Fueron sorteados este martes los nombres de las 96 personas de la zona Este, de las que saldrán los 16 que integrarán el jurado que resolverá el fallo de uno de los femicidios más brutales ocurridos en Mendoza.
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El juicio por jurado tiene como fecha prevista de inicio el próximo 2 de diciembre, en la sala principal de audiencias del Palacio de Tribunales, de San Martín, y el fiscal será Oscar Sívori, el mismo que promovió la acusación en el juicio por el femicidio de Ivana Milio.
El terror
El cuerpo de Gregoria Carlos Flores (32) estaba enterrado a 70 centímetros de profundidad, a 7 metros de una casa abandonada y a 20 del campo de cebollas que había ido a cosechar en la tarde calurosa del martes 20 de febrero de 2018. Estaba tendida boca arriba, de espaldas. Tenía la manga de una campera anudada al cuello y el cuero cabelludo cortado por los golpes. Varios golpes. El lugar, las lesiones, cada detalle, coincidieron perfectamente con lo que les había dicho horas antes José Llanos (20) a la policía. Que él la mató por celos y que luego la enterró.
El crimen, salvo en las horas inmediatas posteriores, no tuvo mucha repercusión. Es que, como dice Eduardo Galeano, "los hijos de nadie, los dueños de nada (...), los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos...", se olvidan rápido. Pero la Justicia es para todos y debe dictar sentencia.
Ellos y el lugar
Gregoria Carlos Flores había nacido en Bolivia. Era residente argentina desde hace tiempo, igual que toda su familia y, como toda su familia, trabajaba la tierra. Había tenido 4 hijos, que ahora tienen entre 4 y 12 años, y había enviudado. Ahora tenía 32 años
La historia de José Llanos no era muy distinta. Nacido en Bolivia y residente legal en Argentina, integrante de una familia sufrida de gente de trabajo. Ahora tenía 20 años.
Los Flores y los Llanos se habían asentado en la zona de Tres Porteñas, junto a otras familias. Cada quien vivía en las antiguas viviendas de adobe de la enorme Finca Tejerina, que abarca gran parte del oeste de Tres Porteñas, al oeste del Carril Chimbas.
Subdividida en partes, las familias trabajaron este verano en unas hectáreas alquiladas de esa finca. Había sembradas cebollas, ajos y zapallos. Ahora, todos, cosechaban las cebollas, que ya estaban a punto.
No está claro cuando comenzó el romance. En cambio sí se sabe que hace un mes y medio, quizás dos, decidieron formar pareja y convivir. Más allá de la diferencia de edad, la relación cayó bien entre las familias. Él y ella eran muy trabajadores, se llevaban muy bien y eran afectuosos entre ellos. Se necesitaban.
Ellos y la ausencia
20 de febrero: Era martes. A la tarde algunos trabajadores vieron a Gregoria y José salir de su casa hacia la plantación de cebollas. No era muy lejos. Todos viven cerca de donde trabajan, en casas dispersas en la finca. Hay quienes los vieron caminar hacia la parcela a eso de las 16. Otros los vieron cerca de las 18. No es muy preciso el horario. Nadie se fija mucho la hora, mientras el sol pega en el lomo. Fue la última vez que Gregoria fue vista con vida. En cambio una testigo dice que, cuando ya estaba anocheciendo a eso de las 20, vio a José regresar solo de la plantación y que, un rato después, lo vio desandar sus pasos. Pensó que iría a buscar a su mujer, que tal vez se habría quedado trabajando un rato más.
21 de febrero: Esa noche, madrugada del miércoles, una mujer que vive cerca de la pareja vio salir a José. Iba recién bañado, bien vestido y llevaba un bolso grande. Allí todos madrugan y eran pasadas las 5 de la mañana cuando lo vio subirse a un micro de línea, que tiene como destino la Terminal de Ómnibus de San Martín. En algún momento de ese día las familias comenzaron a preocuparse. Los cuatro hijos de Gregoria decían que estaban solos y que no sabían nada de su madre y de José. Les preocupaba la situación. No era para nada normal que Gregoria se ausentara, sin dejar sus hijos al cuidado de alguien. Y que José también hubiera desaparecido aumentaba la angustia. Ellos mismos, familias y demás trabajadores, los buscaron por la zona durante todo ese miércoles y parte de la mañana del día siguiente.
22 de febrero: Sin noticias de la pareja, las familias decidieron radicar las denuncias de paradero ese jueves en la comisaría 39, de Tres Porteñas. Nadie sabía de ellos. No lo sabían, pero ese día José Llanos cruzó la frontera hacia Bolivia. Lo hizo por el puesto migratorio convencional y quedaron registros de su paso. Quizás buscaba llegar a la casa de sus abuelos, que aún viven allá. Desde este 22 y hasta el miércoles 28 la búsqueda fue cada vez más intensa. Ya se sospechaba seriamente en que no se trataba de un crimen y no de una ausencia voluntaria. Hasta el helicóptero policial rastrilló la zona y la búsqueda se concentró en el canal San Martín, ya que se suponía que ese es el mejor lugar para deshacerse de un cuerpo.
Ellos y la muerte
1° de marzo: A la una de la madrugada de ese día comenzaron las certezas. José Llanos, que ahora había reingresado a la Argentina sin registrarse en el paso internacional y sobre el que ya pesaba un pedido de captura internacional, apareció en Tres Porteñas. Él y su padre se entrevistaron con la Policía. El padre les dijo que su hijo tenía algo que decirles. Y el muchacho les dijo que había matado a su compañera Gregoria. Les dijo a los policías que había tenido un ataque de celos después de encontrar mensajes en el celular de Gregoria. Que el martes 20 de febrero habían ido a cosechar, que la llevó convencida hasta una casa abandonada cercana y que allí, en el interior, la atacó a golpes de ladrillo. Que luego fue a buscar una pala y la enterró casi pegado a la casa. Que se fue a Bolivia, pero que volvió, arrepentido y dispuesto a confesar lo que había hecho.
1° de marzo, el final: A las 4 de la madrugada la policía ya tenía cercado todo el sector que José Llanos había señalado. Con la venia del fiscal Martín Scatareggi, se decidió esperar hasta que amaneciera, para hacer una búsqueda prolija y no vulnerar ninguna prueba que pudiera existir. En la casa encontraron un ladrillo ensangrentado y con cabellos y las paredes salpicadas con sangre. Desde la puerta y durante unos 7 metros, encontraron huellas de arrastre que conducían a un rectángulo de tierra recientemente removido. A 70 centímetros de profundidad, en una fosa cavada prolijamente, hecho por alguien que sabe usar la pala, estaba el cadáver de Gregoria Carlos Flores. Tendida boca arriba, tenía la manga de una campera anudada en el cuello y el cuero cabelludo con evidencias de golpes.
Epílogo: Comenzará a escribirse este 2 de diciembre, en juicio por jurado.
