Por años, Brian Mejía le pidió la bendición a su padre para que lo autorizase a intentar el peligroso recorrido a Estados Unidos que le permitiera dejar atrás la violencia de las pandillas de su pueblo en El Salvador, la cual había empujado a su progenitor a emigrar. Y por años Gabriel Mejía le dijo que no, consciente de la pesadilla que había vivido él al cruzar el desierto, muerto de sed y lastimándose con las espinas de los cactus.El padre, no obstante, no soportaba el baño de sangre que vive su patria y 15 años después de llegar a Estados Unidos, estaba empezando a considerar la idea de contratar un coyote para que trajese a sus hijo de 19 años y su hija de 16, Wendy. Pero se enteró de que no sería necesario traerlos ilegalmente, sino que podría acogerse a un programa que busca ayudar a que personas radicadas en Estados Unidos puedan traer a sus hijos.
Adolescentes salvadoreños se reúnen con sus padres en Estados Unidos
