Un peladito habilidoso muy conocido de él le daba un pase, con la pelota en los pies, ya marcado por dos rivales, amagaba para dentro y salía para afuera. Los dos rivales quedaban atrás y cuando el central se le venía al humo tocaba al costado con el peladito, que no era otro que Iniesta, que le devolvía la pared pelota al frente para encarar al último hombre y disponerse a darle al arco. Con un rápido movimiento de piernas corría hacia adentro, como si quisiera salir del área, justo lo necesario para ganarle unos centímetros al defensor y enfrentar el achique del arquero. El final de la jugada fue suficiente para el título de los diarios de su país, España: "Genial vaselina de Messi para el triunfo de la Roja". "Messi, el puto amo" fue también otro titular del diario Marca.
Al día siguiente todos los medios repetían hasta el cansancio que gracias a este chiquitín que de niño llegó a España y eligió jugar para ese país en lugar de su Argentina natal, España había conseguido el Mundial del 2010 y se encaminaba a repetir el éxito en Brasil 2014. Nadie podía olvidar ese duelo en Sudáfrica 2010 cuando la España de Messi enfrentó a la Argentina dirigida por Maradona, una albiceleste perdida en la cancha sin muchos secretos tácticos que fue goleada 4 a 0 con un baile de Messi, Iniesta y compañía.
Ese día Leo se fue a dormir pensando en la última noticia que le habían dado sus abogados. La fiscalía española desestimaba la denuncia por fraude impositivo contra él. Era lo que se esperaba. Si Messi se presentaba para rey seguro sacaban a Felipe y lo ponían a Leo. Pensó en lo maravillosa que era su vida desde el momento en que el Barcelona le pagó el tratamiento hormonal y que, en una decisión durísima, había elegido nacionalizarse español. Cerró los ojos y se durmió.
La incomodidad, los nervios, se apoderaron de él. Sudaba. Sintió la imperiosa necesidad de levantarse a leer los diarios. En su móvil entró a uno. El título principal, con letra gigante y una foto aún más grande de él mirando al suelo, decía: "Cebollitas, otra final perdida". Más abajo había decenas de notas relacionadas, casi todas hablaban de él. Una criticaba que no cantaba el himno, en la otra alguien opinaba que Messi en las finales era un pecho frío. Otra nota recordaba los éxitos de Maradona. Un columnista aseguraba que "estos europeos que vienen a desgano a jugar con la gloriosa celeste y blanca no tienen que venir más. Que se queden allá, en Barcelona, Londres, Milan. Hay que llamar a los que saben lo que es la presión de una cancha argentina. Basta de nombres. Queremos hombres".
Un sin fin de imágenes sobre derrotas y duras críticas cruzaron su mente como en una película. En las últimas incluso alguien pedía que no lo dejaran entrar al país. Las palabras que se repetían eran pecho frío, burro, no le llega a los tobillos, falta de personalidad. De repente, se despertó y comprendió, respirando aliviado, lo que había pasado.
-Anto, tuve un sueño, decía Leo sentándose a desayunar en su casa de Castelldefels.
-Qué soñaste amor -respondía ella.
-Que jugaba para Argentina. Ambos sonrieron y siguieron comiendo jamón Cinco Jotas. El diario sobre la mesa, El País, decía en un pequeño artículo: "Tras el segundo título del mundo de Leo con España, en Argentina se siguen lamentando". Los argentinos trataban de pecho frío a Dybala, Agüero e Icardi.
