Análisis y opinión

El cine Colón de Palmira nunca supo de algoritmos

¿No le ha pasado a usted, lector, que al otro día de ver algunas de esas series o películas con exceso de algoritmo solemos olvidarnos del título, del nombre de los actores e incluso de la historia?

Editado por Manuel De Paz
mdepaz.2015@gmail.com

Hace unas semanas volví a ver, esta vez en Netflix, Nido de ratas, un clásico del cine de los años '50, en maravilloso -y duradero- blanco y negro. Data de 1954, su nombre original es On the waterfront (En los muelles) y la dirigió Elia Kazán. La historia gira en torno a un asesinato urdido por una mafia portuaria y a la crisis de conciencia de un trabajador que sabe quién ha ordenado esa muerte. Por esta película Marlon Brando ganó su primer Oscar a mejor actor. Brando sorprendía con una forma de actuar que llamaban "el Método", basado en la naturalidad. La había inventado el actor y director ruso Konstantin Stanislavski.

Mi primera visión de Nido de ratas fue en el cine Colón de Palmira, a principios de los '60, en uno de esos ciclos que reponían películas. En esa sala aprendí a ver séptimo arte. El film me dejó marca y por eso ahora me tiré de cabeza a verla otra vez cuando apareció entre la oferta de Netflix.

Tras su visión pude ratificar algo que varios sostienen desde que nos encontramos invadidos de plataformas que ofrecen series y películas elaboradas con nuevas lógicas, en particular la del algoritmo, que como usted sabe, es un conjunto de instrucciones sobre qué y cómo se debe hacer el cine.

El film Nido de ratas me dejó marca y por eso ahora me tiré de cabeza a verla otra vez cuando apareció entre la oferta de Netflix.

El resultado del algoritmo aplicado a las películas y series suele arrojar productos bien hechos, entretenidos y que cumplen estándares técnicos, pero les falta alma, no generan recuerdos. Los algoritmos replican patrones estadísticos y puede que esos datos sean de utilidad para quienes estudian las audiencias. Pero en materia de creatividad cinematográfica, el asunto indica que se debe tocar la alarma.

¿Sexo milimetrado?

Lo más importante en una película o en las series, es la mano del director y del guionista, quienes raramente puedan ser creativos si los productores les ordenan, guiados por el algoritmo, que cada 13 minutos deben incluir una escena de sexo; o cada 8 minutos debe haber algo violento o lacrimógeno para mantener la atención del espectador. Bajo esa tiranía, algunas series vinculadas con temas de mafias y corrupción resultan particularmente burdas al caer en una exhibición atolondrada de manos cortadas y de chorros de sangre.

Lo bueno es que la vida de cada uno de nosotros, gracias a nuestra naturaleza, se escabulle con habilidad de esos patrones. Y eso es lo que necesitan los buenos creativos para que sus películas perduren en la mente y el corazón del espectador.

¿No le ha pasado a usted, lector, que al otro día de ver algunas de esas series o películas con exceso de algoritmo solemos olvidarnos del título, del nombre de los actores e incluso de la historia? Exactamente al revés de lo que ocurría -y sigue pasando- con películas de los años '50, '60 y '70 que muchas personas mayores todavía tenemos presente.

Quienes crecimos viendo el cine de esa época podemos citar todavía títulos de películas que nos maravillaron. Momentos claves de esos filmes se nos han quedado grabados. Algunos, más cinéfilos, se acuerdan hasta de los nombres de actores de reparto. En mi caso todavía podría hacer una lista de indelebles "cintas" (así se les llamaba) que vi en Palmira, o en los 3 cines de San Martín, hasta llegar a las salas del centro de Mendoza.

¿Quién ha olvidado la escena de la carrera de carros en Ben Hur? (1959). La película ganó 15 premios Óscar, todo un récord para la época.

Inolvidables

¿Quién ha olvidado la escena de la carrera de carros en Ben Hur; o aquel momento en que el jurado de Doce hombres en pugna debe dar el veredicto que puede mandar a la muerte al acusado de matar a su padre; ni hablar de la tensión que nos brindó Hitchcock en Intriga internaciona l cuando Cary Grant debía correr a campo traviesa para escapar de una avioneta que lo perseguía para destrozarlo? Si hasta quienes detestan los musicales debieron admitir que "Cantando en la lluvia", codirigida por Stanley Donen y Gene Kelly, es algo prodigioso.

Le doy otro caso: aún retengo ramalazos de la felicidad que sentí al ver "Testigo de cargo" (1957), en una función "familiar" del cine Colón. Es un melodrama judicial basado en una historia de Agatha Christie, con dirección de Billy Wilder (un verdadero mago de la pantalla) y actuada por Tyrone Power, Marlene Dietrich y Charles Laughton. Una lección de cómo se puede contar una película para que el espectador permanezca durante varios días bajo una especie de ensoñación. En ese film los giros argumentales son sorprendentes y hay un final tan inesperado que nos obliga a pensar en esa creación una y otra vez.

¿Y los westerns? Hasta Borges los amaba porque decía haber encontrado en ellos la reencarnación del género épico. Las películas de cowboys dieron algunos de los directores más influyentes del cine norteamericano como John Ford y Howard Haws. Ford ("La diligencia"), considerado el padre del género, fue el que le enseñó a un jovencísimo Steven Spielberg qué era lo importante en la composición visual de cada escena.

¿Y los westerns? Hasta Borges los amaba porque decía haber encontrado en ellos la reencarnación del género épico.

Ford le sugirió que siempre colocara la línea del horizonte en la parte superior o inferior del encuadre porque eso crea dinamismo. Ubicar esa línea en el centro de la imagen hace que pierda fuerza y resulte aburrida. El propio Spielberg recreó ese momento al final de su película Los Fabelman (2023), que cuenta la historia de su familia y que hace poco se vio en Netflix.

Cuando en "el" matiné de los domingos del cine Colón nos tocaban películas de cowboys, se daba en la platea infantil una consigna no escrita: zapateábamos a lo loco en el piso de madera cuando aparecía la carga de la brigada ligera que venía a poner (supuestamente) las cosas en su lugar, o cuando "el muchacho" empezaba a repartir sopapos y cuetazos.

¿Disciplinar?

Desde hace unos meses Netflix y otras plataformas han empezado a completar sus programaciones con títulos exitosos de hace 25 o 30 años. Ahí se nota claramente lo que son las películas que aún se filmaban sin la dictadura del algoritmo. Es decir: son filmes que se recuerdan, que no se evaporan. Por ejemplo En busca del destino (Good Will Hunting), de Gus Van Sant, con Matt Damon, Robin Williams y Ben Affleck, de 1997.

Voy terminando, para no cansarlo. Explican que esto de los algoritmos tiene su razón de ser en la lucha por mantener la atención de las personas. Los continuos cambios de la revolución tecnológica han hecho que esa atención, que era un recurso abundante, ahora sea escasa debido a la variedad de opciones, por lo cual -creen- hay que encontrar vías para "disciplinar" esa atención a fin de que no termine desperdigada.

Como nos enseñó el bueno de Shakespeare: "Todo es bueno lo que bien acaba". Y no puede terminar del todo bien algo que por lograr un fin (en este caso, mantener la atención de las audiencias) pateemos a un costado a otros fines nobles como el mantener la calidad artística y el riesgo artístico. No hay que olvidar que ese cine maravilloso del que hemos hablado aquí, con productos innovadores y creativos, también dejó muy buenos dividendos económicos.

MÁS LEÍDAS

Temas relacionados