Análisis y opinión

Ecos del atentado a Cristina Kirchner: si la política se llena de pasiones y emociones desatadas, "échate a temblar" 

Más que "discursos de odio"  lo que tenemos en la Argentina es un preocupante debilitamiento de los consensos democráticos

Cuando la política se exacerba de pasiones y de sentimentalismos, pocas cosas buenas se pueden esperar de ella. Es que los sentimientos no se pueden discutir. Y la democracia consiste precisamente en racionalizar los problemas.

Esto lo decía hace unos años el escritor español Javier Cercas al intentar explicar por qué era tan difícil llegar a puntos de acuerdo con los independentistas catalanes. "Cuando la vida pública se llena de pasión y emociones desatadas, échate a temblar", advertía ese tío talentoso.

El jueves pasado (01/09), a la noche, con el país pendiente de lo que pasaba en Recoleta, y con la imagen fija de esa pistola Bersa en la cara de la Vicepresidenta Cristina Kirchner, el dirigente social Juan Grabois dijo: "A Cristina la protegió Dios, no la Policía. Por ello, ahora nos toca a nosotros cuidarla".

El referente del papa Francisco le estaba poniendo no sólo sentimentalismo religioso al tratamiento del atentado a la Vicepresidenta sino que pavoneaba con que él y los suyos eran "el pueblo" que iba a proceder a cuidarla, algo que no hicieron las instituciones de Seguridad de la democracia republicana. Puro sentimentalismo aventurero, muy desaconsejable en política.

El repudio inmediato que generó el intento de matar a la ex presidenta fue claramente entendido como un deber ético por la inmensa mayoría de los ciudadanos comunes y de los políticos con carnet. Pero también quedó planteado que ese repudio de ninguna manera puede eliminar el debate político. Racionalizar los problemas debe ser la meta.

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El verbo odiar

Desde hace bastante tiempo el Gobierno y sus más variados referentes vienen intentando vincular la labor de la oposición política, la de los medios de difusión independientes y la de los jueces con supuestos "discursos de odio".

Sin embargo nunca se admitió públicamente la gran cantidad de espacios de ese "odio" que hay en el propio oficialismo.

Los "discursos de odio" analizados por las ciencias sociales tienen que ver con la discriminación y la deshumanización de personas de distintas identidades sociales. Su estudio se consolidó después de la tragedia del nazismo y otros experimentos autoritarios. Su radio de acción se ha ampliado a nuevas realidades como las cuestiones de género. El kirchnerismo ha tomado esa idea del "discurso de odio" y se la atribuye a cualquiera que lo cuestione.

Veamos: la oposición partidaria de la Argentina raramente ha denigrado tanto al Presidente como sí lo han hecho desde el propio Frente de Todos. Baste mencionar los reiterados exabruptos impiadosos de Hebe de Bonafini. O los disparates verbales de esa diputada nacional kirchnerista llamada Fernanda Vallejos cuyo brulote más suave fue el de apostrofar de "mequetrefe" a Alberto Fernández. O las bravuconadas de Sergio Berni, ministro de Axel Kicillof, quien llegó a comparar al mandatario con un beodo.

El Gobierno reitera casi a diario, como un mantra, que los "discursos de odio" de Juntos por el Cambio, de la prensa y del "partido judicial" son los que vienen afectando la paz social en la Argentina. No la inflación, no la falta de dólares, no la pobreza, no la falta de empleo genuino, no la crisis política dentro del oficialismo.

Los motes

¿Acaso la paz social no se vio también afectada en estos tres años de gestión cada vez que Cristina acudió a esas "encíclicas partidarias" (o cartas abiertas al país) con las que castigó al Presidente?

Con ellas tuvo en ascuas al Poder Ejecutivo con frases a puro látigo sobre los "funcionarios que no funcionan" o la cantinela porque Alberto "no usa la lapicera", todas ellas destinadas a dejar en evidencia que el mandatario no mostraba aptitud para gobernar.

¿No se afectó acaso la concordia cuando tras las PASO de 2021 el kirchnerismo hizo una pantomima de renuncia masiva para obligar al Presidente a hacer los cambios que sugería la jefa del Senado? ¿O cuando el diputado Máximo Kirchner y La Cámpora, como si fueran de otro gobierno, se negaron a votar la negociación con el FMI para reencaminar el pago de la deuda argentina? ¿O cuando por meses la comunicación entre el Presidente y la Vice fue cortada por completo?

Por eso, la insistencia en llamar "discursos de odio" a lo que por lo general son duras divergencias partidarias, es más o menos como la otra pata del discurso kirchnerista que insiste que todas las causas judiciales por presunta corrupción contra la Vicepresidenta son obra del "lawfare" (persecución judicial).

Todo kirchnerista que se quiera anotar un poroto en el oficialismo (desde Kicillof hasta Brancatelli) debe aludir a "los discursos de odio" o a meter bajo el mote de "derecha reaccionaria" todo lo que tenga que ver con la actividad privada, las empresas, los medios de comunicación o la defensa de la democracia republicana.

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La debilidad

Más que odio lo que tenemos en la Argentina es un preocupante debilitamiento de los consensos democráticos y una muy activa movida partidaria para salvar a Cristina Kirchner de los juicios en los que está procesada, la mayoría de los cuales se judicializaron cuando ella presidía los destinos de la Nación.

"Esto no es obra de un loco suelto. Es el resultado de toneladas de editoriales en los diarios, en la televisión y la radio", ha dicho el ministro del Interior, Eduardo de Pedro, ratificando uno de los ejes centrales del discurso duro de Cristina quien insiste en poner en discusión la filosofía republicana de la división de poderes. La vicepresidenta cree en el voto y en la movilización popular.

Más allá de todo eso, lo concreto, hoy, es que ningún signo político puede aceptar como viable que un tiro en la frente de alguien sea una forma de hacer política. Eso es un crimen y no hay disquisición ideológica que pueda justificarlo. Lo cual no quiere decir que el debate democrático deba ser frenado. Por el contrario, debe ser jerarquizado y enriquecido.