El título es solo un gancho. El que se ha usado en estos días para llamar la atención de lectores y televidentes.
¡Prohibamos los celulares!
Julio Navarro Sanz es el rector del Colegio San Luis Gonzaga y plantea que "decir no" a las pantallas puede ser clave para el desarrollo personal del alumno

El articulista plantea que la escuela debe regular el uso del celular, al igual que las familias en pos de preservar a los niños y jóvenes del exceso de las pantallas.
La prohibición no hace más que alimentar el deseo de aquello impedido. No quisiéramos que sea el caso en relación al uso del celular en la escuela.
Los “no” caprichosos, autoritarios y sin sentido han hecho mucho daño a las instituciones de la democracia, entre ellas la escuela. Sin embargo, asistimos hoy a un contexto cultural con excesos de “sí”. Casi como pendulando desde aquel régimen represivo y disciplinar, hoy el “no” se encuentra devaluado, diluido e incluso excesivamente ausente, minando las bases del funcionamiento saludable de nuestras instituciones. Necesitamos una síntesis virtuosa de “nos” y de “sís” que sean posibilitadores y a la vez ordenadores; que habiliten y a la vez contengan.
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La escuela, al igual que la familia, tiene la misión de acompañar los procesos de desarrollo personal y social. En ese proceso tenemos que decir que “sí” y que “no” para posibilitar un desarrollo saludable. De lo contrario habrá caos, angustia, ansiedad y sufrimiento innecesarios.
Las pantallas con su luz incesante y sus píxeles seductores son una ventana que promete presencia absoluta, estímulo constante, gratificación inmediata y posibilidades asombrosas. Son el imperio del “sí” permanente. Pero no seamos ingenuos. Es un “sí” diseñado y desarrollado por un ejército multimillonario de tecnócratas que se proponen (y lo logran) capturar nuestra mirada, hackear nuestra atención y robarnos el tiempo, la calma y los datos.
Lo que ayer eran presunciones y temores hoy son constataciones innegables. El uso excesivo y descuidado de pantallas nos ha hecho daño y ha lesionado (en muchos casos gravemente) la salud de nuestros niños, niñas y adolescentes. No ha mejorado el aprendizaje en las escuelas como esperábamos y en cambio ha colonizado el rol propio de padres, madres y docentes. ¿De verdad no nos preocupa que sean otros –movidos por intereses comerciales- los que enseñen, aconsejen y persuadan las creencias y actitudes de nuestros niños y jóvenes?
Nos toca educar a chicos y chicas que en muchos casos duermen 6 horas y pasan 10 o 12 delante de la pantalla. Nos toca enseñar a pensar, a comprender en profundidad lo que se lee, a resolver con creatividad un problema. ¿Cómo hacerlo cuando los algoritmos y las notificaciones compiten segundo a segundo por su atención?
Cuando decimos que no a las pantallas en la escuela en realidad estamos diciendo un enorme sí. Sí a mirarnos a los ojos, sí a reconocernos, a dialogar, a hacer silencio, a aburrirnos, a divertirnos, a alojarnos mutuamente, a jugar, a crear, a creer, a pensar, a esperar. Decimos que sí a la cultura del encuentro, que no pasará de moda porque toca la entraña más sensible de lo que realmente nos plenifica.
Y cuando sea necesario y conveniente, diremos sí a sacar las pantallas y ponerlas arriba de los bancos, para usarlas como herramienta de aprendizaje, para resolver un desafío, para utilizar alguno de los múltiples y valiosos recursos que nos ofrecen y nos ayudan a aprender mejor. Las usamos, y luego las guardamos, porque sabemos que el esfuerzo que supone aprender no podrá sostenerse frente a la seducción de una notificación que invade y llama. Por eso nos atamos al mástil de la regulación institucional, para que el canto de la sirena digital no haga naufragar la educación, y podamos juntos llegar a Ítaca.