Cuando el puñado de periodistas entra en la suite, Al Pacino ya está ahí, parafraseando al dinosaurio de Monterroso. Primero se escucha su voz, grave, gutural, que gorjea cantarina; después se ven unas opacas gafas de sol. Pelo cardado, camisa negra abierta casi hasta el ombligo, mechones canosos que asoman a borbotones desde el pecho, muñequera, coca-cola y agua. Es decir, aspecto de rolling stone, hermano carnal de Jagger, Wood y Richards. Pacino hombre (East Harlem, Nueva York, 1940) es igual que el Pacino leyenda. Los cinéfilos babean: el mito supera el examen.Festival de Venecia. Finales de agosto. La noche ha sido larga, como atestiguan las fotos en la Red. El actor que explicó en dos pinceladas el capitalismo salvaje (“Mi padre le hizo una oferta que no pudo rechazar”) está feliz. Ha presentado dos películas. Una ha sido recibido con críticas divididas: en Manglehorn encarna a un cerrajero encallado en su solitaria existencia; la presencia —enorme— de Pacino hace imposible que alguien se crea el personaje. Pero en la otra... en la otra encarna a un actor, leyenda del teatro, fanático de Shakespeare, grande del cine, que ha perdido su talento para la interpretación y por tanto roza en su depresión el suicidio. Hasta que se lía con una joven lesbiana (a la que da vida Greta Gerwig) y empieza a cabalgar por una surrealista montaña rusa vital.
"Sólo entiendo la charla hablando con los ojos"

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