Por Fernando G. ToledoEditor de espectáculos de UNO
En junio de 2008, y a propósito del estreno de Aniceto, Favio habló con el editor de espectáculos de UNO. Aquí, un resumen de aquella charla
“Todo el sonido es mío, como mía es la soledad en que me refugio”
Acaba de cumplir 70 años y dice que es un espectáculo la vida. Que no se ha perdido ni una de sus funciones, que recuerda cada detalle. Espectador enamorado de lo que le pasa por delante, Leonardo Favio parece querer devolver esa belleza cada tanto. Ahora han pasado 15 años desde Gatica, el Mono, su última cinta de ficción (por el medio pasó su documental Perón, sinfonía del sentimiento), y el más grande director argentino de todos los tiempos vuelve con su nueva creación.
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Aniceto es el regreso de Favio y cualquiera que ame el cine no puede haber hablado de otra cosa esta semana, la de su estreno oficial en Buenos Aires. ¿Aniceto? Sí, otra vez Aniceto. Es una nueva mirada sobre su inolvidable película de 1966, la de título largo: Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más. Como una ironía, aquella cinta era como una partitura minimalista: notas visuales breves, silencios como llagas, gestos como los cuchillos que hacen esas llagas. Esta, en cambio, que tiene título ínfimo, es una orgía visual y musical, en la que los personajes estallan en danzas bañadas por la luz de los reflectores que Favio ha dispuesto en un decorado que recree, de la manera más puntillosa posible, todo lo que viene maquinando en su hermosa cabeza desde hace casi una década.
Vamos a hablar con Favio ahora. Pero hace falta escucharlo en tiempo presente, evitando la obviedad de que la entrevista ya fue realizada por teléfono, mientras Favio se desperezaba de su siesta en el barrio de Once, en Buenos Aires, el día del estreno de Aniceto. Hace falta, entonces, hacer no como que se lee, sino como que se escucha su voz, la misma de las canciones pero más rasposa y cercana.
–Hola, Favio, le estoy hablando desde Mendoza. No sabe el día hermoso que hace aquí…–No empecemos con mala onda, che. Me vas a hacer dar envidia (risas).
–Me imagino que hoy habrá leído todos los diarios. Las críticas a Aniceto han sido muy favorables...–(risas) Te va a parecer increíble, pero no he leído nada. Hace cinco minutos que me me he despertado nada más que para escucharte a vos.
–Bueno, dígame, ¿cómo se anima a rehacer una película que era perfecta?–(risas) Es que este es otro Aniceto... Esto es una experiencia largamente soñada, con la que he buscado involucrar casi todas las disciplinas del arte, en especial la pintura. La he hecho soñando mucho con Kurosawa, estudiando a Sorolla y a clásicos de la pintura. Esto va a sonar complejo e intelectualoide para mucha gente, pero es algo muy simple. La pintura lo abarca todo, desde el comienzo de la película, en sus diversas expresiones. Obviamente también los sonidos, algo que siempre ejercité, como música en sí. El canto de los grillos, de los pájaros, todo eso que nos embellece la vida. Eso que los mendocinos conocemos muy bien.
–¿Qué tenía la historia de Aniceto como para volver a ella?–Aquel Aniceto estaba poblado de silencios, era como la siesta mendocina. Estos silencios que yo trabajaba con brisas, con sonidos de río y pájaros. Pero muchas veces el celuloide no reflejaba la banda sonora que yo había soñado. Siempre soñé transportar esas cosas a la música. Yo había soñado con hacer de Aniceto una ópera. Hasta que una noche, invitado al último cumpleaños de Niní Marshall –quien estaba enamorada de mí, te cuento–, nos cruzamos con Lino Patalano, que es un apasionado de mis películas, me preguntó: “¿Nunca se te ocurrió hacer un ballet de El romance...?”. Allí se me prendió la lamparita. Como soy buen escuchador, le dije: “La verdad no se me había ocurrido, pero contame”. Y me hizo un desarrollo tan hermoso de su idea que cuando volví a casa me puse a trabajar. Elaboré toda la parte de escenografía primero, pero siempre pensando en montarla en un teatro al estilo de Caminito, que se hacía al aire libre. Posteriormente, Iván Wyszogrod, el músico, me convenció de que la lleváramos al cine, y en esto estuve los últimos cuatro años de trabajo. Los primeros fueron para la música y el decorado; los últimos, para el desarrollo cinematográfico, sobre todo en lo referido a las imágenes pictóricas que yo soñaba, porque los gallos de riña se prestaban para eso. Trabajé mucho la parte actoral también, pero me encontré con un milagro, que son Hernán Piquín y las dos chicas, Natalia Pelayo y Alejandra Baldoni.
–Por otra parte, Aniceto está imaginada en Mendoza..–Por supuesto. En la película está Mendoza, se nota y se huele Mendoza, sobre todo el Luján de Cuyo de mi niñez. Un pueblito de calles terrosas, de casas de adobe, como yo sueño hacerme alguna dentro de unos años.
–Emociona oír que a usted aún le late por dentro la tierra en que nació...–Mendoza está en mi corazón, en mis entrañas. Y está también aquí, en este estudio desde donde te estoy hablando, en este lugar donde duermo la siesta. Acá, el que entra se encuentra en Luján de Cuyo, con fotos, cositas que me permiten que donde sea que pose la mirada me encuentre con algún rasgo de mi lugar...
–Usted se acuesta en el barrio de Once, pero para soñar con Luján...–¡Exactamente! Es más, mi casa es grande, pero la parte en que yo estoy está bastante alejada de la calle. Tengo que salir a una pequeña terracita para ver la calle, entonces no hay ningún ruido. Lo único que se escucha es una canción de Sandro, Serrat o Vivaldi. Todo el sonido es mío, como mía es la soledad en que me refugio, porque me gusta estar conmigo.
–¿Qué me dice de su faceta como cantante?–La canción me ha dado grandes satisfacciones, me hizo conocer el mundo, ganar amigos y reconocimiento en la gente. Yo sé que ahora nosotros estamos charlando y en algún lugar de Latinoamérica está sonando una canción de Favio. Eso es muy lindo, porque aparte de permitirme vivir con dignidad y tomarme mi tiempo para elaborar lo que sueño para las películas, te hace sentir querido por gente de la que formás parte.
–¿Cómo mira hoy la muerte?–Esa es nuestra cita en común, para eso no hay trincheras. He vivido tan plenamente cada segundo de mi vida y tan feliz... Desde chiquito he sabido acerca de lo que me rodeaba. En mi niñez, en Luján, solía sentarme durante horas frente a una acequia a oír el ruido del agua, a oler las flores de mi tía Berta en su jardín, a mirar los coleópteros y todo bicho que andaba por ahí. No me perdí ese espectáculo. Se hablan muchas fantasías de Favio, fantasías que quizá tienen que ver con el cariño que me tienen, con el que todos narran a un Leonardo Favio que en realidad no existió...