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Análisis y opinión

La familia como espacio para reconstruir el tejido social y resignificar el bien común

No es novedad para nadie que hoy educar implica que nos tengamos que enfrentar a escenarios complejos que resultan abrumadores

Editado por Verónica Ungaro
ungaroveronica@gmail.com

Cuando sostenemos a nuestros hijos pequeños en nuestros brazos, pensamos que podemos protegerlos, deseamos que crezcan sanos y seguros, para que se realicen en la vida adulta. Sin embargo, años más tarde pueden correr el riesgo o ser víctimas de una amplia gama de peligros en las redes sociales, plataformas de mensajería, foros y juegos en línea.

Ciberacoso, difusión de contenido íntimo sin consentimiento, doxing, grooming, violencia de género digital, son prácticas a las que los pibes están cada vez más expuestos de modo permanente. Lo peor de todo es que frente a esto, muchos chicos pueden no estar dispuestos a escuchar, hablar, consultar, dirigiéndose hacia un camino peligroso. Lamentablemente, los adultos en el intento, muchas veces tardío, de hacer frente a la situación, lejos de ayudar podemos colaborar a construir muros emocionales que pueden bloquear la posibilidad de que los asistamos.

Cuando me refiero al esfuerzo de lidiar con alguno de estos problemas “de modo tardío”, invito a que nos revisemos seriamente, porque lo que está pasando en las escuelas y que tiene alarmada a toda la sociedad, es la consecuencia directa del descuido parental sobre los pibes. Me refiero específicamente, a la violencia que se manifiesta y reproduce en la escuela, pero que no es de la escuela.

niño madre cuota alimentaria

¿Qué nos pasó? ¿Qué dejamos de hacer los adultos para llegar a este punto? Por muchas y diversas causas, nos retiramos del trabajo de educar y dejamos solos a los chicos. ¿En qué sentido? Cuesta un triunfo decir no, tenemos miedo de discutir con ellos, supusimos que parte de educar es consultar hasta qué les gustaría comer, asumimos que dejar de castigar equivale a que no existan consecuencias por lo que hacen o dejan de hacer, y lo peor de todo, dejamos de lado el mejor discurso que es el predicar con el ejemplo. Y sí, asumamos, que la mesa familiar tiene más celulares encima que cubiertos para comer.

De paso pusimos de moda culpabilizar a la escuela de todos los males y nos posicionamos en el rol de víctimas. La culpa no es del colegio que pasó a ser el último bastión de un tejido social roto. Hoy a la escuela le toca ordenar el desborde, poner límites a la compulsión y regular la agresión.

¿Qué hacen los niños y niñas, adolescentes y jóvenes frente a la sobreprotección que es una forma de abandono o a la indiferencia parental?

Ahí gritan, porque todavía alguien los escucha, pulsean los límites, porque hay normas que pueden desafiar y en ese proceso conocerlas, confrontan, para identificarse o diferenciarse de los otros, sean pares o adultos, y descubrir quiénes son. La lista es larga de todo lo que la escuela hace.

niño con celular (1)

Ahora la cancha está difícil para jugar porque tiene los límites desdibujados. Además, cuando no hay reglas, todos se pasan la pelota. Entonces, tiene que venir el Estado a poner algo de orden. ¿Y saben qué? El Estado está presente mediante la activación de protocolos para regular lo que se salió de todo control posible. Tanto los medios de comunicación como los boletines oficiales, han puesto en evidencia que, ante esta situación de emergencia, con medidas observables o no, pero activas, está actuando como garante de la construcción de la ciudadanía.

Entonces, frente a esto, ¿Vamos a seguir siendo víctimas del sistema o estamos dispuestos a asumir un rol protagónico de liderazgo parental? Porque la cosa no es solamente de arriba (el Estado) hacia abajo (la ciudadanía). Ninguna norma es efectiva si no hay una moralidad donde pueda enraizar para que florezca el bien común. Los adultos no nos podemos escapar más y tenemos que asumir la función protagónica de ser ese tutor que orienta el desarrollo hacia arriba, sin dejar que el árbol crezca torcido.

En familia tenemos que arremangarnos y zurcir el tejido social roto. ¿Cómo? Haciendo preguntas que incomoden, aunque no nos respondan. Tal vez podamos comenzar con un: hija o hijo: ¿Cómo estás? Digo, antes de que le toque enfrentarse a las amenazas del territorio digital y construyan muros emocionales que nos hagan perder la oportunidad de establecer un vínculo con ellos.

Saquemos el foco de la pantalla, emancipémonos del algoritmo para poner reglas, orden y ritmo. Abandonemos la comodidad y reinauguremos la educación como un muy desafiante intercambio intergeneracional, para que los chicos salgan del grupo familiar munidos para conquistar nuevos espacios e insertarse en el mundo adulto. ¿Se puede? Sí, si hay voluntad. ¿Es difícil? Sin duda. ¿Es necesario? Definitivamente.

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