No puedo dejar de pensar en la final del domingo de la Selección argentina contra España. Leo y escucho todo lo que puedo y hasta la contaminación del aire en Nueva York me preocupa (pensando en la final, claramente).
¿Usted piensa en la final del domingo?
La final del Mundial entre la Selección argentina y España ya galopa en cada corazón futbolero. ¿Usted tiene cábalas?

La Selección argentina juega la final del Mundial contra España este domingo.
¿Cómo dejar de pensar en la final del domingo si gran parte del ánimo de un país galopa al ritmo de la Selección argentina en este Mundial?
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Leo que los micros suspenderán el servicio entre las 17.30 y las 20. Escribo Leo y pienso en Messi.
Escucho que el día después de la victoria contra Inglaterra, los jugadores de la Selección argentina caminaron descalzos en el campo de entrenamiento para relajar y pienso en Bilardo que prohibía a sus jugadores, en México '86 e Italia '90, andar descalzados o en ojotas por precaución y para evitar accidentes en los pies, herramientas de trabajo y pasión futboleras por excelencia.
¿Adivine, amigo lector, quién se rebelaba a la orden del DT? Sí, el Diego. El del gol a los ingleses con la "Mano de Dios" y del "otro" gol. El Diego que vive y sobrevive en los cantitos de cancha, los trapos y las banderas colgados y a la venta en la Rotonda del Avión, en los banderazos de todo el país y hasta en Bangladesh.
Se me vienen a la cabeza El Diego y los pibes de Malvinas. Y pienso en la sábana de hotel que se convirtió en reivindicación argentina sobre la soberanía de Malvinas. Y recuerdo que la FIFA podría sancionar a algunos jugadores de la Scaloneta por exhibir ese reclamo, que se volvió planetario. Y concluyo que la FIFA debe de tener otras cosas mucho más importantes y edificantes que hacer, antes que meterse contra un reclamo histórico y legítimo frente a un despojo sin parangón.
Mido mis palabras para no caer en la tentación de decir algo fuera de lugar, para no quedar en orsai, como le pasó al francés Mbappé en la semifinal con España. Cuatro posiciones fuera de juego le conté frente al televisor.
Busco con qué gambetear esta ansiedad por la final del domingo. La biblioteca es un buen refugio, pero mi mano va derechito hacia un ejemplar de El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano, el uruguayo. (Perdone, maestro, pero no puedo olvidarme del papelón de la Celeste en el Mundial)
Releo una de las primeras frases. Una cita pueblerina: el canto de unos pibes a la vuelta de un partido callejero: "Ganamos, perdimos, igual nos divertimos". ¿Hay diversión en la derrota?
Guardo a Galeano y se me ofrecen De fútbol somos, de nuestro Rodolfo Braceli y, a continuación, los cuentos futboleros del Negro Fontanarrosa y la primera edición de los escritores mendocinos de Mariandina, que ya están listos para salir a la cancha con nuevas historias... Hasta que llego a Hernán Casciari -narrador inolvidable- y dos de sus celebridades: Messi es un perro verde y La valija de Messi.
Lionel Messi de niño, releo, yendo de Rosario a las inferiores del Barcelona Fútbol Club y llorando en el avión, en busca de un futuro que, intuyo, ni siquiera él imaginaba. Messi más argentino que el mate y el asado aún en la élite del fútbol europeo, y cuando era cara visible de Unicef, hace 20 años, acunando a un recién nacido llamado Lamine Yamal.
No se llama igual que el futbolista de la Selección española. ¡Es el mismísimo Lamime Yamal! El que quiere ser campeón del mundo.
Y sin querer -queriendo- vuelvo a pensar en la final del domingo, ya en el cierre de un Mundial maravilloso y emocionante hasta las lágrimas.
¿Usted, amigo lector, no lloró como Scaloni, como Messi o Lautaro Martínez frente a cada una de las remontadas épicas?
¿Cómo? ¿Tampoco lloró con el Himno? ¿Ni siquiera mirando las multitudes que salieron a las calles después de la paliza deportiva y política contra Bellingham, Harry Kane y la corona británica? ¿Está seguro?
Venga... Mirémonos a los ojos un ratito antes de la final del domingo.
Ah... ¿Vio que sí había lagrimeado? Claro que lo entiendo, si todo un país lloró de alegría cuando conseguimos el pase a la final del Mundial. Todos moqueamos.
¿En qué piensa ahora, amigo lector?
¿En De Paul o Simeone por la derecha? ¿Y qué le parece Montiel de 4?
Ojo... No me lo deje afuera a Enzo Fernández y mucho menos a Paredes, que a esta altura habría que rebautizarlo Paredón.
¿Tiene cábalas? Ni se le ocurra cortarlas.
Yo también tengo cábalas. ¿Cinco le parecen muchas? Tengo, entre otras, la del matecito en cada entretiempo desde Qatar 2022 contra México, cuando la cosa se había puesto insoportablemente difícil; y la de mirar el final del partido sentado a la derecha de la tele. O parado. Yendo de un lado a otro. Dejando un surco en el piso de la cocina.
¿Qué hace en las pausas de hidratación? ¿Sale a la vereda o se fuma un puchito o aprovecha para ir al baño?
¿Usted puede dejar de pensar en la final del domingo?
Sí, la que empieza a las 4 de la tarde.
La que se jugará en Nueva Jersey; sí, ésa.
Me quedo tranquilo: veo que ansiosos estamos los dos.
¿De 2? Juega el Cuti Romero, el cordobés, igual que Kempes, el goleador del ´78, cuando ganamos el primer Mundial.
Perdóneme, pero una idea me lleva a la otra.
Datos, nombres y anécdotas se agolpan en mi cabeza, como en un sinfín.
¿Tiene final esta locura?
¿Y si la seguimos el domingo, después de la final?