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Piquín y la voz que abrazó a todos

Por Cristina Alfonso

La primera entrada al escenario del siempre carismático Hernán Piquín tuvo un propósito aleccionador. Recordando los episodios vividos el año pasado en el Ángel Bustelo a raíz de la artillería de flashes, Piquín, micrófono en mano, le informó a su numeroso público que no estaba permitido las cámaras filmadoras ni los flashes durante la actuación. Como si esto no bastase, el mensaje grabado y con intensidad in crescendo fue repetido cuatro veces… Gran parte del público se sintió incómodo e hizo saber que con una sola vez hubiese bastado. A diferencia de los dos públicos -el habitué y el seguidor de Tinelli- que asistieron por entonces al Bustelo, el público de ahora se mostró homogéneo y tranquilo.

El Teatro Plaza de Godoy Cruz presentó el musical “Hernán Piquín es Freddie” con entradas agotadas durante tres funciones: setenta y cinco minutos, aproximadamente, de un espectáculo de “danza-teatro”, tal como expresa el programa de mano. Este término (Tanztheater en alemán) nos remite al movimiento expresionista alemán de los años 20. Por aquella época, la danza comenzaba a apartarse de los cánones clásicos fusionándose con la técnica teatral y con una fuerte referencia a la realidad. Si bien el término admite flexibilidad, en este caso, los movimientos no se alejaron todo lo necesario de los preceptos de la danza clásica, ni el fuerte fue la teatralidad como para poder encasillar el espectáculo dentro de este género. A nuestro juicio, el formato de la obra se aproxima al de un musical.

La banda sonora del espectáculo dedicado a Freddie Mercury, el músico y cantante que murió en 1991 a los 45 años de edad, estuvo compuesta por 18 temas. Del repertorio del líder de Queen, entre otros, se destacaron los clásicos como Radio Ga Ga, Bohemian Rhapsody, Somebody to Love , We Will Rock You y We Are The Champions.

Cada cuadro recorrió diferentes momentos de su vida: desde su infancia en la isla de Zanzíbar y su relación con su madre, su paso por la India, su llegada a Londres, su carrera en el mundo del rock, sus amores, sus excesos, su enfermedad y finalmente su muerte.

A diferencia de lo que pasó con la despedida de Eleonora Cassano, aquí la presencia de su compañera de siempre, la versátil Cecilia Figaredo, junto con un grupo vigoroso de bailarines, fue esencial para darle a Piquín el marco justo y apreciarlo, de este modo, en todo su esplendor. Esto se hizo evidente, sobre todo, en la complementariedad de la pareja central, en el manejo y peso de los cuerpos y en el equilibrio artístico entre ambos. A pesar de la espectacularidad de la puesta multimedia y la excelencia coreográfica y la del elenco completo de artistas con Piquín a la cabeza, la música de Mercury fue la reina de la noche y su cautivadora voz abrazó todo y a todos. 

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