Estupor es lo que me transmitió la lectura de la sentencia que este miércoles determinó la absolución de las nueve mujeres que durante dos años y medio fueron juzgados por los abusos en el Próvolo.
Estupor
Estupor no porque consideraba que debieron ser condenadas sino porque todas ellas estuvieron "en la parrilla", es decir bajo sospecha y proceso judicial, durante casi 7 años por nada.
Pienso en las víctimas y en sus familiares, y en el sufrimiento, el dolor y el desgarro por la revictimización frente a este resultado adverso para sus pretensiones.
Tampoco dejo de pensar en todo lo que perdieron todas las partes implicadas en este proceso que comenzó hace casi 7 años con las primeras denuncias que tomaron desde la Fiscalía de Delitos Sexuales, y que pusieron a Mendoza en la gran escena mundial en casos de abuso a cargo de gente de la Iglesia.
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El tercer proceso en el caso Próvolo
Luego de los dos primeros juicios del caso Próvolo, donde cuatro hombres fueron condenados -dos curas, un administrativo y un jardinero- comenzó el tercer proceso que, desde el inicio, fue sobrevolado por una sombra de incertidumbre.
Dicho en lenguaje claro: siempre se dijo que las acusaciones de este tercer proceso estaban flojitas de papeles.
Sin embargo, ni el más entusiasta de los abogados defensores esperaba una sentencia como la de este miércoles, con todas las acusadas libres de culpa y cargo.
El fallo, sin dudas, pone bajo la lupa el rol de los fiscales investigadores y acusadores, quienes pidieron, por ejemplo, que las monjas Kumiko Kosaka y Asunción Martínez fueran llevadas a la cárcel durante 25 y 10 años respectivamente, solicitud que no tuvo ningún eco en el tribunal que integraron Gabriela Urciuolo, Belén Salido y Belén Renna, que absolvieron por unanimidad.
Fue un caso complejo por cierto: muchas imputadas, muchos testigos, muchas víctimas -con la característica inusual de ser hipoacúsicas- y muchos abogados. Muchas audiencias. Muchos hechos investigados. Tanto para un resultado demasiado sorprendente.
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