Quizás la de cualquier político no, pero la logística de una familia con niños que van a la escuela en medio de un invierno crudo, empieza antes de las 6 de la mañana. Hay que calentar la casa de alguna manera, vestirlos, darles el desayuno, abrigarlos y arrancar. Cuando la gente ya está en camino a sus trabajos, que los chicos no vayan a la escuela implica otra logística, otros planes que se definen por lo menos, la noche anterior.
La política en su laberinto: cuando nuestra vida se decide detrás de un escritorio
Los políticos dejaron de mirar a la gente para concentrarse en su micromundo de encuestas y algoritmos. Hay que volver a la calle porque la necesidad no espera

Mientras los políticos deciden, la vida cotidiana la gestionamos las personas en la calle.
El jueves, gran parte de las familias mendocinas tuvieron que volantear, literalmente, sobre la marcha: la suspensión de clases, decidida a las 6.49 de la mañana en medio de una ola de frío polar en la que no cabía ninguna posibilidad de que el tiempo mejorara me hizo pensar en que mientras los seres humanos de a pie gestionamos la vida, la política toma decisiones adentro de un despacho, mirando una pantalla, consultándole a la IA y lejos, muy lejos de la realidad.
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La verdad es que no es la primera vez y no será la última que los políticos miren planillas y encuestas antes que mirar a la gente. Por eso, esta es apenas la punta de un ovillo de decisiones incomprensibles, que parece que en los papeles funcionan, pero en la cotidianeidad, les aseguro que no.
Cuando la vida cotidiana organiza lo que el Estado no ordena
Ese episodio no es aislado. Es una forma de funcionamiento.
Cuando las decisiones públicas llegan tarde o descoordinadas, la sociedad no espera: se organiza. Lo hace como puede, con lo que tiene, y muchas veces en paralelo a lo oficial.
No es rebeldía, es criterio y gestión. La mayoría de los grupos de Whatsapp funcionaron en paralelo a las decisiones oficiales, y mientras la DGE suspendía las clases por parte, los padres y madres habían decidido no enviar los chicos a la escuela por el frío.
La política, en ese contexto, parece perder capacidad de anticipación. Y cuando eso ocurre, deja de ordenar y pasa solamente a reaccionar.
La zona helada que no es fría y otras decisiones de planilla
Algo similar aparece en otro debate que se repite: el de las zonas frías y los beneficios en la tarifa del gas.
Pero muchas decisiones parecen partir de otra lógica: mapas, indicadores, promedios, variables.
La vida real, en cambio, es más simple y más dura. Es elegir qué factura pagar primero. Es ver cómo calefaccionar una casa sin que eso implique dejar otra cosa sin resolver.
Mendoza esta semana fue zona helada en el territorio nacional, pero para sorpresa de nadie, a una porción de dirigentes les parece que se puede discutir. Para esos, va este video de los trabajadores del ajo en el departamento de San Carlos, A ellos les pueden preguntar si Mendoza es o no es zona fría.
La política encerrada en su propio algoritmo
En los últimos años, la política parece haberse desplazado hacia un terreno cada vez más autorreferencial.
Encuestas, tendencias, redes sociales, focus groups, posicionamientos, internas, armado de listas. Todo eso forma parte de su funcionamiento. El problema aparece cuando ese mundo empieza a reemplazar el contacto con la realidad que dice representar.
Es como si la política hubiera empezado a decidir mirando su propio reflejo.
Y en ese reflejo aparecen variables propias: imagen, intención de voto, viralización, correlación interna, posicionamiento electoral.
Mientras tanto, afuera, la vida cotidiana sigue otra lógica.
Las internas, un elefante en la sala de la vida cotidiana
Las disputas internas de los partidos ocupan horas de agenda, análisis y cobertura. Pero para el común de las personas son "un elefante en la sala". Es decir, nadie puede dejar de ver que está, pero tenemos que ocuparnos de nuestros problemas reales. Entonces, hemos aprendido a convivir con el elefante y hacemos de cuenta que no lo vemos, no nos hacemos cargo y lo esquivamos para continuar con lo que tenemos que hacer para sobrevivir, pero indudablemente, molesta.
La pregunta es: ¿Por qué el elefante tiene que ser un problema de todos, si nosotros no lo pusimos ahí?
Nosotros, los que libremente iremos a votar el año próximo, actualmente estamos intentando sostener nuestra economía doméstica, llegar a fin de mes y la verdad, no nos podemos encargar del elefante en la sala.
Las diferencias políticas son legítimas. Incluso necesarias.
El problema aparece cuando esas disputas se vuelven el centro de la conversación pública, mientras la sociedad discute otras urgencias.
La distancia entre la macroeconomía y la microvida cotidiana
Hace tiempo que se instaló una explicación: la economía puede mejorar en términos macro mientras la situación micro sigue siendo difícil.
Los números pueden mostrar orden. La vida cotidiana, no tanto.
No hace falta ser economista para entenderlo. Nadie paga el supermercado con una estadística. Nadie calefacciona su casa con un indicador financiero. Nadie llena la heladera con un promedio.
La vida tiene su propia contabilidad. Y esa contabilidad no siempre coincide con la de los informes.
La vida que se sigue gestionando sola
Hubo un tiempo en que el trabajo permitía algo más que sostener el día a día. Proyectar, ahorrar, planificar. Hoy muchas personas sienten que trabajan para seguir trabajando.
Que el esfuerzo no abre futuro, apenas sostiene el presente Esa es la experiencia cotidiana que muchas veces no aparece en las discusiones políticas, pero a lo que único que lleva es a un desencanto que se repercute en las urnas.
Desencanto y representación
El creciente desencanto con la política no siempre se explica por apatía, muchas veces se explica por distancia.
La sensación de que las prioridades de quienes deciden no coinciden con las prioridades de quienes viven esas decisiones.
El voto sigue siendo una herramienta central de la democracia. Pero también aparece una pregunta que se repite cada vez más: quién representa hoy esas vidas cotidianas.
El experimento pendiente
Antes de la próxima campaña, antes del próximo spot, antes del próximo cierre de listas y antes del próximo debate de encuestas, quizás valga la pena un ejercicio simple.
Pasar unos días gestionando una vida común. Resolver lo que se resuelve todos los días afuera de los despachos.
Después volver. Y ver si las preguntas siguen siendo las mismas.
Porque tal vez el problema no sea solo cómo decide la política.
Sino desde dónde está mirando cuando decide.