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Marta Minujín en Mendoza

La irreverente argentina que rompió todas las estructuras del arte convencional

Editado por Paola Alé
ale.paola@diariouno.com.ar

Irreverente, rupturista, vanguardista, adelantada y genial. Una batería de adjetivos que no terminan, ni por asomo, de describir a la artista argentina Marta Minujín, que desde hace más de 50 años se dedica a deconstruir todas las estructuras y a saltar las convenciones con las que se cruzó en la vida.

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Formó parte de una generación que se propuso jugar, construir y destruir obras y también a hacer que el arte fuera una experiencia viva y participativa.

Sus obras monumentales y happening viajaron, volaron por el mundo y ya son parte del imaginario social de los países en los cuales resignificó los símbolos más formales y representativos.
Minujín pasó por Mendoza, invitada por el espacio ArteH y repasó su vida y obra en una conversación cercana a la gente, como siempre lo hizo a través de su producción

Los comienzos

Si bien describe su infancia como muy “oprimida”, a los diez años se autoproclamó artista y se dedicó a buscar un camino para expresarse.
Fue a tres escuelas de bellas artes, pero después abandonó, y sólo se dedicó a su obra.

Hizo cuadros inspirados en la música clásica y luego comenzó a pergeñar el sueño de irse al exterior. Por esas épocas, se relacionó con otros artistas vanguardistas, como Alberto Greco, con quienes compusieron la corriente artística conocida como “informalismo”. Trabajaban con materiales fuera de lo común.

“Con Alberto Greco, el más grande pintor informalista argentino, nos juntábamos en el Moderno. Yo lo acompañaba a todos lados, el siempre se quería suicidar, Pero bueno, no se suicidaba, al final sí se suicidó. Se tomaba todas las pastillas del mundo y me decía, vení vení. Yo decía hay que salvarlo. Vivía en en un hotel, era muy genial”. “Con Alberto Greco, el más grande pintor informalista argentino, nos juntábamos en el Moderno. Yo lo acompañaba a todos lados, el siempre se quería suicidar, Pero bueno, no se suicidaba, al final sí se suicidó. Se tomaba todas las pastillas del mundo y me decía, vení vení. Yo decía hay que salvarlo. Vivía en en un hotel, era muy genial”.

Marta Minujín

Con Greco trabajó en forma “bohemia total” -como ella lo dice- en París. En esa ciudad, expusieron, junto a 30 artistas más, en la muestra Pablo [Curatella] Manes y Treinta Argentinos de la Nueva Generación entre los que también figuraba Julio Le Parc.

“Greco expuso 30 ratas blancas que comían pan y hacían las formas con eso. Yo expuse un colchón pintado con alquitrán. Le Corbusier visitó la exposición y dijo que las nuestras eran las mejores obras. Lo gracioso es que a los dos nos echaron al otro día de la exposición. Las ratas producían un olor terrible y el colchón también, entonces los sacaron”.

La bohemia de París

Eran los albores de los '60 cuando Marta se fue a vivir a París por tres años.

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“Era muy rebelde. Me casé falsificando la edad y todos los documentos, para poderme emancipar e irme. A los 16 años me casé y a los 18 era mayor de edad”. “Era muy rebelde. Me casé falsificando la edad y todos los documentos, para poderme emancipar e irme. A los 16 años me casé y a los 18 era mayor de edad”.

Fue una época realmente brillante para el vanguardismo.

Hacía sus obras con cajas que recogía de la basura y pintaba colchones que desechaban en los hospitales. Así y con una fluidez sólo digna de los grandes artistas, llegó la fama. Los colchones comenzaron a formar parte de sus “obras habitables”, y a tomar colores fluorescentes.

“En París residíamos muchos artistas latinoamericanos, y ninguno tenía plata. Yo vivía en un taller muy pequeño, sin baño y sin calefacción. Para ir al baño tenía que ir a la esquina y sólo tenía una pileta de agua fría. Me bañaba en las Mezquitas y dormía en bolsas – cama. Solamente viví para el arte”. “En París residíamos muchos artistas latinoamericanos, y ninguno tenía plata. Yo vivía en un taller muy pequeño, sin baño y sin calefacción. Para ir al baño tenía que ir a la esquina y sólo tenía una pileta de agua fría. Me bañaba en las Mezquitas y dormía en bolsas – cama. Solamente viví para el arte”.

Esa irreverencia y creatividad sin los límites de lo posible, rompió todos los moldes y estructuras del “arte serio” hace cincuenta años. Esas obras hoy están en museos como el MoMA de Nueva York y en el Pompidou de París.

Los '60 se desarrollaron entre la rebeldía de la juventud y el arremetimiento, puesto que no había ningún cliché, ninguna estructura que esta genial argentina no quebrara.

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En esa época, creó una obra denominada La Chambre d’amour, que se componía de colchones, y los espectadores podían ingresar a ella como por una vagina. Una vez adentro, era preciso traspasar una especie de barrera, realizada con palos y cadenas. Adentro, todos los colchones se movían.

Cuando promediaban los '60, Marta regresó a Buenos Aires para participar en el premio Di Tella. Lo hizo con dos obras participativas denominadas Eróticos en Technicolor y Revuélquese y Viva –también con colchones- Ganó el premio y esto la disparó a Nueva York.

Los happening, el arte vivo


A mediados de los '60 y a través de estos artistas de la vanguardia, el arte, literalmente, se movía. Se arrancaba de los marcos de los cuadros, dejaba de ser estoico para pasar a ser versátil. Fue el furor de los happening.

Minujín fue invitada a Uruguay, en donde armó un revuelo cuyas repercusiones resuenan hasta hoy. El hecho artístico se desarrolló durante los 8 minutos más locos en la historia del arte de ese país, en el estadio Luis Tróccoli, de Peñarol.

En él participaron mujeres obesas, varones musculosos, motociclistas, novios y novias, prostitutas. Cada uno hizo una acción con el público durante ese lapso de tiempo extremadamente corto, pero que le valió a Minujín 20 años fuera de Uruguay, puesto que literalmente, la echaron del país.

Lo que ocurrió no terminó allí: mientras las mujeres obesas rodaban por el piso, los musculosos levantaban en brazos a las mujeres, y las prostitutas besaban al público, ella se subió a un helicóptero y arrojó bolsas de talco, lechugas y pollos vivos.

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Ese año también realizó la famosa Menesunda, en el Di Tella, una obra vivida en la cual los participantes debían estar dispuestos a transitar 16 situaciones sin tener ningún aviso previo de lo que vivirían. De más está decir que las situaciones eran fuera de lo común.

Minujín deconstruía el arte, en una época en la que ni siquiera se mencionaba ésta palabra, y lo más extraño era su condición de mujer, cuando no eran demasiadas las mujeres en el arte y menos en este tipo de arte vanguardista.

“Los happening dejaron de pasar, ahora lo que se hace son performances. Se trataba de situaciones vivas, donde uno no sabe lo que va a pasar. Todo se mezcla y quienes participan se salen de sí mismos, con reacciones totalmente sorpresivas. No queríamos hacer esculturas, queríamos hacer cosas” “Los happening dejaron de pasar, ahora lo que se hace son performances. Se trataba de situaciones vivas, donde uno no sabe lo que va a pasar. Todo se mezcla y quienes participan se salen de sí mismos, con reacciones totalmente sorpresivas. No queríamos hacer esculturas, queríamos hacer cosas”

15 años en Nueva York

Tras obtener el premio Di Tella, vivió 15 años en Nueva York. Fue un momento de su carrera en la que incorporó la tecnología. Minujín, que siempre fue una visionaria para lo que después se viviría como algo cotidiano, se adelantó a la invasión tecnológica actual.
Allí también comenzó su amistad con Andy Warhol, al que le dedicó un poema de amor de Ernesto Cardenal trasnformándolo para él.

“Si tú no estás en Nueva York, en Nueva York no hay nadie, y si tú estás en Nueva York, en Nueva York no hay nadie más”.

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Con Warhol realizaron una obra fotográfica, en la que Minujín le ofrecía choclos –a los que llamó “el oro latinoamericano”- para pagar la deuda externa argentina.  La artista cuenta que esta fue la última vez que vio a Warhol, puesto que él murió dos años después.

El regreso a la Argentina

A la Argentina regresó a fines de los '70, en plena dictadura. Entonces, se propuso contestarle al gobierno militar con su arte.

Por eso realiza el Obelisco Acostado, en la bienal de Arte de San Pablo, en 1978. El concepto era echar por tierra el verticalismo de los militares y poder mirar la realidad desde otros puntos de vista.

Obras monumentales

Los happening derivaron en obras vividas y compartidas con la gente. Bajo este concepto, creó El Obelisco de Pan Dulce, el lobo marino de Mar del Plata realizado con alfajores y la estatua de la Libertad de Nueva York acostada, formada con falsas hamburguesas que la gente podía llevarse y canjearlas en una famosa cadena de comida rápida por hamburguesas verdaderas.

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También levantó el Partenón con los libros prohibidos por los militares., que el público después podía llevarse. “Es una manera de que la gente consuma su propio mito y que entremos al tercer milenio produciéndonos”.

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