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El argentino Eugenio Zanetti, ganador de un Oscar, habla de su ópera prima, que se estrenó el jueves en Mendoza.

Un sueño llamado Amapola

El escenógrafo cordobés y prestigioso director de arte Eugenio Zanetti estrenó ayer Amapola, su ópera prima, con Camille Belle, Geraldine Chaplin, Esmeralda Mitre, Juan Acosta, Nicolás Scarpino, Lito Cruz, Leonor  Benedetto e invitados especiales.

A mediados de la década del ’60, Amapola es una joven y hermosa mujer, hija de cantantes de ópera retirados, que regentean un enorme hotel en una isla, donde los dueños de casa organizan todos los años una versión libre de Sueños de una noche de verano, en la que participan toda la familia y sus empleados.

En medio de intrigas palaciegas, Amapola conoce el amor, y aquella historia que comenzó con la muerte de Evita y saltó a 1966, el mismo día del golpe militar, pega otro salto a 1982, un futuro desdibujado por el fracaso y la miseria que la protagonista intentará modificar viajando por el tiempo.

“En la película, los personajes se están cambiando de ropa, de la suya a la de los personajes de Shakespeare, es decir que están vestidos a medias y es medio sexy (ríe). Vivimos todos en medio de una charada y ese es uno de los niveles de mi relato”, asegura Zanetti el referirse a esta especie de puzzle gigante.

El artista múltiple, ahora director de cine, recuerda que en su película seguramente aparecen los referentes de esas otras películas que lo marcaron a fuego en su infancia y juventud, como en su tiempo La bella y la bestia, de Jean Cocteau, Las zapatillas rojas, o más cerca en el tiempo Fanny y Alexander, de Ingmar Bergman.

El filme es como un cuento de hadas, con mucha brillantina, imágenes con lentes con bordes envaselinados, luces que se filtran, claroscuros sacados de la pintura, vestuario cuidado hasta el mínimo detalle, mucho rojo y dorado, y música acorde a la espectacularidad, de Emilio Kauderer, que incluye el tema Amapola, de José María Lacalle.

Zanetti eligió escenografías reales imponentes para su debut como director, en principio los exteriores del Tigre Hotel, ahora Museo del Tigre, interiores de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, la ciudad de La Plata, un lago en Pilar, y también los estudios de Argentina Sono Film.

“En mi película hay muchos homenajes, de los que algún día haré una lista, algunos son imperceptibles y los otros se sienten como naturales, nunca forzados”, dice en referencia al más claro de todos, el de Juan Acosta a Pepe Arias, al componer a una suerte de mayordomo que protagoniza un par de situaciones con mucho humor.

“Hay cosas que me marcaron fuerte en mi vida, la primera cuando era un niño, la muerte de Eva Perón, cambió las vidas de nuestras familias; en el ’66, cuando cayó Illia, tenía 20 años, y hubo represión cultural, vendí mis cuadros y me fui a Europa, donde hasta trabajé con Pasolini”, recuerda.

“En los años '70 estuve acá, se murió mi padre, trabajé mucho en cine, en TV y en teatro, y con el tema Malvinas de nuevo volvió aquella locura y como tenía una posibilidad de trabajo en los Estados Unidos, me fui para allá, y en este tercer acto estoy volviendo, con la chance de hacer trabajos más personales”, dice.

“Florezco tarde”, reconoce el artista, que como escenógrafo teatral es recordado por puestas de Drácula, dirigida por Sergio Renán, o como director de arte en el cine internacional por las obras El último gran héroe o Restauración, por la que fue consagrado con el Oscar de Hollywood.

–¿Trabajar en el cine de Hollywood es un buen entrenamiento?–Y trabajar en el cine argentino también. Soy un buen hijo de inmigrantes y me las he arreglado para convertirme en parte del paisaje. Cuando llegué a Estados Unidos tenía 40 años y hacía 20 que trabajaba. Reconozco

que eso era bueno porque tenía un oficio y dicen que los intelectuales son los únicos que no tienen un oficio, así que no debo serlo.

–Hacer una película era un sueño. Tuviste otro que no fue... ¿Qué pasó en todos estos años?–Escribí cuatro guiones, fui director de arte en cine y me fui preparando para hacer esta película. En los últimos siete años, puse dos en una película, Árbol de fuego, que no se hizo porque el productor se fue con el dinero y el dinero desapareció. Somos Aves Fenix y nos la pasamos reviviendo todo el tiempo.

–¿Y en la actualidad?–Este año hice dos muestras monstruos, una de pinturas, El teatro del mundo, en el Museo Genaro Pérez, y otra dedicada a cine, Más allá de los sueños, en el Cabildo, con más de 300 dibujos, y en este momento el montaje escenográfico de El jardín de los cerezos, de Chejov, en el San Martín.

–¿Cómo definirías tu trabajo en teatro?–Trabajar en teatro es como un remedio. A mí me relajan la pintura y el teatro, el cine no porque tenés que lidiar con mucha gente y con el tiempo, pero es un desafío que me encanta. La pintura es la más terapéutica de todas: estás solo con la tela.

–¿Y en el mundo de la ópera?–El año pasado estuve en el Centro de Experimentación del Teatro Colón con la dirección escénica de El sirviente, basada en la novela de Robin Maugham, una ópera contemporánea en la que usé todo el teatro, la platea, el Salón Dorado era un dormitorio, el foyer...

–¿Te gustaría alternar las tres variantes del mismo arte, la pintura, el teatro y el cine?–Trato de hacerlo. Cuando termine el recorrido de la película, pienso irme a Córdoba para comenzar a planear cómo sigue mi actividad

–¿Y cómo sigue tu vida?–Tengo dos ofrecimientos para hacer películas en los Estados Unidos, una de ellas es para dirigir, la otra como director de arte.

Dos puntos

  • LA MUDANZA. Eugenio Zanetti nació en Córdoba en 1949. En 1980 se radicó en los Estados Unidos y comenzó a trabajar en grandes producciones de Hollywood.
  • EL OSCAR. La cúspide de su carrera la alcanzó en 1996, cuando ganó el Oscar a la mejor dirección de arte por la película Restauración, protagonizada por Robert Downey Jr.

Fuente: Télam.

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Grandes actores. Una escena de la película que muestra el despliegue visual y la presencia de Geraldine Chaplin.
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Dirigiendo. Eugenio Zanetti en el rodaje de Amapola.

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