Análisis y opinión

Atentado a Cristina Kirchner: una guía para salir del shock

La autocrítica es el único camino para que el país cierre sus cicatrices. Que cada sector entienda cuándo y cómo jugó para el odio transversal que cruza a nuestra sociedad. Hasta ahora, ni políticos ni ciudadanos hemos dado señales de que eso vaya a ocurrir

Al momento en que se escriben estas líneas no han pasado 72 horas del atentado. Su onda expansiva avanza en múltiples direcciones y se tejen cientos de hipótesis, al mismo tiempo que se elucubran consecuencias y se señalan responsables. Sin embargo, de lo que no ha habido ni el más mínimo rastro es de autocrítica. Nadie tiene dudas: el culpable es el otro.

Y es un verdadero problema, porque, más allá de que el país aún no salga de su profunda conmoción, es claro que lo que nos trajo hasta aquí es un largo camino de errores políticos. Que el azar mecánico nos haya librado de un estallido brutal debería ser el último signo de alarma para hacer lo que desde hace décadas venimos postergando: reencauzar acciones y discursos públicos.

Porque al final, nadie practicó la violencia. Ni el periodismo, ni la política, ni la justicia parcial, ni los sectores airados de la comunidad. Fernando Sabag Montiel no fue engendrado por absolutamente nadie. Lo preocupante es que, si no podemos encontrar el veneno en nosotros mismos, difícilmente hallemos el antídoto como sociedad.

Para dar el siguiente paso, la clave sería que sectores del kirchnerismo asuman que actuaron y actúan con violencia, que ciertos comunicadores acepten cuánto incitan al odio (además de pésimas praxis periodísticas en determinados casos), y entre otras cosas, que la oposición admita los flagrantes errores que hay en algunos de los procesos judiciales contra dirigentes peronistas. No es fácil, pero es elemental.

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Cristina Kirchner salió a la calle después del atentado. El desempeño de sus custodios está todavía en la mira.

Cristina Kirchner salió a la calle después del atentado. El desempeño de sus custodios está todavía en la mira.

Si veo en el adversario el gesto de mirar hacia adentro, entonces sé que estoy habilitado a hacerlo yo también. Sin eso, el saneamiento no va a ocurrir de ninguna otra manera. ¿Y por qué lo necesitamos? Es básico: primero, para dotar de claridad a este momento brumoso. Segundo, porque aunque algunos no lo vean, acabamos de tocar fondo. Hay gente entendiendo la política desde una voluntad asesina.

Sí, otra vez.

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La política

Hay una fuerza oligarca antiigualitaria (es decir, un grupo de personas que no quiere la felicidad esparcida en el pueblo, sino concentrada). Y que, aterrada por las políticas distributivas del kirchnerismo, pone a funcionar su maquinaria contra el Gobierno. Más o menos, ese es el quid de todo. Lo escribió este fin de semana una socióloga en Buenos Aires.

¿En verdad es la única causa para que alguien pueda disentir ideológicamente con el oficialismo? ¿No es ese también un discurso totalmente disgregante? Decirlo en medio de la defensa a una mandataria atacada, parece casi una contradicción.

Estas 72 horas eran clave. Eran el ‘ground zero’ para la historia de este gravísimo atentado y para la chance de torcer el rumbo. Pero la fauna política no pudo concretar el deshielo. La jugada de una acción coordinada y conjunta entre las distintas fuerzas quedó a la mitad, y sólo dejó a un PRO que no quiso participar; un texto acordado a regañadientes, y un entrevero parlamentario chato, predecible y monótono.

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La sesión de Diputados de este sábado. El PRO votó y se fue del recinto.

La sesión de Diputados de este sábado. El PRO votó y se fue del recinto.

Lo peor es que en el recinto siguió el odio. A poco de terminar la sesión, la diputada María Rosa Martínez (de Kolina; Frente de Todos), dijo: “Antes sufríamos golpes de Estado. Pero claro, ahora ellos no necesitan golpes de Estado, porque tienen a sus representantes en los medios de comunicación”.

De vuelta: ¿De verdad? ¿Se puede equiparar al periodismo con aquellos que persiguieron, secuestraron, violaron, torturaron y asesinaron a decenas de miles de personas? La diputada de un país que vivió seis de esos gobiernos de facto, ¿no puede ver la diferencia? ¿No ve la insensatez que exhalan sus palabras?

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La política II

Es que nadie puede erigirse como “el amor” y señalar al otro como la usina del odio nacional. No al menos en este país. Aunque lo nieguen, en el kirchnerismo organizaron paneles para que chicos escupieran posters de Mirtha Legrand, Mariano Grondona y Joaquín Morales Solá, entre otras figuras que no eran ni son de su agrado.

Y aunque lo nieguen, en el Frente de Todos hay personas como Hebe de Bonafini, quien calificó al 32% que votó a Macri en las últimas elecciones, como “una raza muy hija de mil putas”. Además de haber mencionado que el ex presidente también era otro hijo de mil putas, claro.

¿Y del otro lado? Después de Martínez, en el Congreso habló el radical Mario Negri. Se defendió y defendió a los suyos. Criticó que el kirchnerismo los haya señalado como casi responsables de lo ocurrido y durante algunos segundos hizo vacilar a los televidentes, quienes pensaron que ahora sí se venía alguna autocrítica. Pero no, tampoco la hubo.

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1 de abril de 2011. Niños escupían a una Mirtha Legrand con sombrero militar. A su lado, la figura del periodista Mariano Grondona, también con un blanco en el rostro.

1 de abril de 2011. Niños escupían a una Mirtha Legrand con sombrero militar. A su lado, la figura del periodista Mariano Grondona, también con un blanco en el rostro.

Nada dijo Negri sobre las marchas de la oposición que se coronaron con bolsas mortuorias y simulacros de guillotinas (todas, con Cristina Kirchner como víctima predilecta). Tampoco del silencio de su espacio respecto a que camaristas federales jueguen al pádel con Mauricio Macri (al tiempo que ese tribunal juzgaba a la ex presidenta y teniendo en cuenta que puede volver a hacerlo).

Nada mencionaron tampoco acerca de que Francisco Sánchez, uno de sus diputados (perteneciente al PRO) haya pedido la pena de muerte para Cristina; ni de que la titular de ese mismo partido, Patricia Bullrich, haya acusado al Presidente de pedir sobornos al laboratorio Pfizer frente a todo el país, sin ofrecer ni la más mínima brizna de una prueba.

Todo lo anterior, sin mencionar el uso cloacal que algunos referentes de JxC suelen darle a sus cuentas de Twitter. Los casos más resonantes han sido los del diputado Fernando Iglesias, calificando de "escándalos sexuales" a las visitas de mujeres periodistas a la quinta de Olivos; o los más recientes de Amalia Granata, quien primero aseguró que el ataque en Recoleta estaba armado y era una "pantomima", para luego matizar -quizá advirtiendo que no tenía un sólo argumento válido para tan audaz declaración- diciendo que "si es un atentado, pediré disculpas".

Nada de eso ha estado las voces de la oposición.

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Amalia Granata respondió a las críticas con una amenaza:

Amalia Granata respondió a las críticas con una amenaza: "No me busquen, porque voy a empezar a hablar de sus amantes. No se olviden de que soy periodista".

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La Justicia

Sería muy difícil que desde la Justicia haya un mea culpa en torno a su relación con la política. La utilización que algunos dirigentes han hecho de ella es uno de los posibles puntos por donde empezar. Que el presidente de la Nación tenga ocho denuncias penales -con juicios políticos incluidos- en tres años de ejercicio, por ejemplo, es un dato que llama la atención.

Uno de ellos es de la ex diputada Elisa Carrió. Fue por haber decidido la compra de vacunas Sputnik V durante 2020. El texto remite al artículo 200 del Código Penal, que prevé cárcel para quien “envenenare, adulterare o falsificare de un modo peligroso para la salud, aguas potables o sustancias medicinales”. O sea, la denuncia habla de envenenamiento.

Cabe aclarar que Carrió no se quedó en formalidades, sino que también dijo que el intercambio con los rusos incluía, además de vacunas, satélites y compra de armas, sumando que Cristina Kirchner trabajaba “para Sputnik”. Jamás lo comprobó, pero lo dijo en vivo uno de los canales más vistos de la TV argentina.

Y en el peronismo también deberían replantearse –se insiste con la idea de autocrítica- su relación con el Poder Judicial y con los organismos de control. Sólo por tomar un caso, cabría que expliquen por qué la Oficina Anticorrupción (conducida por el abogado de Justicia Legítima Félix Crous) decidió abandonar la querella en la causa Vialidad.

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La pistola Bersa de Fernando Sabag Montiel, en el momento en que apuntó al rostro de Cristina Kirchner.

La pistola Bersa de Fernando Sabag Montiel, en el momento en que apuntó al rostro de Cristina Kirchner.

Suponiendo que Crous y su equipo considerasen inconsistentes –antes de que lo defina el tribunal- los indicios contra la vicepresidenta en los hechos que se le imputan, podrían aducir ese argumento (de todos modos discutible). Pero entre los acusados está alguien a quien la propia CFK ha marcado como corrupto: José López. ¿Por qué no contar con el máximo trabajo de los organismos estatales, si en los expedientes hay un estafador condenado, constatado y señalado desde ambos bandos de la grieta?

Todo lo anterior, sin mencionar -porque ya se ha hecho varias veces y en columnas anteriores- las groseras deficiencias procesales de la causa, como los partidos del fiscal Luciani en la quinta Los Abrojos. Los errores de la Justicia (puede tenerlos, como cualquiera de nosotros) contribuyen a la crispación. El problema es que en ese ámbito pasa lo mismo que en los estratos señalados más arriba: nadie quiere aprender de lo ocurrido. Sólo enseñar.

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La sociedad

Hay personas para las cuales Cristina Kirchner es una suerte de deidad. Lo dicen orgullosamente y no está mal. Para ellos es una salvadora de la patria con dotes divinos, los mismos que algunos le atribuyen a Eva Perón.

En el otro polo de la pulsión están los anti. Para ese otro grupo, la vicepresidenta es precisamente lo contrario a eso. No encarna todo el bien, sino todo el mal. Y no es una divinidad, sino un ser tenebroso, a quien puede adjudicársele todo lo malo que le ocurre a la Argentina.

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En Mendoza, las últimas manifestaciones por Cristina también fueron multitudinarias.

En Mendoza, las últimas manifestaciones por Cristina también fueron multitudinarias.

Por supuesto, ambos bandos están equivocados. Ninguno de los dos es objetivo, y vivencian lo que les pasa con ella desde un fanatismo extremo. El problema no lo tienen en sí mismos, pero suelen generarlo cuando esos dos mundos colisionan, o cuando derivan en acciones violentas como las regadas durante estos años, o cuando devienen en un intento de asesinato como el del 1 de septiembre.

Quienes describen la división ya dramática en la que vivimos hablan de dos países distintos. Algunos se animan a referirse a la Nación como un conjunto de fragmentos. Argentinas diseccionadas de acuerdo a las diversas separaciones que existen. Una según las diferencias ideológicas; otra, por poder adquisitivo; otra según las prebendas que cada grupo recibe de las instituciones, y así.

Entonces, uno se pregunta: ¿Cuántas Argentinas hay? ¿Son dos? ¿Tres? ¿Cuatro países?

Cuando terminemos de destruir esta, tal vez nos habremos dado cuenta de que había sólo una.

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