Iluminados por el juego

La Selección argentina juega un partido con tinte memorable versus Inglaterra por un lugar en la gran final del Mundial. ¡Vamos!

Editado por Amadeo Inzirillo | Enviado especial de UNO
inzirillo.amadeo@grupoamerica.com.ar

En el buffet del hospedaje en Atlanta hay 6 camisetas amarillas de Brasil. Me quedé algunos segundos mirando la sala ni bien crucé la puerta automática y pensé que todavía seguía dormido.

Claro, al toque caí en que este partido podía tocar contra ellos y terminé por entender que aún debían conservar las entradas de semifinales que sacaron con tiempo pensando que su Mundial 2026 sería distinto.

Tras muchos años de decepciones, la Selección argentina alcanzó la gloria.

Mientras buscaba el agua para el mate me puse a recordar cuántas semifinales del torneo más lindo del mundo me tocó seguir sin nervios. Nacido en 1990, desde que entendí lo hermoso de los mundiales, me tocó padecer la maldición de cuartos en Francia 98, Alemania 2006 y Sudáfrica 2010 más los porrazos de Corea-Japón 2002 y Rusia 2018 y la yaga de Brasil 2014.

Yo crecí mirando como Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho se nos reían en la cara, como Alemania nos pisaba en los manos a mano y como fueron campeones, además de ellos, Francia, Italia y hasta incluso España.

A los futboleros, los años de sequía nos llenaron de sed, y ojo, hablo de ausencia de gloria no solo en Mundiales: la padecimos en Copa América, en Confederaciones y Eliminatorias. Si hasta en el Sub 20, tierra fértil en los 90, tuvimos que sufrir tras la salida de José Pekerman.

El ciclo de Scaloni nos ubicó en lo alto del planeta

Pero hubo un quiebre que hizo cotidiano lo que parecía imposible. Este ciclo de Lionel Scaloni nos ubicó en lo alto del planeta, y no solo por la catarata de títulos en cadena (ganó 4 de los 5 que disputó), sino por instalar una forma que va más allá de un equipo de fútbol.

La Selección argentina es una marca registrada de la que habla el mundo. Claro que la insignia Lionel Messi tiene mucho que ver, pero él también estuvo en la época de vacas flacas donde el contexto no lo ayudó.

La Scaloneta puso otra vez a Argentina entre los mejores.

Por eso, rodearlo fue el mayor acierto. Sus compañeros, el cuerpo técnico, los empleados de AFA y los dirigentes entendieron a la perfección cómo tratar al mejor jugador del planeta para que la Selección deje de serle ajena y se convierta en su casa.

Y así, Lionel Messi cambió insultos y silbidos por idolatría absoluta. Es un placer ser testigo del amor que genera un tipo que llegó a renunciar a la Selección y que hoy es intocable para todos. No hay, en ningún estadio de esta Copa del Mundo, otra camiseta de Argentina que no tenga su 10 en la espalda.

Messi, ídolo absoluto de propios y extraños en el Mundial 2026.

El cambio generacional lo bajó del póster pero siempre con el respeto y el lugar que ocupa dentro de Argentina. Los De Paul, los Paredes o los Lo Celso pasaron de admiradores a amigos, de usarlo en la Play a tenerlo del mismo lado de la cancha.

Y ganamos, por fin ganamos. Primero en el Maracaná, después en Wembley, en Doha y en Miami. La Selección argentina vive su momento de esplendor más importante, y no por bajarle el precio a los campeones del 78 y el 86, sino porque logró sostenerlo en el tiempo, algo que parece casi imposible para todos.

Hoy toca un capítulo más, ni más ni menos que contra Inglaterra. Iba a decir “si algo le faltaba a esta Selección era un partido con ellos”, pero la verdad, este equipo no adeuda absolutamente nada.

Jugar con Inglaterra es la frutilla del postre

Una aclaración más, entre tanta euforia patriótica que arrasa por estas horas: el fútbol y la guerra no tienen punto en común. No es una revancha ganarle a Inglaterra en un Mundial. La guerra se discute en otro lado (como dijo De Paul) y ni la victoria más catedrática posible cambiará uno de los momentos más tristes de nuestro país.

Argentina e Inglaterra tienen una histórica rivalidad futbolera.

Dicho esto: bienvenida la rivalidad futbolera, el banderín estrujado de Rattín, las manos de Roa y la gesta única e irrepetible de Diego. A esta generación, que ni siquiera estaba en este mundo allá por 1986, jugar con Inglaterra es la frutilla del postre.

Que sea, como siempre en este ciclo de ensueño, iluminados por el juego.

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