Las nuevas versiones de cintas animadas de Disney con actores reales, entre las cuales La Bella y la Bestia es una más, comienzan a parecerse a las actualizaciones de software del iPhone. Presione un botón y la vieja caricatura de Bella se convierte en Emma Watson, la Bestia se convierte en Dan Stevens y quizá se arreglan algunos errores en el sistema.La Bella y la Bestia, esa "historia tan antigua como el tiempo" (publicada en Francia en 1740), ciertamente podría aprovechar de modificaciones. Después de todo, es una fábula que invita a encontrar la belleza interior y que termina, curiosamente, con el otrora superficial príncipe enamorándose de una hermosa mujer a la que secuestró y cuyo nombre significa, literalmente, belleza. Si gusta desenredar estas ironías, ¡qué festín!La película del director Bill Condon, que podríamos llamar "La Bella y la Bestia 2.0", parece ir en busca de un propósito que va más allá del dinero. Gran parte de la combinación de actores reales con efectos digitales se siente menos viva que la cinta animada galardonada con el Oscar de 1991: ha adquirido una dimensión, pero perdió su pulso. Las grandes actuaciones y el gran diseño de producción (los escenarios casi se tragan a los personajes) se esfuerzan por lograr una película respetable.Los polos opuestos se atraen, por supuesto. Y esta "Bella y Bestia" es tan encantadora como desalentadora: le sobra belleza y maestría, pero carece de espíritu. Las canciones de Howard Ashman y Alan Menken todavía son pegajosas, pero la mayoría de los grandes momentos musicales se sienten sólo como buenas versiones de los originales. Hay tres nuevas canciones de Menken y Tim Rice, pero son menos memorables.Y a pesar de esto La Bella y la Bestia encuentra su propia energía, o como diría Lumiere, "su razón de ser", pero tarde. Condon, el director de Dreamgirls que tras dirigir gran parte de la saga Crepúsculo sabe algo de amor entre jóvenes y monstruos, trabajó a partir de un guión de Stephen Chbosky y Evan Spiliotopoulos y cambió muchos de los roles de género de la viaja historia.El amor de Bella por los libros es más pronunciado, en parte gracias al pasado de Watson en Harry Potter. Su actuación tiene una tonalidad un poco menor, pero aún así Watson le da a Bella la inteligencia y voluntad necesarias. Ahora es menos una víctima del síndrome de Estocolmo y más una chica que merece la admiración de las niñas. En cuanto a la Bestia, una pila de cuernos, maquillaje y efectos especiales sobre el astro de Downton Abbey Stevens, es más apesadumbrada y melancólica.Cuando la película se acerca a su final feliz, un pluralismo optimista hace explosión. Los personajes, principales y menores, se liberan de sus roles preestablecidos en un glorioso baile poco después de que la Señora Potts (Emma Thompson), Ding Dong (Ian McKellen), Lumiere (Ewan McGregor) y el resto de los habitantes del castillo vuelven a ser humanos. Aquí es cuando ocurre el muy comentado "momento gay", como lo ha llamado Condon, pero viene y va en un tris.Josh Gad, astro de muchas películas de Disney, interpreta a LeFou, el compinche del presuntuoso villano Gastón (Luke Evans). LeFou pasa gran parte del filme dejando entrever el cariño que siente por su amigo, pero también tiene oportunidad de redimirse. Eso es todo, un indicio fácil de omitir sobre que LeFou podría encontrar otro amor.Este ligero guiño de homosexualidad ha generado la ira de algunos que, sin embargo, no se han preocupado por el romance entre una chica prisionera y una bestia o, para los mismos efectos, entre un candelabro y un plumero.De hecho, La Bella y la Bestia sería mejor si se atreviera a tener más momentos como esos y fuera más lejos con ellos. El escándalo que ha generado indica que debe verse como un progreso. Quizá estemos listos para "La Bella y la Bestia 3.0", una versión verdaderamente actualizada en otras cuantas décadas.
La nueva versión del clásico infantil, bajo la factoría Disney, llega con polémica y gran éxito en la taquilla mundial. Aquí, una "semblanza 2.0" del filme
Estreno: La Bella y la Bestia gana dimensión y pierde espíritu
