Siempre me gustó ver a la gente leyendo. Es algo que me genera bienestar. En mi caso, adquirí el hábito de la lectura diaria sin saber leer. Me explico: viví hasta los 5 años en una casa-panadería de Palmira, que incluía un chorizo de habitaciones donde habitaban mis abuelos paternos, mis padres, mis hermanos y otros parientes. Allí, durante el desayuno y en otros momentos del día, había siempre alguien que leía. ¿La razón? Mi familia ampliada tenía el bendito hábito de comprar el diario y diversas revistas.
Todas las mañanas el canillita dejaba el diario Los Andes y una revista distinta, desde El Gráfico o El Tony hasta Radiolandia, Billiken o Intervalo. Eso me marcó. En realidad lo que adquirí en mi tramo preescolar de vida fue el hábito cotidiano del papel impreso. Hojeaba cotidianamente ese material para ver las fotos y demorarme en las historietas de Patoruzito. Yo, claro, pedía que me las leyeran, por lo general sin suerte.
Fui escolarizado a los 6 años. No había jardín de infantes en Palmira. Las salitas de 3 y 4 años todavía no se inventaban. No sé si fue la familiaridad con las letras y las tipografías, pero aprendí rápido a leer y escribir. Me largué y no paré. A los 13 años empecé la secundaria en horario nocturno y al mismo tiempo me pusieron a trabajar en la panadería en el turno mañana, con sueldo (una parte debía entregarlo a mi vieja y otra me la quedaba para mis gustos).
Eso fue la gloria. Me podía comprar algunas revistas y de vez en cuando, un libro, además de ir, de vez en cuando, al cine a la Ciudad con primos y amigos. El cine Colón de Palmira ya me había educado visualmente. Las matinés de los domingos eran inolvidables. Dejarme sin cine era el peor castigo.
El remezón
En el primer año de secundaria leí El extranjero, de Albert Camus, y ya no fui el mismo. "Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé." Esa prosa áspera, directa, con que empieza la novela hizo que yo me dijera: "Quiero escribir así". Ponele, pibe. No fue el colegio el que me sugirió leer a Camus. Fue el azar. Había otro bicho que ya me había picado: Los Beatles. Con ellos el mundo pintaba maravilloso y yo quería tener esos discos. Pero no alcanzaba para todo y debía pulsear cada mes entre revistas o discos.
Uno de los recuerdos potentes de mi primer viaje a Buenos Aires, en la adolescencia, fue el de ver que en los trenes, subtes y micros la mayor parte de los pasajeros leía diarios, revistas y libros. Era como entrar a una biblioteca rodante. Me sorprendió que varias librerías de la calle Corrientes no cerraban de noche.
Aún hoy me conmueve ver a los lectores de libros. Entrar a una librería a ver las novedades es para mi como para un religioso ir a la iglesia. Por ejemplo, en mis caminatas por el Parque San Martín trato de pispear los títulos y autores de las personas que están leyendo. Por lo general no logro mi objetivo.
Hace unas semanas, en el Rosedal, vi claramente que una mujer leía Crimen y Castigo, del ruso F. Dostoiesvski. Ella ya llevaba transitado más de la mitad de ese texto. No pude contener el interés y le pregunté cómo le iba con esa obra tan compleja. "No fue fácil, pero ya lo tengo domado", me dijo sonriendo. Yo había leído ese libro necesariamente incómodo, a los 18 años, cuando empecé a estudiar periodismo.
En los años de la secundaria se acentuó mi interés por los diarios y revistas. En el kiosco Capel de Palmira compraba periódicos de Buenos Aires y semanarios como Gente, Siete Días, Primera Plana (dos veces clausurada por las dictaduras de Onganía y de Lanusse) o Panorama.
Hacia fines de los ´60 hubo tres diarios en esta Ciudad: Los Andes, Mendoza y El Diario(que dirigió el mítico Jacobo Timerman). Los domingos solía comprar los tres y en mi casa me preguntaban si estaba loco. Desplegarlos y comparar, por ejemplo, las portadas y los temas tratados, era pura satisfacción.
Mucho más acá en el tiempo, y ya casado y con dos hijas, uno de mis grandes momentos los domingos a la mañana era el de desplegar, junto a mi mujer (también periodista) y lectora atenta, los diarios sobre la mesa de la cocina y, en silencio y birome en mano, marcar las cosas que nos llamaban la atención, los aciertos y errores, lo que iba a ser tema de agenda en la semana, el dato curioso que pedía ser subrayado.
¿Peronista o periodista?
Cuando terminé la secundaria, le di un poco más de chance a la política, para formarme, no para militar. Reinaba la dictadura de Lanusse. Los partidos políticos estaban prohibidos. Por eso mismo, lo político fue un asunto que me empezó a rondar. Los hijos de quienes habían sido antiperonistas se mostraban interesados en el fenómeno. Yo era hijo de un peronista "natural", no de un militante ni de un cuadro partidario. Empecé a devorar libros sobre el peronismo. Pasé un verano leyendo La formación de la Conciencia Nacional, de Hernández Arregui. Pero siempre supe que quería ser periodista, no peronista.
Me había acostumbrado a leer la columna política que Los Andes publicaba en la tapa, escrita por periodistas de su corresponsalía en Buenos Aires. Uno de los más picantes era quien firmaba como Merlín. Años después leí que Merlin era Bernardo Neutstad en su etapa de pre-celebridad. Nunca pude corroborarlo.
A comienzos de los ´70, que iba a ser una década desatadamente cabrona, apareció en Mendoza una revista sobre política y cultura que hizo historia. Se llamó "Claves" y funcionó como un refrescante espacio de debate. La dirigió Fabián Calle, un hombre que fue sinónimo de periodismo. Escribían Carlos Quirós, Dante Di Lorenzo, David Eisenchlas, Fernando Lorenzo, Mario Franco, Cristobal Arnold, entre otros, y yo la esperaba ansioso. Ämbitos como ese era lo que yo buscaba.
En 1973, una semana después de la asunción de Héctor Cámpora en la Casa Rosada, y de Alberto Martínez Baca en la gobernación de Mendoza, ingresé al Servicio Militar en la Marina, en la zona de Bahía Blanca. Llevaba un año y medio de facultad y pasó un tiempo similar para que pudiera retomar los estudios. Días antes asistí a la asunción de Martínez Baca y pude prever claramente lo que se venía. Las facciones de izquierda y derecha del peronismo se trenzaron a cadenazos en la explanada de la Casa de Gobierno. La realidad terminó por hacer trizas cualquier posibilidad de que ese peronismo fuera a ser sinónimo de progreso y concordia.
En la Base Baterías de la Armada hubo tres cosas que alegraron mi vida de conscripto: había un kiosco de diarios y revistas. La unidad militar tenía un cine. Además me destinaron a una central de comunicaciones, que me dejaba tiempo para leer los diarios y donde varios de mis compañeros resultaron ser muy lectores.
Dicho todo eso y como no quiero ser pelmazo, redondeo. Obvio, nunca logré escribir como Albert Camus. Pero he sido feliz como lector de su obra y la de tantos otros que, con Borges a la cabeza, nos vuelven a conmover cuando los buscamos otra vez en la biblioteca. Me sigue alegrando ver leer a las personas. Me moviliza ser periodista y que haya sido un pueblo del este de Mendoza donde Camus y yo nos hayamos conocido.
En pocas palabras
- Lectura e inspiración: Un lector de Palmira narra cómo el hábito de leer desde la infancia y la obra de Albert Camus lo impulsaron a querer escribir.
- Formación periodística: Detalla su recorrido, desde los quioscos de diarios de su adolescencia en Palmira hasta el periodismo en Buenos Aires, influenciado por revistas y diarios locales.
- Pasión por las letras: El autor reflexiona sobre su vocación, la política en tiempos de dictadura y cómo el encuentro con la obra de Camus en su juventud marcó su camino literario.


