tranquilidad y oficio con que atenaza, en cada partido de fin de semana, la mayoría de las pelotas que sus rivales de turno osan patear o cabecear hacia esa fortaleza de tres palos a su cargo.
Es entrador con las mujeres, como lo había sido Amitrano con Cecilia Cousau en Mendoza. Así, enamora a Roxana Godoy, quien le dio un empleo. Y se enamora de ella, y de sus rasgos, y de su joven figura y de su comprensión para guardar el gran secreto de su vida. Y se aferra a ella con la fiereza de aquel náufrago de García Márquez de 1970. Y con la certeza de que encontró su lugar en el mundo, lejos de los recuerdos y de los comentarios sobre la pequeña Rosarito y su muerte violenta, que ya empezaban a desvanecerse en Mendoza, producto de la impunidad y del impiadoso paso de los años.
Confiado y sin motivo para preocuparse, El Gringo decide volver a ser Alejandro Amitrano. Primero tibiamente. Después con mayor osadía. De a ratos. Por teléfono. Más adelante, ya sí, en persona. Parientes directos y la nueva mujer son los únicos testigos de aquella metamorfosis, que termina al final de cada charla con celulares cada vez más modernos, o cara a cara, cerca del río Paraná.
CuatroEnero de 2013. Una nueva transformación es inminente. Del Gringo Gabriel González Altamirano a Alejandro Amitrano hay solo un paso. Es cuestión de segundos. Como desde casi 11 años. Ambos lo saben. Un buen motivo está en camino: una familia que horas antes partió en auto desde Villa Mercedes.
Amanecer cargado de nubarrones en Paraná. Mal presagio, hubiera interpretado un Viejo Vizcacha.
El abrazo materno provoca otra vez el milagro. Cambio. Entra Amitrano y sale El Gringo, que queda al margen, como un fantasma, por unos días, como una fachada útil.
Los nubarrones cubrieron el sol y también a un contingente de mendocinos que esperaba la llegada de los viajeros mercedinos. Distribuidos, de modo estratégico, policías sin aspecto de tales. Un periodista ansioso que toquetea su celular mil veces y un camarógrafo que mantiene un ojo clavado en la lente mientras el corazón está por escapársele por la boca. El momento exige paciencia. Concentración. Sangre fría. El ventanal enrejado –mal presagio hubiera insistido el Viejo Vizcacha–puede verse a través de la lente de la cámara. El local está en la mira. Como hace semanas.
Muy pocos lo sabían. Casi nadie lo imaginaba.
TelónEl Gringo González, comerciante, barbado y pelilargo; arquero, entrador con las mujeres, pareja de Roxana y futuro padre de Indiana –nació un mes después–, es recuerdo y olvido desde aquel lunes 7 de enero de 2013, cuando sacaba la basura a la calle. Ahí preso, bajo el sol, volvió a ser Amitrano, el esposo de Cecilia, el papá de Rosarito, el que huyó de Mendoza en 1999, el del video, el que culpó a los médicos. El de siempre.
Este lunes a las 12 se sabrá porqué fue declarado culpableLa faceta judicial del caso Amitrano no ha terminado. Ya escuchada la sentencia del juicio que terminó en condena, mañana, los miembros del tribunal darán a conocer los fundamentos de la sentencia de culpabilidad, que fue unánime. A partir de las 12, en la Quinta Cámara del Crimen, situada en el primer piso del Palacio Judicial, se sabrá qué motivos encontró el magistrado Rafael Escot durante el juicio oral y público para emitir el voto preopinante, que fue condenatorio por el delito de homicidio agravado por el vínculo y que logró la adhesión de los camaristas Alejandro Luis Gullé y María Liliana De Paolis (ambos miembros de la Sexta Cámara del Crimen). Mañana se abrirá otra etapa clave desde lo defensivo para Amitrano. Ya con los fundamentos en la mano, el abogado penalista Jorge Miranda –lo representó durante el debate oral y público– comenzará a trabajar en la confección de un planteo que presentará en la Sala Penal II de la Suprema Corte de Justicia. Durante las horas posteriores a la condena, Miranda hizo saber que atacará el fallo que puso a Amitrano tras las rejas, ya como culpable, argumentando que “nunca hubo pruebas objetivas” que demostraran que fue Amitrano quien golpeó a su hija Rosarito y le provocó las lesiones irreversibles.
►7 días estuvo internada Rosarito en el Hospital Italiano en octubre de 1999. Ahí comenzaron las sospechas de maltrato intrafamiliar, sobre todo cuando se conoció que tenía fracturas múltiples. Intervino la jueza de familia Delicia Ruggeri, que la restituyó a los padres. “Se la entregó al asesino”, dijo el fiscal Guzzo en su alegato.
►2 médicos testigos fallecieron desde que comenzó a investigarse el caso Amitrano. Héctor Mackern y Alberto Grimberg sí declararon en el juicio a Cousau (2001). La versión de Mackern fue clave para que el fiscal pidiera la perpetua. Al pediatra Jorge Mascareño lo daban por fallecido pero fue ubicado y declaró como último testigo hace seis días.
►LA DETENCIÓN comenzó a gestarse cuando Marcelo Ortiz recibió el dato de dónde estaba Amitrano. El periodista y Ariel Robert, coordinador editorial de UNO Medios, informaron a Carlos Ciurca, que instruyó al ministro Aranda. La pesquisa, que fue filmada por Alejandro Pons, fue exitosa. El esfuerzo dio sus frutos.
Amitrano frente al tribunal"Nunca le pegamos a nuestra hija Rosarito. Acá, en el juicio, todos los errores médicos recaen en un médico (Mackern) que ¡oh casualidad! está muerto”
Tengo otra hija (por Indiana, nacida en Paraná en febrero de 2013, tras la detención) pero no puedo disfrutarla porque estoy encerrado acá como un delincuente”
"No me importa nada de lo que pueda decir este tipo (mirando al fiscal Fernando Guzzo). Él hizo llorar a mi madre. No tengo más que decir”
►Flechazo. A Cecilia Cousau la conoció a fines del ’97 en la Quinta: ella fue a sacar fotocopias a una librería que él tenía a cargo por un rato, a pedido del dueño, que era su amigo
►"Quería que Rosarito naciera en San Luis “para que fuera puntana”, pero “Cecilia decidió que naciera acá en Mendoza”.