Tras la finalización del alegato de Fernando Peñaloza, representante de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, un grupo de periodistas se quedó un rato en las escaleras de Tribunales Federales de intercambiando opiniones sobre la exposición del letrado en el megajuicio por delitos de lesa humanidad. Fue en esa charla entre los hombres de prensa que el carismático Pedro Romo, de la radio comunitaria de El Algarrobal, expresó: "Hoy aquí ardió la memoria".
Los que participaron en la tertulia le dieron la razón a Pedro, porque es verdad: ardió la memoria. Es que si algo le faltaba a Peñaloza para coronar lo que para casi todos, incluido para quien firma esta nota, fue un alegato magistral, era traer a la sala de audiencias la palabra de alguien que ya no está. Y para ello el letrado eligió nada menos que a Ángel Bustelo, el prestigioso abogado, escritor y político comunista que estuvo detenido casi un año, entre 1976 y 1977, lapso en el que fue muy maltratado. Los carceleros, tanto en Mendoza como en La Plata, se enseñaron con él, que tenía entonces 67 años. Lo golpearon cobardemente. Se ve que los represores tenían un odio especial hacia las personas mayores. Parecido fue el calvario que debió soportar el escritor y periodista Antonio Di Benedetto.
Peñaloza leyó una carta que Bustelo le envió a su esposa desde la cárcel de La Plata. Es imposible transcribirla entera en este espacio pero al menos se puede reproducir un párrafo. Dice así: "Dos jueces han dispuesto mi libertad y a pesar del delito en que incurre el funcionario que no cumple una orden judicial, sigo preso... Esto me entristece mucho no porque haya pensado que hoy podía quedar libre, sino porque comprendo otra vez que no hay leyes, ni jueces, ni garantía alguna para los ciudadanos en esta pobre República. Allá ellos. No conseguirán que me arrodille para pedirles favor alguno. Me quedaré el tiempo que sea y sentiré desprecio por los que han mancillado nuestras instituciones con esa persecución indiscriminada resultado de un odio zoológico contra nuestro pueblo. Ellos son los oprímicamente presos, los dueños de vidas y haciendas, los que nos vejan a todos. Algún día ellos serán juzgados".
La lectura de esta carta, apenas instantes después de pedir que los ex jueces Otilio Romano, Luis Miret, Guillermo Petra y Rolando Carrizo sean condenados a prisión perpetua, no le resultó fácil al abogado. Emocionado hasta las lágrimas interrumpió unas cuantas veces su relato. Fue un final humanizado de un alegato, en el que además del necesario abordaje jurídico contó con varios pasajes así, humanizados, como lo merecen las víctimas, las que están y las que no están. Por eso ardió la memoria, como dijo Pedro Romo.
