Se ha dicho de René Gerónimo Favaloro, con justicia, que fue un gigante de la medicina mundial. Y lo fue por su ciencia. También se ha destacado de él, que fue un hombre noble ilusionado en un mundo mejor. Y lo fue por su conciencia. Ciencia y conciencia se conjugaron para, por esta última, enaltecer a la primera y por ésta, a su vez, fecundar la generosidad de la segunda.
René G. Favaloro: Ciencia y Conciencia
René Favaloro dejó un legado científico y social. Revolucionó la cirugía cardiovascular con la técnica del by-pass y promovió la docencia y la investigación

René Favaloro dejó un legado científico y social..
A su sólida formación intelectual contribuyeron tanto los estudios secundarios como universitarios.
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Los primeros, cursados en el viejo Colegio Nacional de la Universidad Nacional de La Plata, en el que dedicó su mayor esfuerzo al estudio de las ciencias biológicas, mas sin descuidar la formación humanística que era aspecto fundamental de los conocimientos impartidos en ese Colegio. Allí, tuvo entre sus profesores a eminentes intelectuales de la época, como el dominicano Pedro Henriquez Ureña -a quien luego le dedicaría el libro “Don Pedro y la Educación”- y a Ezequiel Martínez Estrada, el autor de “Radiografía de La Pampa”. Se desempeñó allí también como celador y con su módico sueldo de cincuenta y cinco pesos con veinte centavos costeaba sus estudios y ayudaba a sus padres.
Los segundos, comenzaron en 1941 en la Facultad de Medicina de esa misma Universidad. A su tiempo, el ejercicio de la ayudantía en la cátedra de Anatomía Topográfica y su posterior actividad en el hospital, le hicieron sentir el placer que le daba el compartir lo que sabía con sus compañeros, enseñando lo que en esa búsqueda sin límites encontraba en la lectura de los temas más diversos.
Graduado ya como médico en 1948, suponía por entonces que su futuro estaba allí, en el Hospital Policlínico, donde desarrollaría la actividad quirúrgica y la docente, siguiendo los pasos de sus maestros. Pero es evidente que cada persona tiene un destino que cumplir, y a tal regla no escapó.
En efecto, distintas causas decidieron la interrupción de las carreras hospitalaria y universitaria que había planeado. La primera de ellas, tal vez la principal, fue la política. Perteneciente a la llamada “Generación del 45”, como estudiante participó de los movimientos universitarios que lucharon por mantener en el país una línea democrática, de libertad y justicia, contra todo extremismo, lo que pagó, en dos oportunidades, con unos días de soledad carcelaria. Consecuente en los hechos con sus pensamientos, la negativa a aceptar la doctrina del gobierno de entonces, incidió en su decisión de dejar el cargo de médico interno auxiliar al que había accedido por sus propios méritos. A su vez, su aspiración a ocupar el cargo de ayudante diplomado de la cátedra de Clínica Quirúrgica para proseguir la carrera docente, se esfumaba ante la dilación de un concurso que nunca se realizó. Tales circunstancias le advirtieron al joven médico que su futuro entraba en una encrucijada, pues para ascender y progresar debía comulgar con ideas y conceptos que estaban alejados de su formación y de su conciencia.
He referido, cual boceto, estos datos aislados de las primeras décadas de vida de Favaloro -relatados por él en sus “Recuerdos de un médico rural”- en tanto resultan ser suficientes para poner de manifiesto las fuerzas morales que poseía y que signaron su proyecto de vida. A saber: la solidaridad, que tiene desde niño para con los esfuerzos de sus padres y como estudiante al compartir sus saberes con sus compañeros. La voluntad, que pone en ejercicio para emprender el desafiante camino de la superación, no para regodearse en la vanidad sino para la satisfacción de una íntima y noble necesidad espiritual. La iniciativa, para buscar el perfeccionamiento que trata de encontrar en los libros de las bibliotecas poco frecuentados por sus pares. El entusiasmo, para aprender aquello que le permitiría luego el placer de compartir. La firmeza, para defender con dignidad los ideales y sus convicciones. La templanza, para aceptar los retos del destino. La dignidad, para imponerla por sobre las conveniencias circunstanciales.
Es en el marco de las circunstancias antedichas, que recibe una carta escrita por un tío residente en Jacinto Aráuz -por entonces, un pequeño pueblo de la Provincia de La Pampa- pidiéndole que viaje para atender por pocos meses a sus pobladores, ya que el único médico que tenían debía trasladarse a Buenos Aires por razones de salud.
A tal solicitud, el joven médico, como casual y silencioso tributo a la Patria, emprendió el 25 de Mayo de 1950, con su ciencia y el llamado de la conciencia, el viaje a ese pueblo en el que los pocos meses a permanecer se alargaron a casi doce años que fueron de significativa trascendencia para el resto de su vida. Tan fuertes fueron las huellas de las vivencias que en su espíritu dejó la estancia en Jacinto Aráuz, que sus médanos tuvieron el privilegio de ser elegidos por él como urna de sus cenizas. Ese modesto pueblo de campaña, en el que ganaría una riquísima experiencia y acuñaría una filosofía de la vida en el trato con la gente sencilla y sus dramas cotidianos, vino a ser la fragua del arquetipo del médico forjado con la arcilla de su noble conciencia humanista.
La labor de Favaloro en ese pueblo fue de fecunda creación, propia de titanes y quijotes, como que era recurrente lector del Ingenioso Hidalgo, entre otros autores célebres.
Su entrega como médico no conoció límites. La clínica médica supo de su arte en todas las manifestaciones: fue obstetra, gastroenterólogo, cardiólogo, traumatólogo, en fin, médico para cuanta circunstancia médica lo requiriera y para quien lo necesitare, sea quien fuere y sea cual fuere el lugar, el día, la hora o las condiciones climáticas. Donde nada había él hizo todo. A tal espíritu hacedor obedeció, al por entonces, su más preciado logro: la creación de una clínica, la que después de un tesonero esfuerzo, en abril de 1952 soltaba sus amarras para servir a toda la comunidad. Más aún, su ingenio le permitió contar con un banco viviente de sangre mediante la reunión de un grupo de personas que, con su tipo de sangre identificado, estaban dispuestas a concurrir al requerimiento de la clínica para dar la suya. ¡Cuánta grandeza espiritual la de este insigne médico rural!. ¡Cuánta ciencia con conciencia solidaria! pródigamente entregada por un hombre que, al decir de José Ingenieros, sentía que hay solidaridad cuando la dicha del mejor enorgullece a todos y la miseria del más triste a todos llena de vergüenza.
Graduado de la magnánima universidad pública argentina, respondió por ello con la gratitud debida al conjunto social que la sustenta. Los sencillos pobladores de Jacinto Aráuz fueron testigos de la fidelidad a ese inmenso sentimiento de gratitud, nacido de la conciencia humanista del “dotor”.
Hoy -vale acotar- ese deber de gratitud está debilitado, casi olvidado, por la asfixiante libertad desenfrenada y enajenante de una sociedad de consumo de la que la degradación de la naturaleza y el decaimiento moral son sus directos herederos. No en vano hoy la principal industria es la de crear necesidades.
Él, conocedor ya de esa realidad, estaba convencido que era imprescindible reconsiderar todo nuestro sistema educativo y, además, necesario encarar una segunda gran reforma de la Universidad Argentina para adecuarla a los requerimientos actuales. De éstos, imponer una cierta contraprestación gratuita de sus servicios a la comunidad, por quienes, a su vez, han egresado de una universidad pública y gratuita. Tal como de ello él mismo fue ejemplo, a través de la generosa entrega gratuita de sus servicios cuanta veces las circunstancias la requerían.
Y bien, sintiendo casi cumplida su misión en la Argentina profunda, los desafíos de la ciencia comenzaban a inquietarle, impactándole los avances extraordinarios de la cirugía torácica por la que siempre se había sentido atraído y que, por esos años, se ensanchaban sus horizontes con las intervenciones quirúrgicas cardiovasculares, por las que su interés era estimulado con la lectura de las publicaciones científicas que se hacían sobre ellas.
Lentamente, fue surgiendo en él la idea de viajar a los Estados Unidos. Era un nuevo desafío que decidió enfrentar. Con mucho dolor, pero lleno de esperanzas, Favaloro dejó aquellos pagos -a los que una vez fue llamado por la voz de su conciencia- por los de la Cleveland Clinic, en Ohio, a principios de 1962, y a los que fue llevado ahora por su amor a la ciencia.
Con la misma pasión pampeana comenzó allí sus actividades, transitando el estudio de los avances y logros científicos en la cardiología de la mano del Dr. Mason Sones, quien era pionero en el desarrollo de la coronariografía -es decir, el estudio radiográfico de las arterias coronarias- y con el que compartiera una intensa relación científica y amical. Transcurrido el tiempo suficiente, a principios de 1967, comenzó a dar vueltas en su cabeza la idea de una posible utilización de la vena safena en la cirugía coronaria. En la Clinic existía una importante experiencia acumulada al respecto en pacientes con oclusiones en la circulación de los miembros inferiores, e inclusive en arterias renales de pacientes con hipertensión arterial. Entonces se preguntaba, ¿por qué no aplicarla en la circulación coronaria?. Fue así que con una dedicación excepcional al estudio de la hipótesis que se había planteado y, después, con gran coraje en la decisión, en Mayo de 1967 practicó la primera operación aplicando la técnica del by-pass coronario. Favaloro había comenzado a escribir una página célebre, inmortal, en la historia de la medicina, a cuya trascendencia, se ha dicho acertadamente, es sólo comparable la importancia que tuvo, en su tiempo, la introducción de las sulfamidas y la penicilina.
Pero, la vida fue para él un permanente hacer para volver a empezar a hacer. En 1970, tuvo lugar en Londres el VI Congreso Mundial de Cardiología, del que participó una numerosa delegación argentina que lo tentó a regresar al país. La idea empezó a germinar en el fértil terreno de su inagotable vocación de servicio. “Una vez más, decía en un pasaje de su renuncia, el destino ha puesto sobre mis hombros una tarea difícil”. En efecto, iba a dedicar el último tercio de su vida a levantar un Departamento de Cirugía Torácica y Cardiovascular en Buenos Aires, ya que por entonces no existía en la Argentina una cirugía cardiovascular de importancia. Al respecto, confesaba que si por permanecer en la Cleveland Clinic no aceptara liderar ese Departamento en Buenos Aires, su conciencia le diría constantemente: “elegiste el camino fácil”.
El dinero no fue la razón de su partida, porque si lo fuera, advertía, habría tomado entonces en cuenta las muy atractivas ofertas que recibía en Estados Unidos. Quienes así hubieran pretendido tentarlo, no lo conocían entonces en profundidad. Su regreso, afirmaba, obedecía principalmente a su vocación de enseñar. Tiempo después, durante una entrevista periodística mantenida el año anterior al de su muerte, expresaría: “Ojalá me recuerden como docente, no como famoso cirujano. Para eso vivo. Esa es mi pasión”.
Finalmente, concluía la renuncia que le dirigiera al Jefe del Departamento de Cirugía Torácica y Cardiovascular de la Clinic, diciendo que sería el hombre más feliz del mundo si pudiera ver, en los años por venir, una nueva generación de argentinos resolviendo los problemas a nivel comunitario y dotados de conocimientos médicos de excelencia.
Luego de dejar su renuncia, confiesa que recorrió esas calles tan familiares llorando sin consuelo. Las lágrimas en él eran parte del lenguaje de un hombre de aguda y exquisita sensibilidad. Otra vez, la ciencia con conciencia decidía en Favaloro.
En 1971 regresa al país natal para hacer docencia y dictar su dolorosa lección final.
La actividad desplegada a su regreso por el Dr. Favaloro fue por demás intensa. En 1975 inició la Fundación Favaloro para fomentar la docencia y la investigación, lanzando allí, en 1992, el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular.
Y bien, queriendo destacar el sentido de su vida, vale recordar las palabras dichas al ser distinguido por el American College of Cardiology: “Yo no vivo de homenajes, me duran sólo unos momentos. Sí, vivo de las pequeñas cosas de la vida y desde siempre mi mayor satisfacción fue ser útil a mis semejantes”. Quizá, el último acto de su vida lo fue para servir a esa vocación plena de filantropía moral.
A los setenta y siete años, el 29 de Julio del año 2000, René Gerónimo Favaloro ponía fin a su vida.
La Argentina -como bien se ha dicho- con inexplicable antropofagia devoraba a otro de sus mejores hijos. No era la muerte del Maestro obra del delirio, sino de la desilusión causada por la indiferencia de una sociedad que creyó homenajearlo con tardíos discursos y sonoros aplausos, sin entender que, en cambio, debía guardar profundo silencio para poder escuchar su lección final de abnegación al servicio del prójimo, de probidad, de nobleza, de patriotismo que con su inmolación dictaba y que, dolorosamente, aún pareciera no haber sido del todo aprendida.
Maestro, el recuerdo es vivificante. Vive usted, todavía, en la inquieta tumba de los médanos y si las olas, en la metáfora de Neruda, son las novias fugitivas del mar, ellos son entonces los caminantes incansables del desierto que lo llevan por doquier en sus entrañas.
*El autor, Luis Enrique Abbiati, es Profesor y ex Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Cuyo. Ex Profesor Titular de la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa.
En pocas palabras
- René Favaloro: Destacado médico mundialmente reconocido por su ciencia y conciencia humanista.
- Formación y Vocación: Desde sus estudios secundarios, mostró una sólida formación humanística y científica, desarrollando un profundo sentido de la solidaridad y la voluntad.
- Legado Científico y Social: Revolucionó la cirugía cardiovascular con la técnica del by-pass coronario, y fundó la Fundación Favaloro para promover la docencia y la investigación.