Con una trama exquisita que avanza bajo la cadencia del thriller y presenta un entramado de personajes difíciles de olvidar, la escritora norteamericana Donna Tartt justifica los argumentos que le valieron el Premio Pulitzer a su obra El jilguero, centrada en un joven que desde la habitación de un hotel revive un trauma adolescente.
El jilguero, la novela que revalida el talento de Donna Tartt

Diez años. Ese es el tiempo promedio que le demanda la construcción y pulido de cada una de sus historias a esta escritora que no oculta su aversión por la exposición pública y los retratos: no en vano circulan sobre ella unas pocas imágenes que la reproducen con tajante raya al medio, blusa blanca y levita negra.
Tartt asomó al paisaje literario en 1992 con El secreto, un debut sorprendente que la llevó a ser comparada con William Faulkner y Truman Capote por su herencia sureña pero que superado el lapso de las críticas auspiciosas sumió a la autora en un largo ostracismo literario, disuelto recién 11 años después con la aparición de Un juego de niños, su segunda novela. La escritora demoró otra década en dar a conocer su tercera obra, El jilguero, que se vale de un protagonista adolescente de nombre Theo Decker para entretejer recursos de la novela de iniciación con apuntes de crítica social y elementos del policial.
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Con ligeras simetrías con el Oliver Twist de Charles Dickens, la obra publicada por Lumen está protagonizada por un joven a la deriva que deambula culposo por un escenario hostil, en una búsqueda sin suerte de refugios emocionales que le permitan eludir su destino.
El título del libro alude a un cuadro de 1654 pintado por Carel Fabritius (discípulo de Rembrandt y maestro de Vermeer), que a efectos de la trama es sustraído por Theo 10 años antes del momento en que se inicia el relato tras una explosión en el Metropolitan Museum de Nueva York.
En la década siguiente, de los 13 a los 23, este adolescente huérfano de madre experimenta una desorientación vital atizada por conflictos familiares y algunas experiencias sexuales y sentimentales que años más tarde testimoniará recluido en la habitación de un hotel.
Ambientada en Nueva York, LasVegas y Amsterdam, el texto de Donna
Tartt recorre también algunascorrientes de la filosofía en su ambiciosoplan por retratar cuestionescomo el desamor, las drogas y lasfalsificaciones en el mundo del arte.El jilguero es la crónica acerca de lafatalidad y la dificultad en admitir la
verdad: “La idea de que no podemoscontrolar nuestro destino. Una ideaque da mucho miedo”, según apuntóla escritora durante la presentaciónde la novela en la ciudad de Oslo, unmes después de recibir el PremioPulitzer de Ficción. “Mi novela hablasobre la transferencia y la obsesión,sobre el esfuerzo por recuperar loque nunca volverá, sobre el intentode encontrar lo que se ha perdido”,sostuvo en la ocasión.Su relación con la literatura tienecomponentes genéticos: su bisabuelo
fue el primer bibliotecario de Mississipiy aun cuando no existía la bibliotecadejaba prestados sus librosa amigos y habitantes anónimos de esa localidad sureña. Su primer contactocon la escritura fue a partir dela poesía, una marca que reaparecesutilmente en su libro, plagada degiros poéticos que aportan al precisodibujo de los personajes y otorganrespiros en esta larga narración decasi 1.200 páginas.En los ’80, la autora nacida en 1963cursó en la Universidad de Mississipi
hasta que Willie Morris, profesor enel campus, la convenció para que sematriculara en Bennington, dondese hizo amiga de Bret Easton Ellis, elautor de American Psycho.Las tres novelas publicadas hasta lafecha por Tartt tienen varios elementos
en común: su larga extensión,el disparador desatado por unasesinato y una pretensión narrativaque recuerda a la novela decimonónicaen la línea de Dickens, Melvilley Dostoievski. “Escribo como un miniaturistaque pinta un mural con unpincel del tamaño de una pestaña;haciendo un trabajo muy detallado,pero sobre un gran espacio y duranteun largo período de tiempo, poreso tardo tanto”, expresó Tartt sobrela metodología que contempla unamaceración tan prolongada.La formulación no es azarosa en laconcepción de El jilguero, que además
de sus derivaciones dramáticasse reserva unas cuantas líneas sobreel rol de la belleza y la importanciadel arte como recurso para sortear lasórdida linealidad de lo real.Fuente: Télam.