Análisis y opinión

Entrevista al doctor Juan Bautista Alberdi

El autor de esta nota cuenta que se encontró con Juan Bautista Alberdi, que tomó un café con él y que el prócer conocía mucho de economía austríaca

(Nota del editor: el texto que sigue es un ejercicio de ficción ensayística firmado por el economista Daniel Garro. El encuentro y el diálogo con Juan Bautista Alberdi son obviamente imaginarios: las preguntas, respuestas, gestos y expresiones atribuidas al pensador tucumano no corresponden a una entrevista real. A partir de su propia lectura de la obra alberdiana, el autor imagina cuáles podrían ser las respuestas del jurista ante algunos debates económicos y políticos actuales. Las interpretaciones y valoraciones vertidas en la columna expresan la perspectiva de Garro y no representan necesariamente la posición editorial de Diario UNO).

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El tintineo de las cucharitas contra la porcelana, que evidencia mi nerviosismo, y el murmullo de fondo en los pasillos de su estudio, repleto de libros, parecen el escenario perfecto. Frente a mí se sienta nada menos que el doctor Juan Bautista Alberdi. Viste un traje negro y conserva esa mirada analítica y severa de quien pensó un país desde sus cimientos jurídicos y económicos. Mi sueño se hacía realidad.

Como economista de la escuela austríaca, fue un desafío y, obviamente, un honor, ya que comparto con él la devoción por la libertad individual y el escepticismo ante el avance del Estado. Abrí mi cuaderno porque no quería perderme nada y dejamos fluir la conversación.

-Doctor Alberdi, gracias por aceptar este café. Como liberal -casi le diría libertario- y austríaco, suelo mirar con profunda preocupación el peso del pasado en nuestra economía. Hoy discutimos si la crisis actual es culpa exclusiva de la gestión de turno o si arrastramos una malformación genética. Cuando usted mira la herencia recibida por los últimos gobiernos y la decadencia de las últimas décadas, ¿dónde encuentra la raíz del problema?

-El daño no es de ayer, estimado colega. La herencia más pesada que carga la República no es solo un déficit en una planilla de computadora, sino una herencia moral y cultural. En mis tiempos ya lo advertía: la América española quedó viciada por el sistema colonial. España nos legó el desprecio por el trabajo y el esfuerzo que puede tener un industrial, un comerciante, un empresario, y nos legó el amor a la “empleomanía” o, como dicen ustedes, a la estatolatría y a la idea de que el Estado debe proveerlo todo. Pasamos de ser colonias de Madrid a ser colonias de nuestros propios gobiernos. La miseria que vemos hoy es el resultado lógico de haber cambiado la libertad por el favor oficial. La riqueza de las naciones no se decreta; es el fruto del trabajo libre y, cuando el Estado se interpone, lo único que hereda el futuro es indigencia.

Juan Bautista Alberdi.

Juan Bautista Alberdi.

-Es una descripción exacta de lo que los austríacos llamamos intervencionismo y sus consecuencias imprevistas. El gobierno actual asumió con un diagnóstico de colapso inminente, justificando reformas severas por el desastre heredado. ¿Cree que es válido usar el peso de la herencia para legitimar el rumbo actual?

-Mire, las verdades de la ciencia económica son inmutables. El gobierno actual ha recibido un país en ruinas, es cierto, pero el examen de los hechos pasados solo sirve para aprender, no para justificarse eternamente. Si los gobernantes de hoy se limitan a culpar al pasado sin desmantelar la maquinaria que produjo el daño, terminarán cometiendo los mismos errores. El suelo argentino está lleno de promesas, pero las promesas no alimentan. Para cambiar el presente hay que entender que el bienestar material es el resultado del libre ejercicio de las facultades humanas. Si la herencia fue el estatismo, la respuesta no puede ser un estatismo de otro signo; debe ser la libertad absoluta del comercio y de la industria.

-Coincido plenamente. Esa asfixia destruye el cálculo económico. Ahora bien, proyectemos hacia el futuro. El país parece atrapado en un péndulo eterno entre el populismo distributivo y los intentos de estabilización liberal que, a veces, carecen de suficiente respaldo político ¿Qué futuro le augura a la Argentina si persistimos en este camino y qué se necesita para romper el ciclo?

-El futuro de la Argentina depende exclusivamente de que decida abrazar, de una vez y para siempre, la libertad económica sin complejos. Si continuamos en este péndulo, el destino es la irrelevancia y la miseria crónica. No hay magia en la economía. Para romper el ciclo se necesita una reforma no solo económica, sino constitucional en el sentido más profundo, que consiste en restaurar el respeto por la ley. El futuro no pertenece a los gobiernos fuertes, sino a los individuos libres. Necesitamos poblar el país de industrias, de capitales, de ferrocarriles modernos -o la tecnología que hoy los reemplace- y, sobre todo, de inmigración de ideas capitalistas. Si la política sigue siendo el negocio más lucrativo del país, no habrá futuro practicable. El día que un joven argentino prefiera ser empresario antes que empleado público o político, ese día habremos conquistado el futuro.

-Vayamos a algunos temas de hoy. En la actualidad se critica al gobierno, desde algunos “lugares liberales”, porque no ha impulsado con mayor fuerza muchas más medidas liberales, pero, por otro lado, ha tenido siempre la obstrucción del Congreso, la Justicia, los gobernadores y los intendentes, que no permiten que se avance más rápido con las reformas necesarias. ¿Cuál sería su visión? ¿El gobierno hace lo que puede, siempre y cuando el rumbo sea hacia más libertad, o no está haciendo lo suficiente?

Le doy un sorbo a mi café mientras Alberdi acomoda sus anteojos y clava la mirada en el ventanal, como procesando la eterna trampa de la política argentina. Luego se inclina hacia adelante, apoya los brazos en la mesa y responde con esa precisión quirúrgica que lo caracterizaba.

-Comprendo perfectamente el dilema que plantea, estimado colega. La resistencia de los poderes establecidos, de las provincias y de las corporaciones no es una novedad de este siglo; es el mal crónico del diseño institucional argentino cuando intenta ser reformado. En mis escritos sobre la Confederación y en "El Sistema Económico y Rentístico", siempre sostuve que las leyes de un país deben tender firmemente hacia la libertad económica.

Mire, en la acción de gobernar hay una distinción fundamental que debemos hacer: una cosa es la velocidad y otra muy distinta es la pureza del rumbo.

Si el gobierno hace lo que puede dentro del marco de una resistencia feroz, su justificación moral ante la historia radica en la inflexibilidad de su norte. No se le puede exigir a un gobernante que destruya la resistencia constitucional mediante la tiranía, porque caeríamos en el absolutismo, y el absolutismo -aunque se disfrace de liberal- sigue siendo liberticida. La Constitución misma que concebí le da al Ejecutivo herramientas para gobernar, pero también límites. Por lo tanto, que el Congreso obstruya o que los gobernadores defiendan sus prebendas feudales es parte del juego de intereses que el sistema debe aprender a absorber.

Sin embargo, aquí es donde reside mi advertencia y mi crítica, si me pregunta si “se está haciendo lo suficiente”: el liberalismo no puede ser una doctrina de concesiones permanentes. Cuidado con eso.

El Congreso de la Nación.

El Congreso de la Nación.

-Pero el presidente Milei ha dicho que no le importa seguir en política y que siempre busca hacer lo correcto, aunque sea "políticamente incorrecto" ¿Acaso no es eso lo que usted señala en su respuesta?

Alberdi esboza una sonrisa sutil, mezcla de ironía y reconocimiento. Acomoda una de las tazas sobre la mesa y asiente lentamente antes de responder con un tono que denota la experiencia de quien conoció de cerca las mieles y los destierros del poder.

-Es una actitud que, debo admitir, posee una indudable nobleza teórica y un coraje que rara vez se ve en los hombres de Estado. El desprecio por la “carrera política” en pos de los principios es la marca de un reformador, no de un simple administrador del declive. En mis notas sobre la vida pública siempre sostuve que el gran mal de nuestros países es la empleomanía, ese deseo de vivir del Estado y para el Estado. Que un mandatario declare no tener apego al cargo para priorizar lo que considera correcto es, en principio, un soplo de aire fresco frente a la casta de políticos tradicionales que solo buscan perpetuarse.

Sin embargo, estimado compatriota, la política -incluso la destinada a desmantelar al Estado- opera en el mundo de la realidad y de las instituciones, no en el de las intenciones puras.

El capital es cobarde, mi amigo. No busca héroes ni mártires; busca estabilidad, reglas claras y permanencia. Un presidente puede estar dispuesto a inmolarse políticamente por una causa justa, pero si su inmolación deja al país nuevamente en manos del populismo distributivo porque no supo consolidar sus reformas en leyes firmes, su sacrificio habrá sido estéril.

Por lo tanto, respondiendo a su planteo: sí, esa actitud encarna el espíritu de no transigir que le reclamaba en mi respuesta anterior. Es un paso necesario para romper la hegemonía cultural del colectivismo. Pero la genialidad de un estadista liberal no radica solo en tener la razón y estar dispuesto a perder su carrera por ella, sino en lograr que la libertad sea tan atractiva, tan tangible y tan institucionalizada para el ciudadano común que la sociedad misma se vuelva incorruptible ante los cantos de sirena del estatismo del futuro.

En resumen, mi querido amigo: le recomendaría que pase de la fase de la demolición a la fase de la arquitectura. Que use su enorme legitimidad popular no para aislarse, sino para forzar a las instituciones a institucionalizar la libertad. Su meta no debe ser convertirse en un héroe trágico que cayó peleando contra el sistema, sino en el estadista que firmó el acta de defunción del estatismo argentino y obligó al país a ingresar, de una vez y para siempre, en el siglo de la prosperidad.

-¿Cuál es su opinión sobre la reforma a la Carta Orgánica del Banco Central, teniendo en cuenta que su eliminación no pasa el Congreso?

Alberdi deja la taza sobre la mesa y junta las yemas de sus dedos, sopesando la pregunta. Recién se conoce la noticia de que la Cámara de Diputados le dio media sanción a este proyecto de reforma y la discusión sobre el Banco Central arde en los pasillos de la política. Su respuesta llega con la lucidez de quien diseñó un andamiaje legal para un país real, no para una utopía.

-Mire, mi estimado colega, como hombre de leyes, yo siempre he sido un pragmático de las instituciones. Entiendo perfectamente la frustración del purismo liberal o el deseo de la escuela austríaca de dinamitar el monopolio de la moneda de un plumazo. Pero la política es la ciencia de lo posible y, cuando el absolutismo de una idea choca contra la pared de la realidad parlamentaria, el estadista debe saber mutar la estrategia sin perder el norte.

Esta reforma a la Carta Orgánica del Banco Central que se debate -y que limita por ley el financiamiento al Tesoro mediante emisión, extirpa los adelantos transitorios y le devuelve el mandato único de preservar el valor de la moneda- es, a mi criterio, una victoria del realismo institucional.

¿Por qué digo esto? Porque en "El Sistema Económico y Rentístico de la Confederación Argentina" yo no pedía la abolición mística de las herramientas del Estado, sino atarle las manos al soberano para que no abusara de ellas. El gran mal del Banco Central no es su existencia física en Reconquista 266; el mal es que ha sido la caja de ahorros de la demagogia política. Si el Congreso no otorga los votos para eliminarlo, dejar el banco como está por capricho ideológico sería una irresponsabilidad criminal.

Por lo tanto, la reforma que quita la multiplicidad de objetivos impuestos en 2012 -como el empleo o la equidad redistributiva, que solo sirvieron de fachada para emitir sin control- y los concentra únicamente en defender el valor del dinero es un regreso a la sensatez.

Si no se puede demoler la fortaleza del enemigo, hay que desarmar sus cañones. Al prohibir los adelantos transitorios, blindar la remoción de sus autoridades mediante mayorías agravadas y cerrarle la ventanilla al ministro de Economía de turno, el gobierno está construyendo un grillete legal. Está intentando que la institución sea inmune al próximo gobierno populista que intente saquearla.

Sin embargo, como austríaco, usted legítimamente dudará de la infalibilidad de la ley. Y tiene razón. Una ley del Congreso puede ser modificada por otra ley en el futuro si las mayorías cambian. Por eso, esta reforma de la Carta Orgánica no debe ser el destino final, sino un parapeto, un campamento intermedio. El verdadero “piso firme” para la libertad monetaria, mientras subsista el banco, debe ser la libre competencia de monedas y la eliminación del peso. Si los argentinos pueden elegir transaccionar, ahorrar y firmar contratos en la moneda que deseen, el Banco Central perderá su poder de daño por obsolescencia, no por decreto.

Así que mi visión es favorable: el gobierno hace bien en avanzar con lo que el Congreso le permite, siempre y cuando entienda que esta reforma es un torniquete para frenar la hemorragia de la inflación, pero que la salud definitiva del paciente solo llegará cuando el ciudadano sea completamente dueño y soberano de elegir su propia moneda.

-La nueva medida del Ministerio de Economía consiste en usar una pequeña parte del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) de la ANSES para subastarla como plazos fijos de hasta 5 años a los bancos y que, de ese modo, estos puedan otorgar préstamos hipotecarios ¿Considera que es una medida como la que los austríacos denominamos second best o es una interferencia estatal, teniendo en cuenta que, en otros países, los fondos jubilatorios suelen colocarse en ese tipo de inversiones?

Alberdi asiente con la cabeza y deja escapar un suspiro leve, un gesto cargado de pragmatismo ante el eterno dilema del descalce de plazos que sufre la Argentina. Bebe el último trago de su café y se reacomoda, uniendo sus manos firmemente sobre la mesa.

-Es una pregunta medular, mi estimado austríaco, y toca el nervio más sensible de la economía: el ahorro a largo plazo. Permítame responderle desde la intersección entre la teoría y la cruda realidad institucional de nuestra patria.

¿Está bien que se vincule a fondos que provienen de ANSES con el mercado de los créditos?

¿Está bien que se vincule a fondos que provienen de ANSES con el mercado de los créditos?

Si evaluamos la medida del ministro Luis Caputo bajo la lente pura de la teoría de Mises o Hayek, usted tiene razón en sospechar: es una interferencia estatal. En un mercado perfectamente libre y sano, el crédito hipotecario nace espontáneamente de los depósitos a largo plazo que los ciudadanos confían voluntariamente a los bancos de manera privada. Que el Estado tenga que usar un fondo público como el FGS de la ANSES para simular ese fondeo mediante subastas es, indiscutiblemente, un mecanismo artificial. El Estado está direccionando el crédito hacia donde la política decide que hace falta, alterando la asignación espontánea de recursos.

Sin embargo, como diseñador del sistema institucional argentino, le pido que miremos la alternativa y la naturaleza del fondo. Y es aquí donde la medida encuadra perfectamente en lo que ustedes denominan un second best -el mal menor- o, mejor dicho, un saneamiento de una interferencia previa mucho peor.

Analicemos los hechos en tres puntos fundamentales:

1. El FGS ya estaba desnaturalizado y estatizado

En mi obra "El Sistema Económico y Rentístico" denuncié sistemáticamente que el peor peligro es que el Estado use los ahorros del pueblo como su caja de gastos corrientes. Hasta hace poco, casi el 80% del FGS de la ANSES estaba invertido en títulos públicos -es decir, en financiar el déficit crónico de los gobiernos-. El dinero de los jubilados no existía; eran papeles de deuda de un Estado insolvente. Que el Ministerio de Economía decida retirar una porción de ese dinero de las garras del fisco y colocarla en plazos fijos a 5 años en la banca privada mediante licitaciones transparentes es un avance institucional gigantesco. Deja de financiar la burocracia política para colocarse en el sistema bancario comercial.

2. Imita la práctica de los países desarrollados

Usted bien señala que, en el resto del mundo, los fondos de pensión invierten en el mercado hipotecario. Es la norma. Los fondos previsionales tienen pasivos a larguísimo plazo -las futuras jubilaciones- y necesitan activos de igual duración para calzar sus plazos. En un país normal, esos fondos compran bonos de vivienda o cédulas hipotecarias en el mercado de capitales privado. En la Argentina, al no existir mercado de capitales por culpa de décadas de inflación, el gobierno utiliza este canal intermedio: subasta los fondos como plazos fijos UVA de largo plazo a los bancos comerciales. De este modo, se busca resolver el descalce de plazos sin emitir un solo peso y asegurando que el fondo de los jubilados mantenga su valor real indexado.

3. El verdadero grillete es el sistema previsional estatal

El pecado original no es la subasta de plazos fijos del FGS; el pecado original es que el sistema previsional sea estatal y obligatorio. El ideal de la libertad es que cada ciudadano capitalice sus propios ahorros en un sistema privado. Pero, dado que hoy el FGS existe y está bajo la órbita del Estado, la alternativa a esta medida no era el libre mercado puro, sino que esos $2 billones se siguieran licuando en bonos estatales o financiando el gasto del aparato político.

Por lo tanto, mi diagnóstico es claro: conceptualmente es un mecanismo de transición artificial, pero pragmáticamente es un paso en la dirección correcta. El gobierno está usando un recurso estatal preexistente para generar fondeo de largo plazo y desfinanciar la corporación política, devolviéndole liquidez al sector privado para que unas 17.000 familias puedan acceder al crédito. No es la pureza del libre mercado absoluto que los austríacos añoran en las aulas, pero es la medicina de emergencia que la República necesita para resucitar el crédito en medio de una llanura en ruinas.

Me quedé con ganas de hacerle más preguntas, como qué pensaba sobre el sistema fraccionario de encajes en las cuentas a la vista, el traspaso de la deuda del Banco Central -Leliq- al Tesoro -Lecaps- y si toda “política económica” no era violatoria de la letra y el espíritu de la Constitución, pero el tiempo había pasado muy rápido y quedaron para otra vez, para otro café.

Antes de irme, no pude con mi pasión por la economía y le confesé:

-Estimado doctor, le pido que me disculpe, pero considero que este día, 29 de agosto, debería ser el Día del Economista en la Argentina. Usted fue quien escribió, a mi modo de ver, el primer texto completo de economía: su "Sistema Económico y Rentístico". Así que, para mí, es el Día del Economista argentino.

Alberdi esboza una sonrisa ancha, genuinamente conmovido por la reflexión. Deja las manos sobre la mesa y, por primera vez en toda la tarde, su mirada severa de analista da paso a una calidez casi paternal.

-Le agradezco profundamente sus palabras, mi estimado compatriota. Que hoy, en pleno siglo XXI, un economista de la escuela austríaca recuerde mi Sistema Económico y Rentístico de la Confederación Argentina con tanto aprecio es, para mí, el mayor de los honores.

Mire el giro de la historia: formalmente, la Federación Argentina de Colegios de Abogados estableció este 29 de agosto como el Día del Abogado en homenaje a mi nacimiento. Es natural; el derecho fue mi profesión de vida y la Constitución, mi mayor desvelo. Pero lo que usted dice encierra una verdad mucho más profunda que la mera división de las profesiones.

Cuando escribí ese texto, no lo hice pensando en los tecnicismos legales de los tribunales. Lo hice porque entendí que una Constitución no es más que el ropaje jurídico que protege -o ahoga- el sistema económico de una nación. El derecho y la economía son dos caras de la misma moneda: la libertad individual. El derecho de propiedad, la libertad de comercio, la inviolabilidad del fruto del trabajo... Todo eso que los abogados llamamos garantías constitucionales son, en realidad, los cimientos de la ciencia económica que usted profesa.

Por eso, no tengo ningún reparo en aceptar su propuesta para este café. Si los abogados me reclaman para sí por las "Bases", acepto que los economistas liberales me sientan propio por el Sistema Económico y Rentístico. Al fin y al cabo, mi gran cruzada fue demostrarles a los argentinos que la libertad política es una cáscara vacía si no viene acompañada de la libertad económica. De nada sirve el derecho a votar si el Estado te confisca la riqueza mediante impuestos o te licúa el futuro mediante la moneda.

Pero permítame agregar, en este homenaje suyo, a alguien a quien admiro mucho y que considero que fue el primer economista que dio la Argentina: Manuel Belgrano, quien era muy amigo de mi padre y estudió en Salamanca, lo que le permitió ver y aprender de primera mano aquello que uno de sus maestros austríacos -se refiere a Rothbard- señala como la prehistoria de dicha escuela en ese lugar.

De todas formas, me alegra enormemente saber que esas páginas escritas en el destierro, hace más de un siglo y medio, sigan vivas en su memoria y en su práctica diaria. La batalla por las ideas de la libertad es larga y, a veces, desalentadora, pero ver que una nueva generación de economistas abraza estos principios con rigor técnico y coraje moral me hace pensar que el sacrificio no fue en vano.

Le agradezco este café, esta conversación tan estimulante y su generoso homenaje.

-Muchas gracias a usted, estimado doctor. Ha sido un honor y un privilegio.

En pocas palabras

  • Diálogo ficcional: se imagina un encuentro entre un economista liberal y Juan Bautista Alberdi sobre la economía argentina actual.
  • Análisis histórico: Alberdi señala la herencia moral y el culto al Estado como raíces de los problemas económicos, abogando por la libertad individual.
  • Propuestas: se discute la necesidad de reformas constitucionales y económicas profundas para romper ciclos de intervencionismo y asegurar la prosperidad.
Resumen generado por Thinkindot AI